LA PROHIBICIÓN: EL ARMISTICIO ESPIRITUAL

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Varias -y valiosísimas- fueron las veces que Fernando Sánchez Dragó y Antonio Escohotado se encontraron en televisión, sentando con cada una de ellas que no se estaba ante un entrevistador y con un profesor más de filosofía, sino delante de dos jerarcas de la más lúcida intelectualidad hispana. Todas ellas, recomendadas de sobremanera, eran grandísimas fuentes de erudición, sinceridad e incontables descubrimientos que se extendían por prácticamente cualquier campo al margen de si este tenía que ser social, tecnológico, humanístico o estrictamente científico. Y es que, al margen del efectivo valor que cada uno de sus programas tiene, tal y como sigue perfilándose el carácter y el desenvolvimiento de nuestros días, ahora conviene más que nunca volver a aquél de 2008, en el que se reflexionaba durante fugaces minutos sobre las consecuencias del prohibicionismo con el motivo de la reedición de la enciclopédica ¨Historia General de las Drogas¨[1].

    El caudal de ideas sobre las relaciones supuestamente fatales y maniqueas entre inquietud y prohibición, entre liberar y conservar, y entre poder o no poder cambiar de idea que emergería de aquella tarde tendría una contundencia y una pertinencia inconcebibles por estar ante los resultados de haber asimilado y no solo de haber pasado por sobre todo lo vivido durante más de cincuenta años de vida intelectual.  Así, que, si pudiéramos tan solo difundir las vértebras de esta trifecta para resolver maniqueísmos aparentemente catastróficos para cualquier sociedad como lo hace el niño que sopla el diente de león, ya se habría conseguido bastante.

    ¨El espíritu inquieto quiere aprender a usar su cuerpo, conociéndolo, y conociéndolo técnicamente¨, es la paráfrasis medianamente justa sobre la primera dualidad ética puesta a debate en la conversación. Su objetivo claramente sería subrayar las potencialidades de la libertad desprejuiciada y sin coacción para hacer implosionar los fundamentos de cualquier cosa. Y su razón, sería la fe en que cuestionar con honestos y rigurosos fundamentos cualquier idea establecida, no supone pecar de impudicia sino ejercer un derecho, dejando abiertas cuestiones como: si son, acaso, tanto la sustancia psicoactiva como la libertad de ideas realidades potencialmente sanas, ¿qué daño hace el dejar fluir libre y responsablemente al cauce de ideas que invade la curiosidad del individuo tras el uso de cualquiera de las dos?

    Esta cuestión, -riquísima en su fondo y parcialmente obvia, pero de necesaria explicación- bien podría contestarse con otra de las ideas esbozadas sobre la antinomia entre inquietud y prohibición: ¨La promesa de un orgasmo infinito o de un castigo divino perpetuo, supone acometer una grandísima insolencia con la realidad y con la vida misma, por pretender eternizar el bien o mal¨. Nadie que pretenda saciar inquietudes de manera responsable quiere hacerlo colocando hipócritamente por delante un hedonismo desaforado; y todo aquél que pretenda retener el cauce de la curiosidad, incurre en un autoritarismo criminal por recurrir a la amenaza fulminante contra la integridad física y moral de quien pretenda seguir el camino del descubrimiento, y no de la idea asentada.

    No solo no se condena al infierno o a la demencia insalvable quien salta lo establecido, o quien interactúa por primera vez con un fármaco psicoactivo, sino que, quien se atreve a concluir cualquiera de los dos viajes con los métodos adecuados, además, regresa al estado del que partió, física, mental, y moralmente intacto. Además, de con la inmensa gracia de haber visto más profunda y menos mecánica, menos corriente y particularmente, los más hondos fundamentos de su juicio sobre cualquier cosa, derrumbados o férreamente consolidados.

    ¨Liberalismo ha sido, muchas veces, una palabra con connotaciones bombásticas archi empleada por caciques conservadores que no querían perder lo ganado, y que temían profunda y cobardemente a lo nuevo¨, parafrasea la parte intermedia de todo lo disertado, dotando a la posición liberal en el asunto de liberar y conservar de una importancia neurálgica. La diferencia entre quien libera sus ideas o prefiere conservarlas es, pues, esencialmente etimológica e intelectual, y no moral, porque quien decide trotar por la pradera de lo desconocido manteniendo por sistema el tropezarse para aprender, no debiera de lastimar a nadie más que a sí mismo en su propia forja si es lo suficientemente honesto al cumplir este ejercicio.

     Igualmente, la anterior problemática se resolvería sentando bases de una claridad y honestidad formidables, por sostener a continuación, que toda propuesta de extrema liberalización en cualquier asunto que, de por sí, requiera responsabilidad para abarcarlo, está efectivamente condenada al fracaso anticipado por no respetar los cánones básicos no de lo conservador sino del sentido. Toda asimilación de un nuevo espíritu o de unas ideas revolucionarias -y no por ello violentas- exige que ambos se sobrepongan a la realidad de manera frontal y sin mala fe, solo cuando esta se lo permita, y cuando se haya arado el camino, en el que se pretende plantar ¨lo nuevo¨. De lo contrario, evidentemente el retraso del progreso está asegurado, y también un sinfín de trifulcas que separarán meridionalmente a espíritus y opiniones por periodos indefinidos, hasta granjear enemistades absolutas y diálogos condenados a la esterilidad conceptual. Ante tal escenario, solamente queda esperar el advenimiento de otro peor: el de dos bandos pretendiendo derribar un muro para hondear sobre sus escombros la bandera de lo nuevo, y reconstruir lo roto de mala manera, forzando su simpatía ideológica cuanto haga falta con tal de no tener que despedirse de la insolente comodidad de la inamovilidad intelectual y espiritual.

    La insigne disertación se despediría con un remedio contra el despotismo ilustrado del que han vuelto a enfermar varios de los saberes que pueden brindarnos genealógicamente las esencias del qué es tal y cual cosa, aunque sea muy rara la vez que, ahora, esta tarea se cumpla realmente. Diciendo, pues, que ¨restar autoimportancia en la investigación es sinónimo de progreso ideológico y académico¨, dando pie a un cierre casi sinfónico de la solución de la antinomia sobre el cambio y el mantenimiento de ideas y del encuentro entero, sentenciando que ¨fundamentalmente el objeto de la ciencia, es lograr entender cómo diablos la humanidad en su desenvolvimiento ha conseguido ordenarse de forma tan bella y potente, como para tirar por la borda las aspiraciones de todo estéril y parco mecanicismo evolutivo, por muy tentador, o cómodo que pudiera llegar a ser¨.

[1] Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=sgl9ZvTjiGE&t=1168s