¿Está la filosofía acomplejada?

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Hace ya algunas semanas ensayamos una suerte de revisión histórica de lo que había sido la evolución y metamorfosis de la filosofía occidental desde la primera mitad del siglo XIX en adelante, aproximadamente, en una columna titulada Los rostros de la filosofía. Naturalmente, lo que se dijo sobre tan basto tema fueron cosas llenas de generalidad, que aspiraban no a solucionar los problemas que pudiese haber en dicho lapso, sino a ensayar una comprensión de este intentando enriquecerla, desde mi propio sesgo, y desde el de los que su espíritu ilustrado y científico ha dejado atrás. Sin embargo, ahora me gustaría ser mucho más específico sobre un cariz del problema interesante, que la última vez fue tratado nada más que como una premisa: el complejo científico de los filósofos en nuestros días.

Pienso que nada de malo tiene, como tal, la filosofía de la ciencia, la lógica, la epistemología o la reflexión sobre los fundamentos de la investigación. Al contrario: sus influencias y relevancia pragmática en nuestra sociedad es innegable y más que necesaria: rompiendo una lanza a favor de los grandes autores de este campo, digamos que grandes avances científicos como la teoría de la relatividad o las especulaciones cuánticas no hubiesen podido postularse sin tener un espíritu de filosofía de la ciencia detrás. Que la ciencia del Derecho no hubiese alcanzado grandes cotas de hermenéutica y litigación sin la lógica ni la influencia de las filosofías del siglo XX. Y que la investigación médica cada día es menos inescrupulosa y arcaica por la influencia de las cada vez más depuradas conclusiones de la bioética.

Todo lo anterior es un panorama más que satisfactorio, indudablemente. Pero, algo tiene que estar haciendo mal la comunidad filosófica si es que aún no se recupera anímicamente de cuando Hawking dijo la filosofía ha muerto, porque, supuestamente, ya no ayuda a la creación y depuración de teorías científicas. Y peor aún: algo también tiene que estar pasando cuando, a mayor depuración de la lógica y la epistemología, más se deja de lado la importancia de la subjetividad y más se la trata de entender como una voz desordenada sin trascendencia alguna. Como si el análisis de lo que la subjetividad nos quiere decir a cada instante fuera la voz de un esquizofrénico: algo que quiere hacerse pasar por verdadero, pero que mejor se lo comprende cuanto menos se lo toma en serio. 

No puede ser posible que, aún hoy, con el fracaso evidente de los programas logicistas o cientificistas se siga pensando al interior de la misma comunidad que la filosofía está estancada respecto a la ciencia y que, cuanto más especula más se atrasa a sí misma. Esto es lo que me parece principalmente intolerable: que lo que queda del espíritu clásico de los filósofos hoy en día se mide a cuentagotas. Como si se hablase de algo, superado por una forma inalcanzable de hacer filosofía, que se preocupa por ser sierva de la ciencia, aunque niegue esto diciendo que todos los errores filosóficos se hubieran solucionado o se solucionarían adoptando un modo de pensar más científico.

Algo extraño está pasando al interior de las facultades de filosofía cuando hoy a los estudiantes y profesores les interesa más entender la física cuántica que refinar su pensamiento y su escritura. Cuando, alumnos y profesores están acechando los últimos artículos científicos para cazar las incongruencias metodológicas de científicos que no tienen por qué reparar en los delirios de superioridad de alguien que perdió todo el sentido de lo que es filosofía. Cuando, se siga olvidando, como dijo de manera genial Lakatos, que La dirección de la ciencia está determinada fundamentalmente por la imaginación humana creadora y no por el universo de hechos que nos rodea. La imaginación creadora probablemente hallará nueva evidencia corroborada hasta para el más absurdo programa si la búsqueda tiene el ímpetu suficiente… los científicos sueñan fantasías y después emprenden una aza muy selectiva de hechos nuevos que se ajustan a aquellas fantasías.