Todo que ver con el Paseo Tollocan
Inacabable el sendero de cronistas en la vida humana, de él, se van formando historiadores y aquellos que aspiran a ser filólogos o lingüistas, que descubren o redescubren lo que –a veces– se da por hecho, sin entender el verdadero mensaje. En ese sendero es que el padre Garibay encuentra su camino, ya provisto de los medios que su religión le dio en la disciplina del estudio de las cosas, con la objetividad del científico que va más allá del puro hecho ideológico: de este material se hace el verdadero cronista, por eso es invaluable su presencia en cualquier parte de la tierra, y en cualquier cultura que dese saber lo que sucede al contar las cosas de los hombres y las mujeres. La lectura de sus investigaciones nos obliga a ser contemporáneos de su cultura que vive más allá de su vida física.
El texto en el que intervienen Raúl Díaz Covarrubias y don Alfonso Sánchez García es una monografía del Estado de México muy sucinta, pero que nos hace comprender la importancia del Paseo Tollocan ante los hechos de la historia que viene acompañada de siglos. Dicen palabras que leo: Así era el Estado de México, así era la patria misma… y poco a poco ha ido construyéndose un presente basado en su potencial humano y económico, que sin modificar sus orígenes, integra esta nueva imagen: la de un Estado con personalidad culta y progresista, amante de sus orígenes y enamorado de su porvenir.
En el caso del Paseo Tollocan los dos Arcos del Valle de Toluca están ahí, como perdidos en la nada sin tener la glorieta que les dé presencia artística y dignidad por la riqueza que representan como lugar histórico y de paso en lo que fueron nuestras primeras carreteras: sin saber los andantes, que es presencia de un momento que fuera paso de los antiguos caminos entre Ciudad de México y Ciudad de Toluca. El de Ocoyoacac, remora el lugar de la Batalla del Monte de las Cruces en su construcción añosa pero plena de actual dignidad.
En el libro encuentro datos que son de suma importancia, pues eran finales de la década de los setenta y de esta manera se ven las carreteras más importantes de Toluca en su política de transportarse a otros municipios mexiquenses y a otras entidades, así encuentro las siguientes rutas: Ruta de la ciudad de Toluca: Toluca-Zinacantepec-Metepec-Calixtlahuaca. San Felipe Tlamimilolpan–Nevado de Toluca- Tenango del Valle. Es decir, el centro del Valle del Matlatzinco, lugar por donde los originarios creadores de la Toluca que hoy extrañamos en sus vivencias dentro de un paisaje que unía riqueza de la tierra y riqueza acuífera pasando por Almoloya del Río, San Antonio la Isla y Santa María Rayón. Toluca era y es el Aleph, principio y fin de nuestra cultura mestiza. Partícula urbanística en el país que reúne como lo dice el profesor Mosquito lo singular de la historia que habla de los matlatzincas, pero también de los mexicas que trajeron la cultura imperial más importante de Mesoamérica. Toluca es así, lo particular por sus orígenes y lo general porque recibe la riqueza de las grandes culturas de la América cuando aún no se llamaba así.
Todo sale de la originaria tierra del dios Tolotzin, por ejemplo, cita el libro referido: Ruta del Sol: Toluca-Sultepec-Almoloya de Alquisiras-Zacualpan-Ixtapan de la Sal-Tonatico-Tenancingo-Tenango del Valle-Santiago Tianguistenco. Lo que se adivina en esta relación de comunicación y de necesarias vías de transporte es la fraternidad que hoy existe, y que en tiempos originarios era parte de luchas por el dominio de territorios tan ricos en recursos naturales. Los matlatzincas fieros dominadores se extendieron por tales territorios y no ha de ser extraño que ciudadanos del 2023 tengan genética de los dominadores de antes del siglo XV de nuestra Era.
Una nueva cultura es la que hace pensar al revisar la historia de nuestros pueblos y qué cosa sucedió con los caminos que el tiempo ha trazado para bien de una cultura que forma el espíritu mexiquense como uno solo. Así leo al ver: Ruta de los Valles: Toluca-Ixtlahuaca-Parque del Ocotal-San Felipe del Progreso-El Oro-Atlacomulco-Acambay y Polotitlán”. Sí, la carretera que al interior de la Ciudad de Toluca recibe el nombre yendo al Norte de Avenida Isidro Fabela Alfaro y se incorpora a la carretera Alfredo del Mazo Vélez. Nombre que se le pone en la década de los setenta del siglo pasado. Los paisajes de esta zona recuerdan la belleza del occidente yendo hacia Maravatio, Charo, Zinapecuaro y Morelia. Hermanan entre el norte de la entidad y el occidente que lleva al estado de Michoacán: la presencia mazahua es vital en este trayecto.
