¿Macabro destino?

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Encontrar rutas para la supervivencia es complicado, la realidad acaba por mostrarnos con singular frecuencia que hoy día no es suficiente hacer las cosas bien y de manera correcta, es más, ni siquiera la meritocracia –que tantas veces resultaba exitosa– tiene  cabida en nuestro contexto.

El destino de las personas se marca por factores que no podemos controlar; miles son los casos de personas que luchan incansablemente por obtener algo y, a pesar de todo su esfuerzo, terminan por fracasar en el intento.

Seres humanos que todos los días trabajan arduamente, que entregan lo mejor de sí, que suponen que con esmero, atenciones, gestos, detalles y buenas intenciones irán allanando una ruta hacia el éxito; por eso de las recondenadas cosas, todo ese esmero se anula, se pierde, se degrada y acaban por perderse en un limbo del que no hay salida.

El tema es que, para la construcción de acuerdos, para el fortalecimiento de las relaciones humanas, al menos tienen que estar de acuerdo dos; cuando solo es uno el que puede y quiere, nos topamos con pared y hay muy poco que hacer.

La cerrazón de muchos se convierte en paradigma de vida; hay quienes se casan con la suya y, sin anestesia de por medio, vivirán con esa popular frase en el sentido de que sólo mis chicharrones truenan.

Es cierto que en el deseo de encontrar soluciones se buscan alternativas; se habla, se externan opiniones, se busca consensar y en ocasiones, hasta se mendiga por un poco de atención y respeto.  Todo lo anterior, carece de sentido cuando el interlocutor decide cerrar la puerta.

Esto sucede tanto con las personas como con las organizaciones; es incomprensible cómo es que hay personas que teniendo ojos, no ven; teniendo oídos, no escuchan y teniendo inteligencia no razonan. Parece inconcebible, pero hay quienes prefieren una mala vida, una zona de confort lastimosa antes que atreverse a buscar o permitirse mejores condiciones.

Se opta por un macabro destino y por voluntad propia; nos negamos a tomar el apoyo de los demás y preferimos aceptar calladamente lo que venga.

Cada quién es arquitecto de su propio destino, cliché tan arraigado en nuestras conciencias que lo asumimos sin cuestionarlo; es cierto que somos causa y efecto, que somos resultado de lo que hacemos, pero también es cierto que hay condiciones en el entorno que frustran, que nos cambian la perspectiva y nos obligan a cuestionar profundamente lo que hacemos.

El grado de impotencia que se tiene cuando buscas hacer las cosas de la mejor manera posible y descubres que ni siquiera con eso es suficiente es devastador; como si ese destino quisiera restregarte en la cara que obtienes lo que mereces, sin siquiera saber a qué alude ese merecimiento.

Otra frase cliché, después de la tormenta viene la calma, ¿será? Cómo encontrarla ante tanta incertidumbre.

Vivir es un deporte de riesgo extremo; no tenemos más que enfrentar el reto y tratar de superar las adversidades, no queda de otra.

horroreseducativos@hotmail.com