Amor: hambre, cuerpo y pérdida

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Amar ha sido siempre un gesto ambivalente: una fuerza creadora y, a la vez, destructiva. Desde las primeras imágenes mitológicas hasta los susurros más íntimos de la vida cotidiana, el amor se presenta como una necesidad vital que; sin embargo, consume. Tal vez porque, al amar, nos volvemos también un poco salvajes: queremos tocar lo intangible, poseer lo que se nos escapa, devorar la belleza para que no desaparezca. 

Este texto explora precisamente esa frontera difusa entre la ternura y el desgarramiento, entre el cuidado y el deseo de apropiación. No hay respuesta moral ni receta sentimental: hay, en cambio, una pregunta persistente sobre cómo amamos, a quién, desde dónde, y cuánto de nosotros dejamos en el intento. Lo caníbal del amor no es su violencia explícita, sino su capacidad de consumirnos en silencio. Aquí hablo de esa forma de amar que no siempre entendemos, pero que sentimos con toda la carne.

Las relaciones son una paráfrasis del amor: intentan mucho y con pesar muchas veces terminan. Pero en esencia son materia del amor. 

Yo huí de este acto desde la primera vez que alguien vio en mí algo para una relación. Instalé frente a mí una pared para protegerme.

Pero tal vez ese miedo era más hondo, proveniente de algo que, paradójicamente, nunca había experimentado en carne propia, pero había visto, y sentí que con eso bastaba.

Durante mucho tiempo, el amor en una relación, para mí, fue: furia, desorden, tristeza, discusión, violencia, engaño, desgarramiento y, por último, abandono. 

Me refugié en libros, en poemas, en cómo escritores relataban con tanta belleza el amor, esa fuerza dulce que nunca nos ha abandonado. Me descubrí pensando en cuán distante podía sentirse el amor en todos sus matices.

Y, a través de esa lente, exploré externamente los amores que nunca llegué a vivir.

La profundidad de la que había leído se hizo presente, y me entregué al amor como quien se lanza a un río, sin saber si será un pantano o un oasis tibio.

El amor es mucho más que palabras, que, aun con tantas bellas citas, no podía terminar de ser expresado con el lenguaje.

Entonces entendí: este no fue un salto ingenuo. Llegué a esa relación con ideas rígidas, miedos activos, prejuicios que no se habían deshecho. Pero también con una disposición nueva. Un deseo de descubrir, de probar si lo que había leído podía hacerse carne, si esa ternura posible existía más allá de la página.

Y la ternura llegó, sí, pero no como en los libros. Llegó en formas menos concretas, más imperfectas en conversaciones nocturnas, en gestos tímidos, en miradas que no juzgaban. Llegó también en mis inseguridades expuestas, en mis silencios incómodos, en mis ganas de huir cuando todo se volvía demasiado real. Porque una cosa es pensar el amor, y otra muy distinta es vivirlo.

Me lamentaba muchas veces, buscando alcanzar un amor más verdadero, cuando ese ya estaba al lado mío. 

Descubrí o encontré, algo ya en mí, un amor sin guiones predeterminados, y más feroz y apasionado. Y a su vez, una necesidad de ser mirada, necesitada, tenida. 

El amor caníbal

¿Siempre devoramos a quien amamos?

La espera de que el otro fuera bálsamo para mi historia, no era dependencia, pero sí una forma sutil de querer ser centro, querer ser tanta cosa para el otro, que el amor se volvía también una espera, una forma de hambre.

Y me preguntaba, ¿No es eso también una forma de devorar? De querer que el otro nos habite completamente, que nos piense incluso cuando duerme, como si quisiéramos conservar al ser amado dentro de nosotras. Quería que me tuvieran en la lengua, en el pecho, en las venas. Y ahora lo sé, también devoraba (y devoro). Porque a veces, amar no es más que eso, un intento desesperado por fundirse, por comerse al otro antes de que se vaya.

El amor suele vestirse de ofrenda, pero ¿qué tanto de ese dar no es también deseo de tener? Amar se vuelve, muchas veces, una necesidad urgente de apropiación: quiero que seas mío, que me habites, que seas parte de mi lenguaje, que me pertenezcas de una forma sutil o evidente. Incluso en el amor más maduro, hay un deseo latente de permanencia, de no perder al otro, de atarlo con hilos invisibles.

Tal vez el amor es caníbal no porque quiera destruir, sino porque quiere conservar al otro dentro de sí. Como si el miedo al abandono nos llevara a devorar lo que amamos. Amar se convierte entonces en un acto que consume, en qué el consumimos la voz del otro, su tiempo, su cuerpo, su silencio. Nos apropiamos de sus gestos, sus miedos, sus pasados, sus formas de mirar, y así, sin querer, lo vamos desdibujando, haciéndolo parte de nuestro sistema digestivo afectivo.

