Nueva mentalidad
La vida nos dará muchas satisfacciones, pero habrá momentos en los que necesariamente tendremos que topar con pared; en esos momentos, hay personas que se rinden con una velocidad que avergüenza. Apenas aparece la primera incomodidad, el primer obstáculo, la primera señal de que la vida no es un buffet libre de oportunidades, y ahí están: derrotadas, abatidas, proclamando que no son valoradas. Como si el mundo tuviera la obligación moral de aplaudirles cada intento tibio, cada proyecto inconcluso, cada sueño que jamás se convirtió en acción.
Es fascinante, y un poco tragicómico, cómo algunos creen que el reconocimiento es un derecho automático y no una consecuencia del esfuerzo.
Porque claro, es más fácil decir que no me toman en cuenta que preguntarse si realmente han hecho algo, para merecerlo. ¿Han trabajado con disciplina? ¿Han corregido sus errores? ¿Han sido congruentes entre lo que dicen, presumen y realmente hacen?
¿O suponen que por ósmosis, por arte de magia o por designio divino las condiciones se acomodarán solitas para que sus metas se cumplan? La vida no funciona así, sin el esfuerzo pertinente, sin el compromiso a flo de piel, sin la mentalidad correcta, jamás llegaremos a buen puerto.
La incongruencia suele ser un magnífico recurso para quienes se victimizan; hablan de compromiso, pero huyen del esfuerzo. Presumen ética, pero justifican cada falla con un repertorio de excusas dignas de un manual de insensatez. Se quejan de que nadie los apoya, pero rara vez ayudan sin esperar retribución inmediata. Y cuando el mundo no gira a su favor, se declaran mártires: todo está en mi contra. No, no lo está; lo que está en su contra es su propia falta de acción.
Transformar la mentalidad implica abandonar ese berrinche permanente que algunos llaman sensibilidad. Ser proactivo no es un don, es una decisión y significa asumir errores sin melodrama, corregirlos sin resentimiento y avanzar sin esperar que alguien más cargue con el peso de nuestras responsabilidades. Significa también dejar de confundir reconocimiento con validación emocional. El mérito, y ya lo habíamos referido, no necesita aplausos; necesita coherencia.
Ayudar sin esperar recompensa es un acto de madurez; hacer sin presumir es un acto de integridad. Persistir sin llorar es un acto de carácter y nadie dice que será fácil, pues cuesta mucho más que rendirse y culpar al entorno.
En estos temas, no hay fórmulas mágicas ni hechizos transformadores, hay actitud y reconfiguración de formas de trabajo.
Al final, todo se resume en una verdad incómoda: quien se rinde rápido suele exigir más de lo que ofrece y reclamar más de lo que construye. La vida no premia berrinches ni reconoce méritos imaginarios; premia la acción, la congruencia y la capacidad de corregir sin victimizarse.
Como escribió Benjamin Franklin, bien hecho es mejor que bien dicho, y nada desnuda más a los eternos quejosos que esa simple frase. Porque mientras algunos siguen esperando que el mundo los aplauda por intentos tibios, los demás avanzan, actúan y se ganan su lugar sin necesidad de dramatizar. Que cada quien elija de qué lado quiere estar: del lado de los que hacen, o del lado de los que sufren porque otros hicieron primero.
¿Cuándo buscaremos una nueva mentalidad?

