Acto de amor: la renuncia

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Entre el pasado y un futuro inexistentes, negocio con lo incierto. Por momentos platico con la soledad sobre los hechos que señalaron un hoy. Viajo entre pensamientos encontrados, entre emociones que van y vienen.

Frente a esta vida sin ritmo he bailado rudamente el alma hasta agotarla. Me he cansado de buscar el encanto que, alguna vez, estuvo en mí; olvidé sonreír desde hace mucho, busco el aliento y no lo recupero. A ratos he abandonado el alma en una cama indiferente. La soledad y el miedo poblaron el corazón dejando que la hechicera melancolía se convierta en una horrenda depresión.

Me alejé de la familia: palabra distanciada de convivencias. ¿Y los amigos? Ellos han cortado el invisible hilo entrañable y cordial que nos unía.

  

Alguna vez conocí el amor digno de extrañarse. Hoy busco ese sentimiento que mueve la vida de uno mismo, aprendí a tocar en la persona que soy y ya no quiere ser. No es fácil enamorarse nuevamente; ya no pregunto fuera de mí.

Hace días herví café con canela, dejé que su olor invadiera toda la casa, cada lugar recorrido por la esencia de mi yo. Dejé que saliera la soledad y el miedo, arrojé por la puerta el qué dirán.

Sentí recuperar actos de amor. Sentí la desesperación de sanar este templo que me encapsula.

Ya no quiero llorar silenciada por estas paredes, ya no deseo lamentarme. Ya no quiero derrumbarme ante la inútil cama donde la almohada recuesta la cabeza en un sin sentido; mi ser quedó cansado de mí misma.

Como un acto de amor, esta casa, como una extensión de mi persona, será testigo, de la renuncia a esta apenada soledad que me ha preparado para otro suspiro de vida.

Me levanto, me enamoro, agradezco lo que la vida ha hecho de mí. Me comprometo a la promesa que todo ser humano deberíamos tener como tarea existencial: suspirar la vida a cada instante como el más divino acto de amor por nosotros mismos.