Los patitos feos… el renacer tras un pasado infeliz
Los patitos feos (Editorial XXXX), libro escrito por el doctor Boris Cyrulnik, neurólogo, psiquiatra y psicoanalista que vivió en carne propia la crudeza del holocausto nazi, es una extensa reflexión sobre la capacidad humana de sobreponerse a las amarguras propinadas por una infancia infeliz o por el rechazo violento del medio familiar y social. Resiliencia es el nombre dado a este superpoder, y el autor explica cómo, dependiendo de lo fortalecida que la tengamos, seremos más o menos aptos para salir adelante.
Son muchas las situaciones que pueden marcar a un niño: desde la forma como se relaciona con sus padres, hasta eventos extremos de violencia. Pero lejos de la creencia popular, estas vivencias no son suficientes para determinarlo como un adulto violento, disfuncional o con sed de venganza.
La sicología positiva es, precisamente, una respuesta a las formas tradicionales como es entendido el trauma y su desarrollo emocional. Pues aunque se tiende a pensar que se ofrece lo recibido, para autores como Boris Cyrulnik, son muchos quienes logran pasar de la oscuridad a la luz… y renacer a una nueva vida, gracias a la resiliencia.
Esta capacidad para sobreponerse a periodos de dolor varía de acuerdo con otros factores. Pero antes de conocerlos, es importante entender la naturaleza de los traumas, pues no todos operan de la misma forma. Estos son sucesos impredecibles y generalmente representan eventos que amenazan la vida y el entorno del individuo. Su influencia también cambia según las carencias afectivas de la víctima y el significado que a futuro cobre ese hecho en su vida.
No es lo mismo que el agresor sea un familiar o provenga de un entorno más distante. El efecto tampoco será igual si la ‘víctima’ cuenta con una sólida red de apoyo, o si es un huérfano itinerante por distintos institutos y familias. Pero, sobre todo, su proceso de recuperación variará según la capacidad que tenga de crear lazos y encontrar apoyo en quienes le rodean.
Hay que golpear dos veces para producir una herida. El primer golpe, el que se recibe en la realidad, provoca el dolor de la herida o el desgarro de la carencia. Y el segundo, el que se encaja en la representación de la realidad, provoca el sufrimiento de haber sido humillado o abandonado. Para curar el primer golpe, es preciso que mi cuerpo y mi memoria consigan realizar una lenta labor de cicatrización. Y para atenuar el sufrimiento del segundo golpe, he de cambiar la idea de lo que me ha sucedido, he de conseguir modificar la representación de mi desgracia y su puesta en escena, explica en su libro este prestigioso médico, quien según cuenta, estaba destinado a ser un campesino analfabeta luego de escapar a los seis años de la crueldad nazi.
Es muy normal que una persona ‘golpeada’ elija consciente o inconscientemente entre dos caminos: usar el odio como una fuerza de venganza o evitarlo, dando el amor que no ha recibido. Las dos posibilidades son explicables y dependerán mucho de las herramientas que tenga el implicado para recuperarse.
Por eso es importante para el autor analizar la resiliencia a partir de tres aspectos que la determinan: el temperamento formado desde los primeros años, el significado individual y social que se le dé al primer golpe o herida, y la posibilidad de recibir comprensión y afecto del entorno.
Por ejemplo, cuando la familia es el epicentro del sufrimiento, la imaginación será uno de los ingredientes definitivos en el significado que tenga la herida en el recuerdo. Y para ello, la memoria imprime en el pasado ciertos elementos que hacen los hechos más soportables, a fin de hacer llevadero el propio presente. De hecho, se considera a la fantasía como la mayor herramienta de resiliencia, y en muchos casos basta con facilitarle medios de expresión al herido para que convierta en creación artística los hechos tortuosos del pasado (cambiándole precisamente el significado individual y social).
Esta posibilidad se relaciona en buena medida con el temperamento, esa fuerza vital que nos empuja, determinado en gran proporción por el entorno afectivo ofrecido por los padres y no tanto por su propio material genético. Lo importante en este caso es entender que la vida en el vientre materno es el primer capítulo escrito en la historia del niño, y por lo tanto, será la vida emocional de la madre la encargada de alimentar sus primeros rasgos.
