Sin mariposas prisioneras
A propósito del doce de octubre,
dos prosas poéticas
Con la piel ardiendo en medio de la noche a mitad de la montaña, busco antiguos hombres, los guerreros conocedores de las siete dimensiones, los que en tinieblas formaban manadas de jaguares para con ellos disfrutar del equinoccio, los que morían mil veces por sembrar su nombre en las grietas de los surcos del maíz, los acercados a los dioses, quienes con sólo un parpadeo de luciérnagas azules los besaban y todos se sentían amados.
Pregunto por la energía de quienes acariciaron las aguas del pinaninchini; bebieron besos de sabiduría, magia impregnada con huesos de profecías y amuletos cristalizados bajo la lengua, bajo la fe de figuras de libertad, de paraísos sin cementerios, sin diablos ni burbujas de fuego, ni muerte ensangrentando caminos.
Exploro espíritus para decirles que, he visto cómo el viento puede arrastrar a una persona, a un pueblo, a una teocalli con sus frutos y semillas y divinidades. He visto al viento secar las flores consentidas de la primavera, las que adornaron las veredas donde cruzó el abuelo, pero no he visto a mi padre y a mi madre arrancarse de la piel el orgullo de ser lobo, de ser hormiga, lluvia, locura; de ser hijos de un pasado con aroma, con ramajes indestructibles ajenos al miedo.
Busco antiguos hombres porque aquí pertenezco, porque he visto llorar a una mujer desnuda por desenterrar a sus muertos y así descubrir el juego de la luz donde nace un guerrero orgulloso y sin vergonzosos grilletes, sin mariposas prisioneras ni vientos mentirosos fustigando memorias, busco la esencia de antiguos hombres, para desenterrar mi historia.
Pinaninchini cueva donde brota el agua en el cerro del Tenismo
Senderos descalzos
Extiende el sahumerio sus brazos a heridas que se mitigan en orfanatos sin tiempo sin alimento de girasoles desahuciados sin ofrendas al tiempo. Intenta adherirse a las garras del águila que escurre orgasmos sobre el teocalli que ahora bosteza intentando mirar a través de fogatas que dejaron de retratar a hechiceros con carnadas de chocolate perfumado con inciensos de astros sometidos a peregrinar en senderos descalzos. Abre sus brazos descarnados de madre sin geografía ni fuegos artificiales; solo hermanas mariposas que lloran sobre raíz incendiaria que traza acrobacias milenarias en caminos extraviados. Intenta exprimir con brazos descarnados a quienes borraron huellas con espadas.
Revolotea su fuego en testamentos sobrevivientes de señales ensangrentadas que deambulan en sombríos callejones sin alas ni floridos paliacates salpicados ni volcanes de guerra bramando por el dolor de la muerte que se arrastra intentando no recordar el camino hacia el infierno hacia los sueños no cumplidos hacia las horas encarnadas en tragedias de dibujos sin honor sin paisajes nevados en donde limpiar sus heridas. Trasciende su fuego huyendo en tímido trote hacia los astros desplumados retratando destrucciones de majestuosas nubes y flores y bordados de un sol indomable a mitad de un día sagrado.
Extiende el sahumerio sus rostros de copal indígena sus trazos de barro tallado con lamentos de temazcal y silencio de príncipes consagrados con señales de la madre tierra y aguas que hierven sin envejecer al paraíso de los ancestros. Extiéndete extiéndeme para flotar adherido a ti, a los secretos que han dejado de correr sobre espíritus atiborrados de sabiduría. Despierta con los juegos de fogatas flotantes con girones de guerra y obsidianas de neblina fresca y montes de estrellas desterradas.
Vuela tu fuego brota como luz divina como olas sin sal en venganza a la luna por los dioses caídos al amanecer del reloj de las brujas heridas de las que ardieron cuando el invasor hizo aparecer un libro sagrado con espiritualidad que se cambia por monedas y tutelas terrenales; sí arden al recordar la invasión del espacio y del canto y del sudor de las abuelitas piedras que alcanzaron a guardar en sus memorias el honor de los guerreros que apuntaron sus flechas a soldados sin mariposas y murieron por la asquerosidad de gente impura.

