+A propósito del 105 aniversario del escritor Juan Rulfo; de Arturo Vélez Martínez a Raúl Gómez González

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La frase:

Se me secó el recuerdo y se me fue el suspiro por entre los dedos de las manos.

A la manera de Juan Rulfo

 

PROFESIÓN DE FE: En la ceremonia de profesión de fe del nuevo arzobispo, Monseñor Raúl Gómez González estuvieron las fuerzas eclesiales, las fuerzas vivas y los vivos de ambas fuerzas.

Lleno de prelados, comenzando por el Cardenal Carlos Aguiar RetesArzobispo Primado de México, cuya cercanía con el gobierno estatal, en diversos regímenes, ha sido notoria. Roberto Luchiniencargado de negocios de la Nunciatura Apostólica y el también Arzobispo Francisco Javier Chavolla Ramos, me recordó la ceremonia en que fue preconizado el presbítero Arturo Vélez Martínez como primer Obispo de Toluca el 17 de febrero de 1951, siendo nombrado por el Papa Pío XII, en donde tuvo mucho que ver el entonces incipiente Grupo Atlacomulco.

Y tuvo mucho que ver, porque por méritos y cargo, le tocada al Vicario Adolfo Garduño Olascoaga, pero las fuerzas terrenales o del César confluyeron en darle una ayudadita al Papa y así surgió la candidatura de un atlacomulquenseArturo Vélez Martínez.

Hoy, las fuerzas vivas políticas, convivieron con las fuerzas vivas eclesiásticas y todos juntos como dijo Armando Ramírez…. comieron chicharrón, como quien dice, cada quien por su lado, pero todos juntos. Amén.

 

Alejandra

EN EL CUMPLEAÑOS 105 DE JUAN RULFO

 

Perdurabilidad: Solo, sin que nadie le explique, sin que nadie le cuente se va desarrollando la vida de un escritor fundamental para este país. Siempre vivió rodeado de muertos, por lo mismo le perdió el miedo a éstos y a ésta, cuando a los siete años de edad quedó huérfano de padre porque fue asesinado. Nadie explica, nadie cuenta, nada más alguien le dice algo sin que preste atención: mira niño como se ve desde aquí el llanoparece que se está quemandola gente que quiere a tu padre, lo trae, todos prendieron sus antorchas parece que el llano está en llamas. Lo oye, sólo que no presta atención ante estas palabras. Estamos en el año de 1923, cuando mira de cerca el cadáver de su padre, no acierta a decir nada, ni suelta el llanto. Se queda mudo.

Pasan cuatro años, cuando cumple 11, fallece su señora madre. Huérfano. Queda en manos de una parienta cercana, que lo obliga a realizar trabajos para que se gane el pan y no coma de a gratis. Está dedicado a matar ranas para que a la madrina no la despierten con su croar en las noches, a oscuras, sólo con el reflejo de la pálida luna, la media luna, otra palabra clave. Que el tiempo nos contará de qué se trataban estas expresiones.

En un cuento del libro El Llano en llamas, parece que ahora sí se explica esta nueva realidad al escribirla en su máquina Remington rand que le costó mil pesos, adquirida el 10 de noviembre de 1953, cuando recibe la factura y la máquina en sí, comprada en un negocio con el mismo nombre, ubicado en Insurgentes 30.

Al inicio de este texto, empleamos la palabra perdurabilidad que ahora cobra otra dimensión y explica por sí misma a que se refiere con los datos que fuimos aportando. Es la palabra exacta que define, con precisión, la obra que realizó –no con estos fines ni preocupaciones– Juan Rulfo y que con el paso del tiempo ha consolidado su fama como escritor y, en ese instante, casi todo el mundo conoce ya su nombre completo. Un nombre kilométrico que encierra los nombres y apellidos de sus dos abuelos, para que se perpetuaran y no se olvidaran ya que quedó huérfano a temprana edad, siete años, vuelvo a repetir.

Casi nadie, en los sesentas, lo conocía así, hasta cerca de los ochenta, sobre todo cuando dejó este mundo e hicimos mención: Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno. Nombre extenso para una obra corta, –nació el 16 de mayo de 1917, en Jalisco, en un lugar que no quiso precisar– pero no por eso menos significativo. Cumpliría ese día 105 años si viviera y estuviera con nosotros, sobre todo en las calles de Universidad y Parroquia.

Hace 69 años apareció el primero de noviembre, un conjunto de 17 cuentos con el título genérico de El llano en llamas, del que no pasó nada, no hubo escándalo en cuanto al descubrimiento de un autor que se abría paso en el mundo de la cultura, Pocos lo conocían, quizá no lo trataron por su aspecto osco y tener el rostro –sin el asomo ni sugerencia de una sonrisa– a él le fascinaba hablar con los dientes apretados para alejar a los posibles admiradores, que no lo eran, debido a que aún no lo descubrían.

En ese lapso de dos años de 1953 a 1955 fue cincelando, en el sentido de pulir poco a poco, casi como un orfebre, una novela de pocas páginas cerca de cien– y que, dentro de esa misma brevedad, encerraba a un autor de trascendencia, que no lograría la fama de inmediato.

