Falacia legitimada
El tema educativo vuelve a ser materia de discusión. Hemos escuchado miles de
voces que están en contra de la Reforma Educativa, porque la consideran más
laboral que académica; si bien esto es cierto en parte, también lo es que más allá
de reformas, no se ha hecho un diagnóstico serio sobre cómo resolver el
problema.
El énfasis se hace en Educación Básica, porque es ahí en donde se resuelven
algunos problemas añejos, como el analfabetismo y el acceso a la educación,
laica y gratuita. Un segundo énfasis se está haciendo sobre la Educación Superior,
bajo la premisa de que nadie se quedará sin opción para hacer una licenciatura.
En ello, existe un primer problema: no hay espacios suficientes para recibir a
“todos” los que pretenden hacerlo, particularmente en la UNAM, el IPN y la UAM.
Si bien son instituciones de prestigio, la realidad es que cuentan con recursos y
espacios limitados, obligarles al aumento de su matrícula necesariamente tiene
que pasar por un incremento sustancial en los recursos para atender sus
necesidades.
Un segundo problema: un porcentaje altísimo de los recursos que reciben son
ubicados en el apartado mil, es decir, sueldos y salarios, entonces, aún con el
incremento en el presupuesto, la realidad es que no se puede garantizar que más
alumnos puedan ingresar.
Un tercer problema, de la mano del anterior: se requieren más profesores para
atender la demanda, y eso implica contrataciones nuevas con todos los costos que
ello implica en prestaciones y beneficios laborales.
¿Cómo hacerle?, francamente suena complicado. Por ahí hemos escuchado
voces que proponen aumentar la educación en línea, virtual, sin embargo, no es
suficiente, porque si bien esta modalidad ofrece muchas ventajas, la realidad es
que también pueden señalarse muchos puntos en contra. Me parece que
apostarle a esos esquemas es una forma de “maquillar” los indicadores,
simplemente para presumir (sic) que tal o cual institución incrementó el número de
su matrícula en detrimento de la calidad y el bien enseñar.
Finalmente, se deja de lado otro factor igual de relevante. Estudiar una carrera es
un asunto absoluta y completamente aspiracional, parece “obligación” que un
alumno que termina la preparatoria “deba”, por decreto, estudiar una licenciatura.
Nos hemos preguntado ¿cómo es que llegan esos alumnos?, ¿tienen la capacidad
para hacerlo?, ¿tienen la vocación para hacerlo?, ¿tienen todas las herramientas
cognitivas y actitudinales para intentarlo?
Si seguimos aceptando a “todos” los que quieren ostentar un título, es muy
probable que lo obtengan, sobre todo porque hay muchas “instituciones” con
calidad francamente dudosa, que entregan a la sociedad “profesionistas”
francamente malos o si acaso mediocres. Eso en nada ayuda, por el contrario,
hace que el valor per se de estudiar se vaya al cesto de la basura. Una falacia
legitimada.
¿Qué deberíamos hacer?
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