Cuando yo era rico
La pelota de esponja que nos había hecho sudar descansaba debajo de la mesa que tenía una ollota de frijoles, pambazos y tortillas.
En la pared se campaneaban jarros y cazuelas de barro. Y no había más. Ah, perdón una tetera con té de hojas y lo demás era las sonrisas y el cariño familiar.
Unos tacotes de frijoles negros o tortas de pambazos que sabían a gloria. Los hermanos, bromeando, papá y mamá presidiendo el banquete de pobreza y alegría.
En las hornillas con el carbón ardiendo: ascuas rojas que ponían a hervir a la olla con granzas de café y piloncillo completaban el cuadro.
No había lana, tecolines, oro, billetes, y a veces ni suelto o morralla, pero ni falta hacía, porque la ternura se cortaba en pedazos del pastel de cariño.
Sudados esperábamos hasta el sábado para que el chocolate de mugre a punta de restregones del jabón Ibis se escurriera hasta la atarjea.
¡Esos frijoles negros con epazote!, ¡esas tortillas que se inflaban y los pambazos de anís! que nos fiaba el señor Don León aderezado todo con las canciones que sacaba el radio comprado en abonos y con apague la luz y escuche, simplemente oyendo ya hacías tu película en el cerebro.
La familia en realidad sí era el núcleo fundamental de la sociedad y cuando alguien enfermaba o moría se sentía más fuerte la punzada en el corazón.
¡Cómo queríamos a las mamás y que respetote al padre y que veneración a la abueliza!
Eran las niñas que con sus canticos y rondas le daban más luz a la tarde que se iba y los chavos audaces, aventureros, que explorábamos los rincones olvidados y jugábamos futbol en la calle casi sin autos con piedrotas de portería que ocasionaban discusiones en cada gol.
Las posadas desbordaban luz, cariño, y cierto riesgo: no, ¡por ahí no! Y en lugar de la piñata el chavo daba buenos garrotazos a la silla que providencialmente encontró la viejita.
Los juguetes eran en apariencia cualquier cosa: muñecas de trapo, trastecitos, pelotas o canicas, pero ¿Qué más? ¿Qué más necesitábamos si teníamos a nuestra imaginación?
Al fondo a un lado del volcán el rosáceo crepuscular se iba perdiendo y culebreando llegaba el ciclista con su canastón de pan en el que las campechanas relumbrando se comían los últimos trocitos de luz.
Tilín tilín tilon la iglesia llamaba al rosario y aparecían casi siempre de negro las angelitas que rogaban por nosotros, esas viejecitas a las que queríamos tanto y que cuando alguien moría se sabían todas las oraciones del mundo.
Las niñas arrullaban a sus muñecas y nuestros bolsillos sonaban un dulce son: el de las canicas que se topeteaban entre sí.
Desde cuarto año de primaria desfilábamos y ahí vamos marchando en un uniforme y exacto son. Éramos soldaditos que el capitán Becerril nos había adiestrado. Daba gusto y orgullo marchar. Ahí vamos entre la multitud que nos aplaudía, tan exactos, mirada al frente y manos que bailaban en el aire al unísono, cuando de pronto al dar vuelta por Independencia rumbo a palacio de gobierno aparece la gente querida aplaudiéndome: ¡mira ahí va! Y desde la abuelita hasta el perro nos reconocían. Se nos hacia un nudo en la garganta, el corazón se quería salir por el escudo de la escuela y nuestros zapatos de suela de llanta golpeaban más fuerte el pavimento.
Ah y al terminar el desfile las miradas de las niñas de la Villada, ¿a quién diablos se le van a olvidar? Y aquella excursión a Chapultepec en que cada minuto fue gozado tan intensamente que pareciera que el gorila del zoológico se quedó con nosotros para siempre.
Y nuestras queridas maestras, como la seño Aurita que el día del niño nos cantaba los boleros de moda como no los volvimos a oír.
Y así, jugar en el baldío, hacer un caleidoscopio con oritos y vidrios de colores, y subirnos a los tejocotes o ir al mercado y llenarnos la retina del universo de ropa, frutas, y pregoneros y la doctora mamá que después de comer jaltomates nos volvía a la vida con Polvos de Inclán y Aceite de Ricino.
Cierto, no había dinero, pero sí un chingo de cariño, no teníamos celulares, pero si había matinees con películas a colores. No teníamos coche, pero si nuestra avalancha con ruedas de baleros que bajando nos hacía sentir los grandes pilotos de la Carrera Panamericana.
Chin, y sobre todo la gente, las preciosas personas que ya no están y que a veces nos hacen llorar.
¡Ah chirrión! Cómo chingá no me di cuenta de que éramos ricos y más que ricos, felices, tanto que ahora un argumento feliz para morir es que es, muy posible que a toda esa queridísima gente la volvamos a ver en el más allá.
¡Que tristeza que hasta hoy me doy cuenta de que éramos ricos en amor, cariño, y felicidad!
¡Chin!

