Ellos

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Entre la arena y agua de mar, vivo sus cálidas texturas. Contemplo el horizonte, mi pensamiento está en silencio. Concibo el sol, el aire; ambos barnizan mi piel de un tono que sólo ellos saben dar.

Camino de regreso hacia el hotel, veo a la gente que pasa a mi lado; personas luciendo sus trajes de baño, sus cuerpos definidos, la fresca vanidad de hombres y mujeres que portan sus mejores accesorios, comensales disfrutando cada uno de los platillos y bebidas que distinguen la vida de la playa.

En la distracción de este mundo, mis ojos se posan en una pareja que sale del glamoroso mundo del dinero. A ellos no los había observado; en un abandonado estanquillo de refrescos, la lámina oxidada les sirve de restaurante. La piel adolescente de ambos es del tono sol-playa, sus cuerpos delgados se abrazan, se miran tiernos cuando se hablan, cada palabra dibujada en sus labios está dedicada uno a uno para el otro. Basta ver la delicia con la que sus ojos miman el ánimo del otro.

Algo se dicen con el corazón, ella llora, él la consuela, él le contesta con el lenguaje del enamorado: la mira con el alma, sus manos la tocan con la ternura de quien la protege, la besa suave y brevemente en los labios. El muchacho le limpia las lágrimas con sus manos, con sus besos, toma la carita de niña entre sus manos para hablarle con sus ojos interiores.

Mientras camino a la distancia de ellos, los observo como a una película que detiene el tiempo en otro tiempo de ese mundo que los absorbe y al mismo tiempo, no les pertenece.

Ellos, una muchacha y un muchacho simpáticamente pincelados por el mar, se escriben en la arena, dibujan en el mar, recrean una cena en un abandonado estanquillo de refrescos, acompañados por una maruchan y una Coca. A diferencia de muchos que tienen el mundo material a sus pies, ellos tienen un amor que no se compra porque el universo se los ha obsequiado.