El evangelio implosionado

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Por donde sea que echemos una mirada atenta a la espiritualidad común, en cualquiera de nuestros lares en sí mismos occidentales, encontraremos una circunstancia sustancialmente cristiana. Cristianos somos todos los occidentales de forma ineluctable, al margen de que vivamos en filas de militancia devota o atea. La denominación, es, pues, principalmente demográfica, y es en esta forma de entender el término que este se abre, de sobremanera, en significado y potencia conceptual. Gracias a él, podemos traspasar las fronteras de las devociones y de las ideas, y pasar a círculos sociológicos y a circunstancias vitales que nadie puede rehuir. Y, con ellas perfiladas de esta manera, también podemos mirar, ahora, al aspecto cristiano de las sociedades occidentales, haciendo hincapié en una de sus facciones y hundir en nuestra conciencia la pregunta: ¿qué ocurre con la espiritualidad evangélica en nuestros días?

Partamos del presupuesto de reconocer por evangélico, cristiano, protestante o luterano a una misma espiritualidad. Y digamos que, como gran parte de las tradiciones milenarias que han sido interpretadas o adaptadas a los tiempos modernos durante el siglo XX, el evangelismo es la espiritualidad que ha sufrido seguramente el peor proceso de transformación.

Si algo ha demostrado gran parte del S. XX, ha sido una torpeza patética y fatídica para reinterpretar cuántas tradiciones espirituales caían en sus manos. Tal caída, en picado de la riqueza doctrinal, haya su sentido en el pináculo del pensamiento que dice: al hombre no es que le haya caído mal todo el caudal de libertad recibido durante los dos últimos siglos, o que directamente le tenga miedo a la libertad, sino que los cuatro ismos, de los que él mismo venía enfermando, hoy representan su esencia y los más grandes males que debe de combatir: el inmediatismo, el fragmentalismo, el facilismo y el superficialismo. Y es que, por inaudito que pueda parecer, hasta la espiritualidad cristiana ha terminado enfermando crónicamente de estos males; y la más clara muestra, es el ingente número de cultos evangélicos modernos hoy existentes.

Ahora bien, evangélico moderno es, pues, todo individuo que haya aceptado en su vida las maneras de cualquier culto o congregación de fundamentos luteranos formada desde los años cincuenta o setenta en adelante. Es decir, cualquier desafortunado hombre de a pie, que haya terminado cediendo mentalmente ante los fundamentos trastocados y enlodados de conveniencia de cualquiera de estas organizaciones.

Llenas de pastores, irónicamente, todas ellas se caracterizan por tener una visión categóricamente distinta de las doctrinas cristianas a las milenariamente católicas, aun cuando nada de sencillo, tiene reformular neurálgicamente los presupuestos de una institución dedicada en cuerpo y alma a comprender y ordenar el sentido de quien tendría la suficiente potencia conceptual, no para cambiar una época, sino para cambiar la condición humana hasta nuestros días

Nada de malo tiene reconstruir para entender, y mucho menos el cambio de idea que debiera de surgir de este ejercicio al acometerlo con responsabilidad y honradez intelectual. Este es el resultado al que todo individuo que pretenda una aventura intelectual o artística debiera de apuntar para perdurar, y no para brillar por momentánea conveniencia. Por esto, el drama del evangelismo moderno ha sido enmascarar lo innovador por fecundo, prendiendo fuego al hombre de paja de las trasnochadas doctrinas católicas, mientras se tenía por sistema el reconstruir despóticamente todo cuanto la institución que le precedía, mantuvo afinando durante quince siglos.

    Lo habíamos dicho: no es que se le tenga miedo a la libertad en nuestros días, sino que ésta misma sobrepasa de posibilidades y fecundidad a un individuo esencialmente formado en la comodidad de romper o saltar lo anterior o lo establecido sin ni si quiera poder entenderlo ni saber reconstruirlo, pues quien pretenda cuestionar con ímpetu de reforma debe pagar el tributo de la falsabilidad, a base de grandísimas cantidades de erudición. No por la comodidad de la inamovilidad de idea, sino porque las ideas que reforman tiempos, épocas, o directamente sistemas de ideas o de valores, sólo pueden tener el destino de la fecundidad si están guiadas por cauces sustanciosos, aun cuando su asimilación no sea inmediata ni conveniente al ser gestadas. Y aquello es lo que tristísimamente ha pasado con una de las alas más temerariamente fecundas del espectro cristiano: ha visto cercenadas las alas con las que siglos atrás voló libre por sobre el fenómeno cristiano, por haber mutilado el orden del dibujo del alma humana que haría Jesús; pues no deja de ser cierto que, en materia de arte, de amor o de ideas, son poco eficaces las propagandas y los programas, y tampoco, que todo individuo puede librarse de cualquier cárcel mental o espiritual, ni bien entienda, que la verdad os hará libres.