Acaso la muerte abre tus ojos
No veo un problema menor el acariciar la sombra de la muerte y decir, reflexionar, amenazar a veces, con el puño en vilo, la cercanía que nos molesta. Los ojos suelen interrogar, ser el faro de donde un rayo parte en la búsqueda de todos. Como mortales, la muerte debe ser nuestra amiga.
Mi abuela sabia solía describir el campo con palabras pequeñas: roto, seco, viejo, agosto. Siempre que la oía, mi pregunta inevitable era el porqué del agosto. Ella miraba al horizonte y con sus medias palabras respondía que agosto era el mes donde la muerte llegaba con sus prisas. Todo terminaba esos días. Todo, incluso los viejos del pueblo solían partir en agosto para no esperar las fiestas de diciembre. Mi abuela sabia no se supo morir un agosto. Mi madre casi lo consigue.
El campo entonces era un páramo de restos de milpa. Los surcos se llenaban con gusanos tardíos y los pájaros se embutían los buches con ellos. Siempre pensamos, mis primos y yo, que no era buena idea llegar al campo y subirse en los árboles para divisar a las aves. Nunca veíamos completo el panorama.
Sólo en esos días llegábamos, mi madre y yo, al rancho. No sé porqué. Alguna razón debían tener las razones de mi madre para tomar el autobús desde la ciudad y partir, siete horas de viaje, a reunirse con sus recuerdos. Era necesario dormir un rato junto a la ventanilla y después otear el horizonte cercano en busca de un silencio acompañante.
Cuando a mi padre se le ocurrió morir, ya era yo un hombre que miraba la tarde con melancolía. Recordé las palabras de la abuela sabia en torno a la búsqueda de la muerte y le pedí que le abriera los ojos para llegar con bien a su destino. Al menos, uno de los dos lo haría.

