LEYENDAS DEL VALLE DE TOLUCA
Cuenta el cronista lo siguiente: Hay, en algunas iglesias del Estado, como objeto de veneración, crucifijos negros. Aquí en Toluca existe uno en la iglesia de la Santa Veracruz. Su culto parece ser muy antiguo, de fines del siglo XVI. Cuenta el Cristo entre las imágenes aparecidas, he aquí lo que narra Joseph de Villaseñor, en su famosa obra El teatro americano. Pocos años habían transcurrido de la fundación de Toluca. En la calle principal de la ciudad, más o menos donde hoy se encuentra la Tubería Hernández, moraba un “vecino tan virtuoso como noble”. Cierto día llegaron hasta él dos jóvenes y le ofrecieron en venta una imagen del Crucificado. Pidiéronle por ella treintaitrés pesos, suma irrisoria habida cuenta de la perfección de la imagen. Fue el virtuoso a contar el dinero; pero “como tenía inclinada la vista, fija en las monedas, no vio que en ese tiempo desaparecieron los mancebos, dejando en su poder la divina imagen”. Toda leyenda lo es cuando aparece el misterio de una o varias acciones inexplicables. Por qué los vendedores no se llevaron el dinero solicitado. Cuál fue su carrera de desaparecer sin llevar a éxito la transacción. La cuestión es si eran ciertos esos jóvenes o seres no humanos, que tenían la misión de dejar la imagen sagrada en sus manos… de eso se hacen las leyendas y en América Latina, en nuestro idioma, desde la Patagonia y hasta el Río Bravo las leyendas son pan de cada día: nuestra Llorona es prueba de ello. Y todo ello se enriquece más cuando intervienen componentes indígenas con lo español, mestizo, criollo, o de todas aquellas relaciones que hicieron que las castas pusieran su granito de arena para formar en estos siglos la cultura tan rica y afortunada que tenemos para bien los latinoamericanos, y en particular nuestra patria.
Escribe Rodolfo García: Admirado del suceso dio el vecino cuenta de ello al párroco de la Santa Veracruz, “quien dispuso con solemnes procesiones y festivas demostraciones de colocarla en el altar mayor de la iglesia parroquial, en donde hoy es venerada por los fieles. Hasta fines del siglo anterior, el Señor de la Santa Veracruz era sacado de su nicho, el Miércoles de Ceniza, y se le ungía con vino. A este hecho atribuían y atribuyen algunas personas, la coloración negra que presenta el Crucifijo”. Ahí en lo alto de altar de la iglesia de la Santa Veracruz preside todo acto y ceremonias religiosas. Desde ese lugar es visto por los fieles que somos y el asistir a Misa o al Rosario se siente una paz, serenidad de saber que desde ahí nos protege con su sagrada imagen, eso pensamos. La Santa Veracruz es en Toluca componente infaltable de las familias más conservadoras de las tradiciones y respeto por el catolicismo.
El magnífico cronista nos cuenta lo siguiente: A raíz de la Conquista, Tecaxic —que en lengua mexicana significa vaso de piedra— era un pueblo muy numeroso. Una epidemia arrasó con su población, de tal modo que no quedaron en ella sino dos vecinos. Abrumados por la “tristeza y la soledad”, no tardaron en abandonar el pueblo, que vino de esta manera a quedar desierto. Con el éxodo de los dos sobrevivientes quedó abandonada una ermita que en los tiempos prósperos habían construido los vecinos. Veneraban en la ermita una imagen de la Asunción, pintada al temple sobre una tela indiana. En la soledad, el tiempo batió las puertas y rajó las paredes, de suerte que el viento, los soles y las lluvias, “deslucieron los colores del ropaje y mermaron la hermosura del rostro”. Rodolfo es un gambusino que encuentra la riqueza de nuestro pueblo en todo aquello que ve y no ve. Nos cuenta de manera sucinta lo que es leyenda e historia en Toluca, pero también va más allá, por ejemplo, a este Tecaxic que tiene mucho de misterio y ser pueblo de leyenda y mística cotidiana.
