Ante la nada

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A veces me ocurre que no tengo nada en la cabeza para escribir. Las desveladas suelen tener momentos que constan con cierto tipo de certezas y verdades. En ocasiones, vienen a la mente ideas sueltas que brotan inmisericordes y taladran la conciencia con sus idas y vueltas, recovecos que brotan de manera simple, formas que van tomando cuerpo en el momento en que las palabras brotan de los dedos y se acomodan en la pantalla con la supuesta realidad que las rodea.

 

Otras, son aquellas que vienen como un cúmulo de experiencias cotidianas que nada tienen que ver con lo que intento escribir y se llenan de moho en el teclado, olvidadas, a veces perdidas en el recuerdo de algo que fue, que pasó, que tuvo su importancia en el instante en que, por cuestiones lógicas, sucedieron.

 

Suelo tener esos lapsos, muy seguido. Son momentos de angustia y retobamiento, críticos instantes en que me abandonan las ideas y suelo escribir sin sentido en una hoja en blanco, pergeñando palabras inconexas y por lo general, un tanto absurdas.

 

Pero por momentos la lucidez llega a mis dedos y entonces declino, olímpicamente, dejar la hoja en blanco exactamente como la encontré. Nada que decir, nada que comentar, nada que hacer.

 

Sin embargo, hay momentos en los cuales suelo tener ratos de aburrimiento y suelto un par de frases que, a veces, se transforman en textos multitudinarios, páginas y páginas que llenan una idea y terminan en ese ícono de la computadora que siempre tengo en el lado izquierdo superior de la pantalla.

 

Por eso, en la mañana, con una taza de café al lado, cierro los ojos descansando de la noche anterior y pienso que debo encontrar las palabras precisas para nombrar a mi realidad. Y en verdad que lo hago, pero no siempre encuentro la solución. Esa solución que se aleja de mí, fugaz y pertinaz, demoledora, capaz de dejarme con un sentido de culpabilidad ante lo que podría haber hecho sin esfuerzo alguno, o con la seguridad de decir algo que debo decir. O al menos esa debería ser la intención.

 

Pero ante esta nada que siempre ocurre, ante la ocurrencia de mi cabeza, habitualmente tomo la decisión de no angustiarme más y dejar que mis ideas descansen, se acomoden en la almohada que me aguarda tranquila y objetiva, y cierre los ojos ante la perspectiva de un día que apenas va iniciando.