+Alejandro del Moral suena, pero viéndolo bien ella truncó las aspiraciones de muchos, ahora desertores; No es lo mismo la salida de Miguel Ramírez Ponce que de Carolina Monroy del Mazo
La frase:
¿Y quienes votaron por los ahora ex priistas, qué dicen?
ES PREGUNTA
El tablero político del Estado de México se sacude ante la posibilidad de que Alejandra del Moral, ex candidata a la gubernatura y quien figura emblemática del priismo mexiquense por obra y gracia de Luis Videgaray Caso, busque nuevamente el poder estatal bajo las siglas de una fuerza política distinta.
Este movimiento, que para muchos representaría una traición a su origen, para otros es la confirmación de una ruptura irreversible con la actual dirigencia de su partido.
Tras los resultados de la pasada elección, el capital político de Del Moral quedó en el aire. Sin embargo, su capacidad de movilización y su conocimiento de la estructura estatal la mantienen como un activo codiciado.
El rumor de su acercamiento a otros partidos, ya sea en la coalición oficialista o en una vía alternativa, plantea interrogantes profundas sobre la lealtad partidista frente a la ambición de servicio y permanencia.
Si Alejandra del Moral decide buscar la candidatura con otro partido, se enfrentará al reto de convencer a un electorado que la identifica plenamente con el viejo régimen.

Su éxito dependerá de si logra presentarse como una opción de experiencia técnica por encima de las ideologías, o si este cambio de colores termina siendo percibido simplemente como un acto de pragmatismo desesperado –el chiste es no alejarse de la ubre oficial–.
La moneda está en el aire y el futuro del Edomex, en cierta forma podría reconfigurarse a partir de esta decisión.
La política mexiquense atraviesa un periodo de reconfiguración donde la lealtad ha pasado a ser una moneda de cambio devaluada, un fenómeno que muchos analistas ya catalogan como el Efecto Alejandra del Moral o ¿Defecto acaso?
Tras la salida de quien fuera la carta fuerte del PRI a la gubernatura, se ha desatado una inercia de deserciones que buscan, por encima de cualquier ideología, la supervivencia en el presupuesto público.
En este escenario se inscribe la reciente renuncia de Miguel Ramírez Ponce, presidente Municipal de Lerma, quien decide abandonar las filas del tricolor justo cuando su administración agoniza y el futuro se vuelve incierto.
La salida de Ramírez Ponce, sin embargo, carece del dramatismo de las grandes rupturas épicas. Al interior del PRI, el sentimiento no es de pérdida, sino de una depuración natural, pues se considera que su figura política ha perdido el peso y la relevancia de antaño, si es que en verdad llegó a tenerlo, o el PRI se lo dio.
Su gestión en Lerma, lejos de ser un escaparate de éxitos, termina empañada por la falta de avances sustanciales y por persistentes señalamientos de presunta corrupción tanto en la estructura del Ayuntamiento como en la Policía Municipal.
A esto se suma una crisis de inseguridad que sigue siendo la principal herida abierta para la ciudadanía de Lerma, restándole bonos a un alcalde que hoy busca un nuevo puerto donde atracar.

Todo apunta a que el destino de Ramírez Ponce será el mismo que el de otros tantos náufragos del priismo: Morena o el Partido Verde. Este último se ha consolidado como la gran aduana de reciclaje político, recibiendo con los brazos abiertos a perfiles cuestionados que, a cambio de una estructura territorial, por debilitada que esté, reciben el perdón público y una nueva oportunidad de vigencia. Es el pragmatismo puro aplicado a la conveniencia mutua. Aunque ninguno de los nuevos verdeecologistas ha triunfado en una elección con el nuevo color.
Al final, la renuncia de Miguel Ramírez Ponce es el retrato de una era donde las convicciones son elásticas. Deja atrás el partido donde construyó su carrera no por una diferencia de principios, sino por el miedo a la intemperie política.
Mientras los partidos del bloque oficialista deciden si le abren la puerta a un perfil con señalamientos pendientes, el electorado observa con cinismo cómo los mismos rostros cambian de color con tal de no perder el poder, confirmando que en el Estado de México, el chapulineo es hoy la estrategia de quienes ya no tienen nada nuevo que ofrecer.
La política mexiquense experimenta un sismo de baja intensidad, pero de consecuencias profundas, donde el antaño invencible Partido Revolucionario Institucional (PRI) parece haberse convertido en una sala de espera para el éxodo.
El fenómeno, del destape de Alejandra del Moral, con aspiraciones políticas ha cobrado una nueva y relevante protagonista: Carolina Monroy del Mazo.
La ex dirigente nacional del PRI, ex alcaldesa de Metepec y figura emblemática del priismo tradicional, ha confirmado su renuncia al tricolor. Su salida no es un movimiento hacia el oficialismo, sino una apuesta por la construcción de una nueva alternativa a través de la organización civil Somos México, agrupación liderada por figuras como Guadalupe Acosta Naranjo, quien busca obtener su registro como partido político nacional para competir en el proceso electoral de 2027.
La decisión de Monroy del Mazo, quien ha sido clara al señalar que ya no encuentra espacio en la configuración actual del PRI, se suma a una tendencia de descomposición que el partido no ha logrado frenar. Por qué en nuestra entidad todo el poder lo concentra Cristina Ruiz y ella misma ha dicho a los aspirantes, que sólo ella designará candidatos, es por así decirlo la versión femenina de Alejandro Moreno Cárdenas.
Este abandono de las filas priistas no es un hecho aislado ni puramente simbólico; representa una hemorragia de poder real en el territorio.
En fechas recientes, al menos seis presidentes municipales en funciones del Estado de México han decidido dejar atrás sus siglas de origen para integrarse principalmente a las filas de Morena y del Partido Verde Ecologista de México.
Estas fuerzas políticas han sabido capitalizar el descontento, absorbiendo no sólo nombres individuales, sino estructuras territoriales completas y maquinaria operativa esencial para las próximas batallas electorales. La gran pregunta es ¿les funcionarán?
Lo que estamos presenciando es el costo de las aspiraciones truncadas y las visiones fragmentadas que dejó el paso de Alejandra del Moral por la candidatura a la gubernatura.
El chapulineo actual es la respuesta de una clase política que, ante la falta de una ruta clara de retorno al poder desde el PRI, prefiere migrar hacia donde la infraestructura política aún sea funcional.
El tricolor no solo pierde militantes de peso como Carolina Monroy; está perdiendo la geografía política del estado. Mientras sus adversarios se fortalecen con cuadros probados en la operación de campo, el PRI se queda con una estructura que, más que convicciones, parece conservar únicamente inercias.
La salida de Monroy hacia una nueva opción civil y la fuga de alcaldes hacia el bloque oficialista confirman que el ecosistema político mexiquense ha cambiado de piel, dejando al viejo régimen ante el desafío de su propia extinción.