No se puede olvidar lo que muchos caminos, senderos convertidos en carreteras y avenidas o paseos han dado a Toluca y la Ciudad capital del estado de México ha dado al paso de los siglos. Al bajar el Monte de las Cruces y pasando por el pequeño Valle de Salazar a través de algunos kilómetros, se llega al territorio del municipio de San Mateo Atenco, ahí en otros tiempos, el monumento que nos recibía era el Arco, el cual en su frente dice: Toluca es la provincia y la provincia es la Patria. Llegando de Ciudad de México a Ciudad de Toluca, tan sólo en el recuerdo entrando al antiguo camino, que es recuerdo de belleza acuífera y de admirable presencia del paisaje del Valle del Matlatzinca: todo estaba enmarcado en su larga fila la antigua carretera por ambas partes de sauces llorones: guardias de un camino que era poesía y vaso comunicante para llegar a la Taza de plata, como llegó a ser denominada por el poeta toluqueño Enrique Carniado en el XX.
Por el camino de occidente hacia el oriente: es decir, de Toluca hacia Lerma y San Mateo Atenco, aún tengo en mi mirada, enamorada por el paisaje de naciente urbanidad, que no dejaba atrás la luna llena, que iluminaba ciertas noches del año. Poesía, leyenda, historia, eran sauces llorones en vía de doble transitar: carretera de doble sentido, estrecha —parece carretera—, pero también, sendero de caminos, que eran imagen rural y de inicios del urbanismo: en lo que era el México de primeras décadas del siglo XX después de la Revolución de 1910. Partir de Toluca era llegar a territorio del municipio de San Mateo Atenco y era encontrar los versos del poeta Horacio Zúñiga: Somos brazo que lucha y espíritu que crea, en años de los cincuenta de ese siglo.
Un solo Arco con sus bocas o ventanas hacia el Valle de México y en sentido inverso hacia el Valle de Toluca; dos paisajes son leyenda y amor a partir del Monumento a la Bandera yendo hacia el oriente, hacia las alturas de la Marquesa hasta alcanzar el Monte de las Cruces; de la otra parte viniendo de la capital del país a visualizar el extenso Valle de Toluca y más allá: en lontananza, divisar el Volcán del Xinantécatl. El cual recibe a turistas con sonrisa de quien les espera para cobijarlos en ternura y belleza del paisaje. Toluca, Ciudad que a partir de la década de los cincuenta del siglo XX inició su pujante progreso social, urbanístico y económico al llegar el crecimiento demográfico, mismo que no ha parado en el siglo XXI. Por su grandeza urbana permite que valoremos calles, paseos, avenidas, carreteras, que tienen a ésta como centro de desarrollo humano y cultural.
El Paseo Tollocan es ejemplo de ello: Aleph, que reúne hechos milenarios de la cultura en Mesoamérica y que partir de su realización en el gobierno del profesor Carlos Hank González, permite investigar la historia de cómo es que la carretera y autopista México-Toluca ha llegado a ser lo que es. Resaltando el trazo y construcción del Paseo Tollocan: que se propuso hacer el gobernador en el sexenio de 1969 a 1975 en compañía de arquitectos de altísimo nivel profesional como Pedro Ramírez Vázquez. Logran hacer una construcción artística y de paisaje urbanístico que le convierte en uno de los más bellos paseos de trasporte, automóviles, autobuses y tráileres del país: incluido el recorrido del antiguo ferrocarril al que se le respeto ese largo trayecto, al quedar en su carril que va de la estación de Toluca en el barrio. Antiquísima estación que ya tenía fama en los años de la revolución de 1910 para ir bordeando los municipios de Lerma, San Mateo Atenco y Ocoyoacac, yendo hacia la pequeña laguna de Salazar en la Marquesa de ahí ir hacia la estación de Buenavista, pasando por los terrenos ubicados en Polanco y Lomas Altas hacia el centro de la capital del país. Más de diez kilómetros es la extensión del Paseo Tollocan en su etapa hankista: desde el Monumento a la Bandera y de ahí —en aquella década de los setenta del siglo pasado— hacia el Arco emblemático que recibe con afecto y abrazo fraterno en territorios del municipio de San Mateo Atenco y en su cercanía con el municipio de Lerma.
El Paseo Tollocan es un hito en la idea de hacer paseos urbanizados que conjunten belleza artística con eficacia y eficiencia en el transporte que les recorre. Pedro Ramírez Vázquez, contratado por el gobierno de Hank González ya contaba con una experiencia invaluable en la realización del Paseo de las Culturas, propuesta de arte y belleza arquitectónica que dio lustre a la Olimpiada del 68’ de ese proyecto le venía la fama al hacer Paseos, Avenidas o Autopistas por ejemplo. En las Olimpiadas de 1968 llevadas a cabo en Ciudad de México dejó a deportistas de todo el mundo, gran admiración, al transitar por el periférico Sur viendo esculturas que a lo largo del periférico les hacían ver el espíritu mexicano por el arte. Ese recorrido además les hacía encontrarse con la enorme construcción de arte que ha sido la Universidad Nacional Autónoma de México con su imponente edificio de Rectoría, hoy Patrimonio de la Humanidad. La obra a cielo abierto, comprobó el espíritu y sensibilidad de un pueblo que no sólo admiraba el esfuerzo de los atletas, sino que equiparaba sus artistas para dar belleza al alma humana: resumen del ideal griego, fue la propuesta mexicana encabezada por el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez: Cuerpo sano, en mente sana, al proponer tal Paseo.

