A través de la carretera

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In memoriam: Mauricia Moreno y Eugenio Núñez Ang

 

Durante muchos años pensé en una obra demasiado pretenciosa para llevarla a cabo. No recuerdo exactamente el concepto que manejaría en ella, pero sí el título: Tres ciudades. Un tanto homenaje a Win Wenders, un tanto una necesidad de caminar por las carreteras y hacer algo al estilo de Jack Kerouac, que por fortuna nunca se cristalizó.

 

Ahora que vuelvo a la calma después de tres recorridos un tanto disímbolos, recostado mientras mi cuerpo cansado trataba de recuperar la fuerza de los días, me viene a la cabeza ese proyecto como un recuerdo muy lejano. No sé a la distancia a qué ciudades me refería en él, cuáles serían los motivos para escribir algo así, por qué pensé en Kerouac y Wenders, y el porqué de hacer algo que realmente no me llevaba a ningún lado.

 

Este tipo de indecisiones me han llevado a dejar en el camino varios proyectos literarios que, por fortuna, no tenían un buen inicio.

 

A eso voy. Cada vez que me enfrento a esa disyuntiva del conocer nuevas plumas, me viene la soberbia de los años mozos cuando nos comíamos el mundo a puñados, sin detenernos a pensar que todo lo que hacíamos tendría una consecuencia distinta años después.

 

Veo esos jóvenes soberbios tomando al mundo la misma manera en que lo hacíamos. Una fuerza en la mirada (a veces confundida con flojera por intentar otras cosas), mirando a los viejos con lástima (así lo hacíamos también) y sabiendo o desconociendo, que años después nosotros seríamos los objetos de la burla juvenil.

 

No me disgusta la actitud. Es algo natural. Lo que me disgusta es la completa ignorancia en que se mueven un gran número de escritores jóvenes que adulan la mediocridad inventando recetas que ya muchos hemos utilizado, o haciendo a un lado los consejos no tan sabios a veces, de quienes supimos que los viejos no eran la neta del planeta ni tampoco los sabios que pretenden ser.

 

Hace algunos años, un joven asistente a mi taller declaró convencido que no leía autores muertos porque ellos ya no aportaban nada. Cierto, ya no escriben más. Pero definitivamente siguen siendo los maestros de todos, aunque nunca los hayamos leído de manera directa (o en su idioma). Ante tal declaración sólo esbocé una pequeña sonrisa cínica. El problema era que tampoco leía a los escritores vivos porque para él, la verdadera literatura no proviene de los libros, sino de lo que él escribía, y nada más.