Amando ayer, amando hoy

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La jerarquía de la prosa periodística peruana de los últimos años ha recaído en gran parte sobre César Hildebrandt: un indispensable para comprender al Perú y para disfrutar del periodismo que tiene por sistema producir urticaria a través de la inmolación escrita. Y no sólo eso: ha recaído también sobre él la insignia de ser un ávido y uno de los mejores postores del pesimismo clásico: es decir, la disertación que se complace y fundamenta en el decadentismo de la realidad, y cuya pauta intelectual es recorrer el presente viéndolo desde su penumbra más honda, pero bellamente dadora de sentido.

Es así pues, que a Hildebrandt le llegó la oportunidad de referirse libérrimamente al estado actual del amor en los jóvenes. Así que, echando mano de la llamada estética del pesimismo, sacó a relucir su escuela diciendo, que para entender cómo se encuentra el ámbito amoroso en nuestros días sólo hay que ir a cualquier restaurante y atisbar la pareja de enamorados más cercana, y advertir que, estando allí sin presión ni tensión alguna por ser descubiertos, siempre mediará entre ellos el teléfono celular en el centro de la mesa. Que este los imbuye succionando todo el sano erotismo que debiera de ser indisociable de la plática de café. Que la duración del encuentro tiene una sincronía suiza con el tiempo que pueda el teléfono mostrar contenido que se juzga divertido. Y, que, por lo mismo la situación da a entender, que, lamentablemente, lo único inteligente de aquella escena, es el teléfono.

Algo se ha hecho claro: el fenómeno idílico no nada más tiene sino que parece seguir un método y es una realidad, aun cuando lo inaudito de ella nos hace preguntarnos: ¿es posible trabar relaciones de forma sana siguiendo un método?, ¿la misma esencia de las relaciones, no rechaza, de por sí, el predicado tener un método?, ¿no es, acaso, el método, potentísimo para unas cosas, y un pobrísimo hermeneuta para otras?

Eso sí, recorrer lo oscuro del hoy en su más íntimo fundamento exige connotarlo con el ayer, pues una cosa es argumentar sobre lo decadente de la hora corriente y otra cosa es quejarse hilvanando simples analogías. Así que partamos de que lo inaudito del amor actual se fundamenta en lo difícil que es de entender para quien vivió y amó décadas atrás. Y es que, cómo hacérselo entender a quien necesitaba apilar una infinidad de permisos y condiciones para, acaso, ser correspondido; a quien tenía que escribir aseadamente cartas y cartas mientras era punzado por el nerviosismo del silencio. Cómo explicar que ahora mismo las relaciones de los jóvenes empiezan, se desarrollan y terminan en lo que tarden en agotarse los estímulos que les brindan lo electrónico y sus más simples pulsiones. Cómo decir, por tremebundo que suene, que hoy amar es un sinónimo nada más que de divertirse. Y, que, por lo mismo, aquella torre dadora de sentido que se recorría antes entre pasiones y congojas sin poder verle nunca el alto que fue hace no demasiado el fenómeno amoroso, hoy no es más que un conglomerado de recuerdos apolillados en las mentes de unos mayores que, supuestamente no quieren ni pretenden entender cómo se aman los jóvenes. Normal. ¡No se puede entender fácilmente algo tan inaudito!

Parece que el amor de nuestros días es algo ya terminado. Algo que ha dejado de ser una aventura fascinante por ser sanamente quijotesca. Algo, que dejó de ser un recorrido montañoso con unas rampas del desnivel necesario para afinar y ennoblecer el espíritu de quienes ascendían por ellas. Una prueba no reservada para nadie porque el pretender iniciarla ya llenaba de dignidad todo aquél que la pretendía.

Sin embargo al haber disertado nada más que unas líneas sobre el asunto, los frutos del sentido empiezan a asomarse por las raíces de lo oscuro. Con esto se ha podido ver que si ahora es estéril el amar, es también porque ya ninguna prohibición tripula su destino por anticipado, y porque no fueron pocas las pérdidas en la cerrazón del ayer que hoy se desvanecen; aunque no estén ni cerca de brotar firmemente, al ser un hecho el que la libertad a no pocos se les queda grande. La empresa de ver cómo se amó en el ayer para amar mejor en el hoy, se erige, pues, firme y necesaria por anticuada o anacrónica que pueda parecer, pues ¿qué son ahora las prohibiciones del ayer además de alharacas trasnochadas por el triunfo del liberalismo?

Ya no es el nuestro un tiempo de ardientes precursores y mucho menos un acérrimo perseguidor de libertades con afán y esperanza. Pero sí es uno en el que perfectamente se puede dejar alto el listón de lo fecundo para entregar al examen de la historia todo cuanto exija, por lo sobredimensionado del conjunto de todo lo logrado. Esto ha de procurar el amante de nuestro tiempo. Honrar al que no pudo amar ayer para que él pueda hacerlo hoy. Procurar, que redunde sobre sí mismo el valor de todo lo conseguido padeciendo en el ayer. Cuidar a sus ambiciones inmunizándolas de comodidad y de infecundidad. Entender, que los ecos del eminente proverbio es más divertido el camino, que la posada son inmortales.