MUDANZA

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El domingo 4 de julio, a las doce del día, su madre y el no tan pequeño central subieron al coche de abuelo. Una camioneta blanca de cuatro puertas de origen alemán, allí pusieron sus equipajes principales; Iker decidió no traerse toda su ropa, sabía que su padre le recibiría con los brazos abiertos en cada una de las vacaciones. Ese fue su pensamiento inicialmente. El viaje de Madrid a Barcelona fue un trayecto demasiado pesado para alguien de once años; por lo que, en la mayoría de esas seis horas, casi siete, pasó mitad o más dormido, recostado en los asientos de atrás. El niño tenía escasos recuerdos de aquella que fue su ciudad hace tiempo; incluso de sus mismos abuelos que solo visitaba en Nochebuena.

—Hemos llegado —dijo María, su madre.

—Tu abuela ya ordenado el cuarto en donde tu madre y tú dormirán, solo falta guardar sus prendas y es todo —agregó Ramiro, su abuelo materno.

Él era un hombre alto, con el pelo totalmente canoso, con un enorme bigote del mismo color que su cabello y lo más característico: sus lentes grandes que cubrían más que sus ojos. Siempre había sido una persona con gran corazón, que en todo momento consentía a sus nietos. En especial al hijo de María, debido al parentesco que ambos tenían.

La casa en la que habitaban dos de sus personas favoritas en el mundo (refiriéndome a Iker) se ubicaba en la calle de Amílcar, misma que en catalán se escribía Carrer d’Amílcar, en el número 78. Esta tenía una fachada totalmente gris en el piso de abajo; debido a una remodelación que jamás se terminó. Mientras que el piso de arriba era color anaranjado fuerte y claro, característico del ladrillo de la casa.

No era de mala vista, pero por dentro era otra cosa totalmente diferente. Dicha casa en la planta baja era solamente el garaje; ya para el piso medio, se encontraba un enorme jardín, el salón, la cocina, la sala, un baño y el cuarto de tele; y en el piso superior se encontraban tres alcobas. Una de ellas llena de libros, juguetes y demás; este recibió el nombre de la habitación de los cachivaches.

—¿No está tan mal o si hijo? —preguntó María buscando la aceptación de su hijo.

Iker se dejó caer en la cama como si fuera una alberca. Allí miró a su madre con una sonrisa, donde mostraba su aceptación. La habitación en la que se quedarían por algún tiempo era totalmente blanca, tenía dos camas individuales con sábanas simples y de color amarillo. En frente de estas había un mueble que en tiempo futuro serviría como un closet y en medio de estas una mesa de noche, donde el chico de once años colocó su más grande tesoro: la foto con Pamela.

Después de terminar de sacar las maletas y guardarlas, merendaron junto con sus abuelos unos ricos emparedados que solo Blanca (abuela de Iker) sabía hacer. Ella era igual a María; pero con el pelo canoso, más corto y un poco de más peso. Al siguiente día llegó el camión de mudanza. Mismo que traía la lavadora y secadora, que hace un tiempo atrás estaban en Madrid, dos pantallas, una videograbadora, un DVD y el PlayStation 2, que era del niño.

A la semana siguiente todos los hermanos se reunieron en casa de los abuelos. Toda la familia estaba dentro y el motivo era el futbol. España vivió uno de sus días más importantes y gloriosos de toda su historia; lograba su primer y único título de la Copa Mundial de la FIFA; algo imponente. Andrés Iniesta hizo gritar con todas sus fuerzas a cada uno de sus compatriotas cuando venció a Maarten Stekelenburg con ese perfecto disparo.

Faltaban dos meses aproximadamente para que Iker entrara a su nueva escuela, el Colegio Alemán de Barcelona, donde había entrado gracias a que varios de sus primos estaban inscritos. Las clases iniciaban el 1 de septiembre; por lo que antes de que lo hicieran, él intentó volver a formar parte de su antiguo equipo: los periquitos del Español. Ya no era un pequeño niño que no sabía lo que hacía, sus habilidades técnicas y físicas habían crecido a un paso agigantado. Era en un jugador que se echaba el equipo al hombro, el central que siempre en la línea te podía salvar.

“Quien alguna vez fue Perico, siempre lo será”, era un dicho que su madre le decía para que volviera a entrenar futbol; pues el divorcio tarde que temprano le afectó. Lo repetía casi tres veces al día, era algo odioso. El chico de pelo castaño sabía que su puesto lo tenía alguien más, que lo más probable ninguno de esos niños lo recordaría, por eso se negaba; pero su gusto favorito, el futbol le hizo vencer sus miedos; prefirió jugar para ese equipo que probar con el Barcelona, equipo rival del Real Madrid, su único y verdadero amor.

El niño de once años cedió ante su madre el 24 de julio, por lo que empezó a entrenar dos días después. La lucha sería difícil, pero él sabía que sus años en el Rayo Vallecano le ayudarían a quedarse dentro del equipo titular. El equipo le dio el número 98, mismo que él eligió solo por gusto. El nuevo y reciente dorsal 98 de los pericos soñaba con volverse a ver las caras con la diez del Barcelona, quien le había humillado hace algunos años, buscaba revancha.