¿Palabra honrada?

Views: 1784

El avance tecnológico ha logrado que muchas de nuestras comunicaciones sean a través de dispositivos electrónicos, y valiéndonos del lenguaje escrito como principal mecanismo, no es que esté mal, pero eso ha propiciado que dejemos de lado lo que, en eras ancestrales, representaba uno de los símbolos más grandes del compromiso: honrar la palabra.
La palabras que enunciamos de viva voz, emanan de nuestro sentir más genuino porque suelen ser reacciones inmediatas a un sentimiento o idea planteada; en el caso del escrito, siempre existe un espacio mayor para la reflexión y, por tanto, para un acomodo más pertinente, lo que no necesariamente representa la esencia de las cosas.
El honor de una persona está en cumplir la palabra, en respetar los acuerdos establecidos y en conducirse con respeto ante las y los demás. Si no respetamos, si no honramos nuestra palabra desde las esferas dónde nos desenvolvemos, ¿con qué cara vamos a pedirlo ante las y los demás?
Esto alude a todos los espacios de interacción, como padres, como familia, como funcionarios públicos, como compañeros de trabajo, como representantes de la ciudadanía, si queremos tener buenos resultados, debemos honrar nuestra palabra y cumplir los acuerdos acordados, de manera enfática aquellos que enunciamos de viva voz. De no hacerlo, por la razón que sea, nos estaremos condenando al fracaso.
En este punto no hay medias tintas, no existe un medio la cumplo, así de tajante es la situación; si uno hace la promesa de que no hará tal o cual cosa, es porque estamos en la certeza de que ese será nuestro comportamiento.
El valor de la palabra no ha cambiado, los que hemos cambiado somos nosotros; nos hemos vuelto más flexibles y tolerantes, nuestras afirmaciones y creencias, y nosotros ya no damos a esa palabra empeñada, el valor que merece.
Honrar la palabra representa un compromiso moral que asume una persona por cumplir lo que ofreció y que va más allá de una respuesta a un contrato firmado o temor por no hacer lo conducente, simplemente se cumple y punto.
Esto ha derivado en la realidad que vivimos cotidianamente; amigos que por incumplimiento en un pago dejan de hablarse, familiares que por no respetar la voluntad de un difunto acaban matándose, parejas que se comprometen a no decir o hacer tal o cual cosa, pero acaban por hacerlo de nuevo, autoridades que, en aras de obtener votos, dan atole con el dedo a la gente y mienten descaradamente, gobiernos que se han convertido justo en todo aquello que prometieron abatir.
No tendría que sorprendernos que no tengamos el sistema de saludo de Dinamarca, ni que los medicamentos, tan necesarios y urgentes, no sean abastecidos de manera adecuada; tampoco que una refinería no trabaje o que un aeropuerto reciba menos usuarios que una central camionera.
En el día a día, prometemos que pagaremos nuestra tarjeta a tiempo, pero no lo hacemos; empeñamos nuestra palabra para lograr un beneficio, pero una vez que lo tenemos, nos deslindamos de lo que se ofreció.
Tan simple que es pensar antes de hablar; voy a cumplir, lo digo, si tengo dudas, el silencio resulta más honesto.

horroreseducativos@hotmail.com