Cuenta: En estado tan lamentable se encontraba la capilla, cuando acertó a pasar por allí el licenciado Antonio de Sámano y Ledezma, en los momentos en que se abatía un fortísimo aguacero. Buscó el hombre asilo en la capilla; pero en balde, porque dentro se mojaba tanto como afuera. El agua escurría por la imagen, y allí advirtió el licenciado que era milagroso el hecho de que la Virgen no se hubiera despintado del todo, máxime “siendo la materia en que estaba iluminada, tan deleznable y corruptible”. Dos sucesos acompañan a Rodolfo, en este escrito que es como lo dice don Poncho Sánchez García, un prosista de primera importancia para nuestra patria chica y para Toluca. El primer suceso relacionado con el Crucifijo que preside el altar de la Iglesia de la Santa Veracruz, que cada domingo recibe por las mañanas a sus feligreses sabiendo que llegan con respeto y admiración a contemplarlo. Por otra parte, la leyenda de una ermita donde una pintura recibe los estropicios del clima y se mantiene incólume para sorpresa del profesionista que ve el milagro.
Hay de aquellos que son incrédulos. No comprenden que la vida está hecha de milagros todos los días. Nada es sólo la razón que impere sobre las cosas del universo, del mundo y de las familias de los hombres y, del propio patrimonio natural que da tantas lecciones, por lo que sucede en el seno de los bellos paisajes o tremendas rocas que forman farallones para nuestra admiración porque une fuerza y belleza a la vez. Toluca es un pueblo, una ciudad de leyendas, la Toluca que va más allá del centro de la ciudad. Sobre el pueblo de Tecaxic cuenta Rodolfo de nueva cuenta: No sólo a este hecho inexplicable obedeció la veneración de la imagen de Tecaxic. Dos hombres de Toluca se desafiaron a causa de los requiebros de una mujer. Escogieron como sitio del duelo la espalda de la abandonada ermita, que mal se erigía en el cerro de Tecaxic, hoy conocida como el Molcajete, a causa del cráter que presenta en su cima, de donde le viene el nombre náhuatl que ya se dijo. Estaban los rijosos en pleno desafío, cuando oyeron músicas nunca oídas, como si proviniesen de los cielos. Asombrados suspendieron la pugna. Era de la Capilla de donde salía aquella música de los ángeles, pero cuando llegaron hasta donde se hallaba la imagen, la encontraron “sola y desamparada”. “Llenos de pavor y reverencia pusieron las armas a los pies de la Virgen, y haciéndose de enemigos a muy amigos, adoraron a la Gran Señora…” La fe por delante en estos relatos de Rodolfo García, conocedor de este mundo que es la ilusión de soñar en otras cosas y sucesos que no son fácilmente creíbles o empíricamente comprobables.
Sabio que extiende la mirada más allá del centro de la ciudad. Que va más allá de Los Portales y sus alrededores. Es toluqueño de corazón. Para él son importantes barrios, vecindades y delegaciones. Sus pueblos legendarios donde se crean o aparecen por acto de magia leyendas increíbles por su cercanía con la realidad. Por la fuerza de sus tradiciones, que se convierten en leyendas que dan identidad a los pueblos mágicos; son por sí mismo, añosos edificios y casas hechas en adobe hace más de cien años cuando menos. Mágico momento, religioso instante que deja en mente de quiénes participan, un dejo de milagro el haberlo vivido. Cuenta: Con este suceso confirmó el Guardia del convento de Toluca, lo que ya le habían referido, y es que todos los sábados del año, se oía música celestial en aquella capilla abandonada. Quienes hemos entrado a este pueblo tradicional y añoso, sabemos, rodando el auto, que no por ello, dejamos de sentir un tinte celestial en muros que van desde la iglesia, hasta paredes que medio pintadas o descascaradas, hablan de un lugar que no se parece a ningún otro en territorio municipal. Hay algo en Tecaxic y quién sabe si sus pobladores estén sabidos de qué cosa es. Los niños, por lo pronto, juegan como cualquier infante del municipio y, eso calma inquietudes: al preguntarnos en qué radica su magia y belleza de la que está hecho. En el puro nombre lleva su legendaria prestancia y ese olor a viejo que le acompaña.

