Apagarse
Todos, síii todos estamos a un paso de la indigencia.
Trabajo con mi cuerpo, trabajas con tu cuerpo.
Si me rompo la mano y si te rompes el pie
saliendo del metro –por ejemplo– con el ejército de necesitados
por el bono de puntualidad,
o con el miedo infantil al regaño
por los seis minutos de retardo…
Somos niños con nuestro mayor miedo hecho realidad.
Perdimos la libertad de elegir.
Cedimos nuestras canicas.
Empeñamos nuestra flamante bicicleta.
La furia, por pensar que estuve loca
al firmar mi primer contrato
el primero de muchos
el monograma bordado en la camisa, pasó.
Voy en el transporte adormecida
rompiéndome y sujetando las partes al mismo tiempo.
Porque soy un indigente
todo el tiempo sin quererlo aceptar.
Esto de darles monedas me recuerda
el acto religioso donde dicen que
lo que darás se te será devuelto
MIEDO MIEDO MIEDO.
En desventura adelantada,
están los hermanos viviendo en coladeras,
los que se drogan bajo el puente,
los que hacen el amor en las vías del tren.
Y los que desconozco
Pero somos tú y yo.
Sin camisa de fuerza.
A secas, sin ganas
Para usar el monograma
Para bajar la cabeza
y apagar el fuego de nuestro corazón que late sin permiso
hasta que la noche intempestiva llegue con sus trompetas.
Después de la última ojeada
y el último beso.
Nos apagamos, como máquinas,
caemos a la montaña de chatarra.
Somos indigentes, malolientes, tristes?
No sé si tristes,
Tal vez es redención,
Tal vez es libertad,
Tal vez es como estar iluminados.
Y recuperar el latido
Y la hoguera
Y el alma.