La historia y la cultura están llenas de este amor voraz. Medea, que por amor y traición mata a sus propios hijos. Las sirenas, que atraen con su canto y luego devoran. En El beso de Klimt, los cuerpos se funden hasta perder toda frontera, hasta que ya no sabemos dónde empieza uno y termina el otro. Incluso el canibalismo literal ha sido representado como una forma radical de unión: comer al amado para que viva dentro de mí.

En el clímax, en el amor más intenso, se borra la separación. Y en ese borramiento, hay algo de sacrificio, algo de riesgo. ¿Cómo no devorar, si amar es también desear que el otro sea parte de mí, de mi mundo, de mi nombre?

¿Cómo amar sin poseer? ¿Cómo dejar que te quieran sin que te falte el aire?

Y tal vez ahí habita esta idea de amor caníbal: no en el daño intencional, sino en esa ansiedad dulce de quien ha encontrado algo que no quiere perder. De quien ama tanto, que se olvida que el amor no se guarda mordiéndolo, que el cuerpo del otro no es un lugar al que se accede por fuerza ni por exigencia, que amar no siempre es cuidar, y que a veces incluso el cuidado se vuelve posesión.

Son las diez de la noche y se me magulla el alma de pensar que tú algún día llegues a olvidarte de este loco muchacho

Esa tristeza, la que se siente incluso antes de que llegue el olvido, es una forma más de esa hambre, ese pasaje que escribió Juan Rulfo parece pueril, pero es ese querer no desaparecer del otro, aún en ese futuro incierto de olvido hay hambre. 

Amamos y, con ello, también exigimos, tememos, nos desbordamos. Incluso cuando creemos que amamos bien, que amamos desde el cuidado o la ternura aprendida, se filtra un anhelo casi ancestral: no ser olvidados, no ser prescindibles, no ser transitorios en la vida del otro.

 

Y así, devoro y también me he dejado devorar completa, incluso sin quererlo, amar es buscar una forma de permanencia. Querer ser parte del otro como quien pide un rincón en su casa emocional y en ese deseo, se activa algo profundamente corporal, nos volvemos hambre, deseo de fusión, intento desesperado por no desaparecer.

Queremos conservar al otro no sólo en la memoria, sino en el cuerpo, que nos lleve en la lengua, en las costumbres, en los afectos, queremos, incluso en lo más maduro del amor, que no haya olvido.

El amor, no es únicamente elección ni sólo impulso.

Es práctica, pero también impulso que se desborda. 

Es una voluntad, pero también una fragilidad expuesta. 

Es humanidad deseante, contradictoria, animal y simbólica a la vez.

Fue entonces cuando entendí una de las ideas de Fromm: que el amor, lejos de ser nada más emoción, es una práctica activa.

Que amar no es simplemente sentirse atraído, sino comprometerse con el crecimiento de otro ser humano.

Y para eso, uno tiene que empezar por comprometerse con su propio crecimiento.

No se puede amar desde la rigidez, desde la espera pasiva de que el otro lo sea todo.

Amar es, antes que nada, un trabajo interior.

Me encontré conmigo: no con la imagen ideal de quien ama bien, sino con la persona que aún tiene miedo, que no siempre sabe cómo decir lo que siente, que a veces se cierra, que se contradice, pero también con la persona que puede entregarse, que se permite cuidar, que quiere aprender.

Descubrí que el amor no es un milagro que ocurre sólo por sentir, es como la única respuesta sana y satisfactoria al problema de la existencia humana. Pero una respuesta que exige trabajo, renuncia al narcisismo, atención constante. 

El amor no garantiza la felicidad; garantiza, si acaso, un espacio donde dos personas pueden abrirse a ser más humanas juntas. 

Yo, que creí que el amor era lo más lejano, me vi de pronto habitándolo, no en un ideal perfecto, no sin roces o días de distancia. Sino en lo real y fue en lo real donde aprendí que amar también es sostener el desencuentro, es no entender y aun así quedarse, es ver al otro como otro sin dejar de tender la mano. Es volver a una misma cuando todo tiembla y, desde ahí, elegir seguir. 

Este es, nuevamente, no un manual de experiencia, es la vivencia misma. Este texto, con toda su torpeza y desnudez no intenta resolver algo, ni dejar ideas cerradas. Más bien es una forma de pensar en voz alta, de acompañarme para entender lo que siento, y al mismo tiempo, de abrir un espacio para que el otro, que siente y vive mí amor, puedas sentirte ahí también. Como si cada palabra tejiera un puente y esta forma de escribir también fuera una forma de amar: lenta, honesta, y profundamente viva.