Era un original revuelto, enmarañado, pero no por eso carente de calidad, sólo Rulfo sabía, no sé con certeza, la calidad de lo que estaba puliendo, sobre todo cuando asistió, como becario, al Centro Mexicano de Escritores, en donde en cada sesión de los que ahí concurrían, escuchaban el avance, para darle, después, forma a sus escritos tenían que leerlos en voz alta, para que con base al sonido, se dieran cuenta de las palabras que no eran justas, precisas, ni sonoras, mucho menos las que encerraban una atmósfera que le daría a las ruinas de lo que fue una hacienda, de grandes proporciones, en alguna parte de Jalisco, de Colima o algo imaginario, que sólo la mente de este autor, era capaz de concebir y percibir.

Rulfo nunca quiso explicar donde se situaba Comala aunque exista un pueblo con ese nombre en Colima. En realidad es algo imaginario que conjuga o agrupa en un territorio quizá un derivado de comal, por el exceso de calor, donde todo se hace terroso y donde ésta, cada día, se hace más fina aunque a veces no hay tanto aire que distribuya la tierra o arrastre las partes más pulverizadas de lo que se llamaría polvo, casi una especie de pinole.

Se conoce en los primeros textos que fue la historia de la hacienda La media luna, incluso éste iba a ser su primer título, por lo menos fue lo que presentó ante el Centro Mexicano de Escritores en donde fue becario entre los meses de septiembre de 1953 y agosto de 1954, ahí compartió críticas severas con sus compañeros Jerry Olson, el dramaturgo Héctor Mendoza, el famoso autor de Las cosas simples; la poeta y novelista, Rosario Castellanos, que con el paso del tiempo adquiriría la naturaleza de ser de Chiapas aunque ella nació en el Distrito Federal, ahora Ciudad de MéxicoClementina Díaz, de la que desconozco su trayectoria como autora al igual que la de Jerry Olson; del mejor crítico de literatura que ha dado nuestro país, proveniente también del estado de Jalisco, Emmanuel Carballo. Fueron los que estuvieron en ese centro que fundó y sostuvo Margaret Shedd desde que lo creó en 1951 para cerrar definitivamente en el 2005, duró 54 años en donde se dio o propició el origen de los grandes autores que ha dado este país.

En las sesiones de los miércoles, Rulfo no fue capaz de protestar o de sugerir otro título para su novela en proceso de creación. Para nada les gustó el que él propuso Los murmullos, tampoco quiso explicar el porqué de esta designación y sólo uno de los miembros que supervisaba  los textos sostuvo: no hay que darle más vueltas, se menciona y aparece a cada rato el nombre de Pedro Páramoque así se llame.

Efectivamente así se quedó para publicarse a fines de marzo de 1955. Lo demás usted lo conoce a la perfección.

EL ENCUENTRO CON JUAN RULFO

Juanito

El encuentro fue en avenida Universidad y Parroquia, sede del Fondo de Cultura Económica, cerca de la primera casa y editorial que tuvo Emmanuel Carballo, a quien visité primero.

Al llegar, lo primero que hice fue saludar a José Miguel Oviedo, crítico y escritor peruano, quien también fue invitado.

Ahí, tratando de pasar desapercibido estaba Juan Rulfo, para muchos el mejor escritor mexicano. Huidizo, tratando de no cruzar palabra con nadie, respondió a mi saludo vespertino casi con balbuceos, porque gustaba de hablar con los dientes apretados. Con el hermetismo de Tuxcacuexco, quizá el escenario real de Pedro PáramoMirada triste, semblante adusto, pero no enojado, más bien espantado.

Ataviado con traje sencillo le hablé de sus inicios en el entonces Distrito Federal, en donde para sostenerse trabajo en la Secretaría de Gobernación con un sueldo de 84 pesos. Vivía en Molino del Rey con su tío el coronel David Pérez Rulfo, miembro del Estado Mayor del general Manuel Ávila Camacho.

¿Y qué hacía en Gobernación?

Manejaba el archivo de los extranjerosindocumentados o no, ocultaba algunos expedientes, inventé una forma de clasificación de la cual solamente yo sabía.

Le cuestioné sobre su libro favorito y me dijo que favorito no, pero se le quedó muy presente el libro de Francisco Bulnes El verdadero Juárez y la verdad sobre la intervención y el imperio. Bulnes era antijuarista, pero a Rulfo le permitió conocer algo de la historia de México. Aunque sus inicios como lector fueron con KorolenkoHansumIbsen y Selma Lagerloff. Antes de escribir Pedro Páramo leyó Al filo del agua de Agustín Yáñez.

Por esos días había entrevistado a Juan José Arreola y le pregunté por él.

Somos amigos de la infancia, conocí a sus hermanas, quienes hacían los mejores dulces de Jalisco. Me reveló que a los Arreola les dicen los chiripos porque pareciera que todo lo hacen de chiripa. Uno de los hermanos, Librado era inventor, capaz de abrir las más complicadas cajas fuertes o de armar viejos autos inservibles. Fue autor de una frase que es célebre. Cuando tocaban a su casa se asomaba y decía: acaso no ven que está cerradoY si está cerrado, es que no estoy y si no estoy no les puedo abrir.

Rulfo ya no quiso hablar más, salió como auténtico bólido con su gabardina en el brazo. Sus palabras, por cortas que sean, para mí son invaluables.

¡Salud y feliz cumpleaños a distancia, maestro Juan Rulfo, por allá nos encontraremos nuevamente!