Las pequeñas moléculas de estrés pasan fácilmente el filtro de la placenta. El abatimiento o la agitación de la madre, sus silencios o sus gritos componen alrededor del feto un medio sensorial materialmente diferente. Así que la historia de la madre, sus relaciones actuales o pasadas, participan en la constitución de los rasgos del temperamento del hijo que va a nacer o que acaba de nacer.
Pero será aún más determinante el tipo de familia que reciba al recién llegado. Si la forma de relacionamiento está basada en la cooperación y comprensión, es mucho más fácil que su temperamento (o sea, el cómo se comporta) sea tranquilo, y el apego que lo conecta al mundo capaz de proveerlo de confianza y carácter. Pero desafortunadamente muchas carencias se manifiestan desde los núcleos primarios, y no es raro que en estas circunstancias, el repertorio de recursos para enfrentar momentos difíciles sea menos variado y apto.
De todas formas, algunos niños sometidos a abusos de todo tipo se recuperan más o menos rápido debido a la reacción que el hecho genera en su entorno. Hay que tener en cuenta que el 60 por ciento de las madres de niños agredidos desembocan en una depresión prolongada. En ese grupo es donde los niños se recuperan peor. La respuesta emocional de la familia constituye el indicador más fiable de la resiliencia del niño y de la duración del sufrimiento.
Las familias trastornadas por la agresión al niño no le ayudan a recuperarse –asegura el experto–. Las rígidas, impiden cualquier posibilidad de resiliencia si seremonean al niño. En cambio, los niños agredidos que se han recuperado sin secuelas han contado con el apoyo afectivo y verbal que hace posible la resiliencia.
Dar muestras de disgusto, abatimiento, rechazo, burla o incredulidad ante el relato de un niño abusado, es la mejor forma de convertir su herida en un traumatismo, pues con estas actitudes le estaremos negando la posibilidad de sentirse entendido y protegido.
Cuando la familia falla, su futuro dependerá de la orientación que reciba de alguien externo. Cuando la familia alterada aprisiona al niño o cuando el medio extrafamiliar no propone ninguna guía de resiliencia para intentar la aventura de la creación, el niño se desmorona con su familia.
Nada es para siempre
Herramientas como el arte y el humor pueden marcar la diferencia en un proceso de rehabilitación emocional. Si bien la mayoría de personas no pueden controlar los sucesos cotidianos que construyen su historial, si pueden elegir la forma como asumen esa cotidianeidad, los acompañantes adecuados y el significado que ese evento adquirirá con el tiempo.
Sin embargo, características como el humor o la creatividad, son unas excelentes armas contra el dolor. Su poder terapéutico es tan fuerte, que incluso víctimas de eventos extremos como una violación, lograrán asimilar mejor el acontecimiento si su entorno les provee medios de resiliencia consecuentes con ellas.
El talento supremo consiste en exponer la propia desgracia con humor. Cuando esta metamorfosis de la representación es posible, el hecho doloroso habrá recorrido el mismo camino que en el teatro o en el dibujo. El humor tiene una función terapéutica que se parece un poco a la función de la negación: hacer creer a los demás para hacerse creer a uno mismo que la cosa no es tan grave. Este engaño es una falsificación creadora que aleja el dolor.
Cuando un niño abusado logra resignificar los acontecimientos y ponerse ante ellos en una posición diferente a la de víctima, es más probable que despierte sentimientos de solidaridad y empatía a su alrededor. Y al modificar su imagen ante los demás (pues no será más el niño violentado), podrá modificarla ante sí mismo.
Aun así, los niños torturados o que ven a sus padres en esa situación, lejos están de poderse reír. En estos casos, ellos logran modificar su autoimagen a través de la acción extrema y reflexión profunda, y por supuesto, gracias al acompañamiento adecuado.
Un niño maltratado o traumatizado conserva huellas en su memoria, aunque son de naturaleza distinta a la de los recuerdos con los que construye sus relatos. La huella depende de las informaciones que recibe de su medio, mientras que el relato depende de las relaciones que establece con su entorno. La huella es una marca biológica; el relato, una conciencia compartida.

