MONTAÑA RUSA O FRASCO VACIO
En medio de la monotonía diaria, a menudo nos sentimos atrapados en la sensación de que todos los días son iguales, envueltos en el tedio que parece apoderarse de nuestras vidas, y cuestionándonos si realmente estamos experimentando la plenitud de nuestra existencia.
A medida que avanzamos a lo largo del día, nuestros pensamientos se ven invadidos por la preocupación, siendo la mayoría de éstos, una manifestación del miedo y de ese anhelo constante de controlar cada faceta de nuestras vidas. Es como si hubiéramos perdido la capacidad de sorprendernos, moviéndonos por la vida como autómatas y sintiendo un vacío profundo de insatisfacción y desdicha.
Este estado emocional, en muchos casos, surge de la desconexión con nuestra propia vida, aferrándonos a momentos del pasado o a posibilidades que, en realidad, nunca se materializarán. Nos vemos inmovilizados por el rencor, la tristeza y la angustia, que son anclajes al pasado, mientras que la ansiedad y el estrés son productos de un futuro que parece resistirse a llegar. Mientras tanto, continuamos flotando en un limbo emocional, sin vivir a cabalidad ni el pasado ni el futuro, sino simplemente viviendo a la deriva en el presente. Navegando las altas y bajas de la vida sin un sentido, sin un norte de ilusión o sueño o proyecto, que le roba magia a las cosas, o un centro o un núcleo que desde la vocación ya instalada nos pueda poner en el partidor para, quizá, emprender la trascendencia como algo imprescindible, para justificar una vida, tarea difícil si antes no hemos viajado por nuestras mayores profundidades
El pasado, en su esencia, nos brinda la oportunidad de aprender de los caminos que hemos recorrido, de las elecciones que hemos hecho y que quizás no fueron las más acertadas para nuestro crecimiento personal, pero nos sirvieron como lecciones.
Por otro lado, el futuro debería ser considerado, ¿por qué no?, como un proyecto, como una hoja en blanco que nos permite trazar metas y objetivos, pero que nunca debe eclipsar la importancia del presente. Éste, lejos de ser una simple etapa en el camino hacia una meta, debería ser apreciado como un momento valioso en sí mismo, un proceso que merece ser disfrutado y experimentado, de ahí que el instante eterno empieza a latir en simultáneo como en automático y como desde el estar consciente.
La clave reside en reconocer que cada paso que damos hacia nuestras metas es tan crucial como el propio logro final. Imaginemos nuestras vidas, como si estuviéramos escribiendo el guión de una película, donde cada detalle, por pequeño que sea, cuenta para la trama general. Una práctica sugerida es colocar un frasco cerca de nuestro lugar de descanso o área de trabajo y, al final de cada día, depositar en él pequeñas notas que detallen las pequeñas victorias y logros diarios.
Este simple acto no sólo sirve como un recordatorio tangible de nuestro progreso, sino que también refuerza la idea de que somos nuestro mejor proyecto y que el reconocimiento personal, es clave para la alquimia mayor, ese crecimiento emocional y la satisfacción personal, que a veces ignoramos que la tenemos tan cerca y tan lejos.
Enamorarnos de nuestra propia existencia, implica adoptar una perspectiva fresca y apreciativa hacia cada aspecto de nuestra vida, mirando el mundo como si fuera la primera vez. Cada mirada, cada experiencia, vibrando y cambiando constantemente, nos invita a encontrar belleza en la impermanencia, que nos susurra al oído de que todo está en permanente cambio, y que nada es para siempre. La vida es un constante fluir, y aferrarse a la necesidad de controlar cada aspecto de nuestro destino puede resultar en una resistencia innecesaria a los giros inesperados y a las oportunidades de tono vital personal, que nos lleva a caminos siempre diferentes, nunca iguales
Imagínate cuando no estés en este mundo y puedas ver todo desde algún lado. ¿Qué anhelarías? Seguramente saborear las cosas simples y complejas de la vida que no te atreviste a realizar.
La búsqueda de la paz interior es universal, pero alcanzarla implica renunciar a la ilusión de tener todo bajo control. Ése es el punto, ese es el meollo. La verdadera plenitud se encuentra también, sin intención de receta o manual, en abrazar la montaña rusa de emociones, aprender de cada subida y caída, cada curva, cada tramo lento y veloz, y disfrutar del viaje sin obsesionarse con el destino final.
Al liberarnos de la carga de controlar cada aspecto de nuestra vida, descubrimos la auténtica belleza de cada giro inesperado, de cada desafío superado y de cada momento vivido plenamente.
La vida es una obra maestra en constante evolución, y nada más al aprender a apreciar cada matiz, cada emoción, lograremos experimentar la tan famosa y mencionada, citada, narrada, y dicha, plenitud de nuestra existencia.

