Maravillosa Leonora

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Era una tarde de diciembre, clara en su cielo anaranjado, fría, doliente como el año que  acababa. Llegué a la antigua penitenciaría de la Ciudad de San Luis Potosí; en otrora tiempo, la avidez por llegar sería distinta, pues este antiguo edificio estuvo sobrepoblado durante muchos años por reclusos de todo orden incluyendo el común con todas sus peligrosidades.

Pues bien, el inmueble fue remodelado y consagrado al arte y a la cultura, actualmente alberga el Museo Leonora Carrington. La arquitectura a ladrillo y altos muros contrastan con la extrañeza de las formas escultóricas de la artista surrealista nacida en Inglaterra y afincada en México hasta su deceso en 2011.

Nacionalizada mexicana, de Ella se cuenta (en multimedia, sí) un cuento maravilloso titulado Conejos Blancos, heredero a todas luces del psicoanálisis y precursor de lo que ahora conocemos como surrealismo en la literatura. Artista múltiple, trabajó la escultura, pintura, el textil y la joyería; esta última manifestación, fue esplendorosa en Leonora Carrington; pues las joyas ahí mostradas entre las que alguna vez fueron crujías, son verdaderas maravillas de orfebre, en plata con incrustaciones de piedras preciosas, menos preciosas que las formas mágicas de animales en plena metamorfosis o hechiceras de arcaicos mundos desconocidos pero comprensibles por la fuerza de su fisonomía o la postura diminuta que encanta al espectador.

Aparte de sus conexiones con la plana más representativa del surrealismo europeo, Carrington logró colocarse como una escritora prolífica de cuento de ficción, inclusive participó en guiones cinematográficos. Musa de Ernst, su carrera se ve interrumpida por el inicio de la Segunda Guerra Mundial y tras permanecer en un hospital psiquiátrico, emigra a América con la ayuda de Renato Leduc, de quien se separa al poco tiempo de llegar a México.

Como también practicó el género autobiográfico, bien valdría la pena conseguir esos textos para enterarnos de los acontecimientos vitales que tanto interés despiertan en los puristas. Con todo y esto, lo que atrae al publico nacional e internacional son sus esculturas,  los verdaderos amuletos de la colección: un gato enorme, diosas monumentales del atole, del campo de la luna, cuerpos celtas mezclados con animalidad mesoamericana, bronce, madera, piedra.

Estas criaturas están aquí para decirnos algo, provenientes de la mente y las manos de la artista, no son sólo sueño, son guías, presencias de lo más intimo, inconfesable que radica dentro de nuestra propia locura disfrazada de sensatez.