Cumplimiento y entrega

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Reconocer que los conceptos y las ideas son, ni más ni menos, los instrumentos con que andamos entre las cosas, supone entregarse a la fecundidad como fin en todo lo que se dice, hace o piensa. Nada a lo que se aspire puede ser vacuo, frívolo o insustancial si lo comanda una mente bien armada de claros y verdaderos conceptos. Por eso que Nietzsche dijo Quién tiene claro su por qué, soporta cualquier cómo. Y por tal razón es que la humanidad lleva largo tiempo reconociendo que las relaciones entre el cómo se interactúa con la realidad, entre cómo son conocidas las cosas, entre cómo son los prismas a través de los que uno enfoca su porvenir y entre la vida misma de cada individuo, no son sólo parejas, sino elevadores inversamente proporcionales de la nobleza con que se recordará a cada individuo.

Estas relaciones mantenidas entre el conocer, el pensar y el hacer nos dirigen directamente a uno de aquellos fenómenos observables con la simpleza y la claridad del día laborable. Un día laborable posee en su más hondo seno una cantidad de fenómenos trascendentes simplemente innumerable. Para quien no tiene vedada la delicia de la intelectualidad la interacción con la cotidianeidad es, pues, un sustrato casi tan profundo como la más meliflua composición artística. Porque siempre, a fin de cuentas, no nada más podrán verse continuos cambios sociales por tal o cual fuerza –como ya se ha repetido hasta el cansancio– sino también las cuerdas por las que puede conducirse nuestro intelecto por el enredo cósmico que se entiende por realidad.

Por otra parte, se pensó y se sigue pensando que las relaciones entre las ideas y la vida más íntima están nada más que relegadas a la conciencia de clase: un concepto supuestamente des alienante que empodera hercúleamente a quien es hecho adepto a él a base de inyectarles dosis homeopáticas de resentimiento, que sin embargo no suele tener otro destino que una ceguera que después, el adoctrinador dirá que es el resultado de un gran fin y de una noble misión en todo momento voluntaria.

Vista así, la supuesta conciencia de clase no puede sostenerse verosímilmente, ni puede verse como otra cosa que un concepto fundamentalmente guiado al cumplimiento en lugar de a la entrega voluntaria y sincera. Aquí radica, pues, el meollo de la cuestión sobre la interacción con el mundo: que cumplimiento y entrega, se contraponen. Como lo hacen el prejuicio al juicio, la legislación al derecho, y lo acostumbrado al libre examen. Y como lo hacen también los asuntos más cotidianos y preocupantes de nuestros días: como el tener pedagogos en lugar de maestros, prohibidores en lugar de reguladores o sectarios evangélicos en lugar de luteranos con el criticismo bíblico por bandera.

Así, cumplimiento y entrega se oponen en nuestra realidad más común por la inmediata interacción que tenemos con estos maniqueos conceptos. Es, pues, una cosa tan común como tratar con el apasionado de su trabajo o con quien lo acepta de buena gana con la conciencia embebida de sanas aspiraciones que no justifican cualquier medio, con la valía del servicio y el coraje de la autoaceptación. Y por lo mismo, claras y honradas imágenes de lo que supone aferrarse al victimismo, o de dominar el arte de crecerse en el castigo. Cosas que vemos en el maestro que pasa por sobre sus alumnos, en el médico que se presenta ante lo imperceptible con nada más que con un trapo, con el litigante que al aceptar un caso no conoce ni horarios ni feriados, o con el individuo que, al ser premiado con la capacidad y la oportunidad de acercar más a la humanidad hacia la prosperidad, deja atrás su propia conciencia e intereses, y se consagra al llamado a investigar, en lugar de al llamado a confirmar.