Aparentes hombres de ciencia

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Con el reciente y exitoso estreno de la película Oppenheimer no sólo se ha puesto de nuevo sobre el tapete las controversias del proyecto Manhattan, la actitud de Truman, o los dilemas históricos que plantean los hechos de Hiroshima y Nagasaki. Se ha revivido una cuestión muy concreta, que generalmente ha pasado imperceptible ante el común de las personas: el culto a lo científico. Por culto a lo científico puede entenderse una admiración total e ilimitada en la ciencia, sus personajes y sus resultados, como si estos tuvieran la última palabra en todo. Con esta posición, sucede lo siguiente: si fuese mantenida por gruesos de personas debidamente enteradas en las más duras ciencias, sería perfectamente aceptable y hasta sana por las dosis de agudeza intelectual de las que se impregnaría la sociedad. El problema es que esto no solo no es así, sino que no lo será jamás, porque el culto a lo científico, es y será algo de masas.

Las masas, decía Ortega y Gasset, son desmesurados cúmulos de gente que no puede ni debe regentarse a sí misma, agrupaciones muchedumbrosas que viven a la deriva y con la facilidad de ser guiados por un líder. Individuos, en suma, cuya característica principal es no valorarse a sí mismos y que necesitan un ideario y un plan de gobierno predeterminado para moverse por el mundo. Gentes faltas de autonomía y genuinidad intelectual. Ahora bien, debe decirse que no todos los individuos que son masa, son personas socialmente mal ubicadas. Todo lo contrario: masa es todo individuo que no se valora a sí mismo, decía Ortega literalmente. Masa es no estar cualitativamente preparado para absolutamente nada. Y aquello, es un fenómeno que perfectamente puede estar presente en cualquier estrato social.

El asunto de la masificación de las sociedades viene al caso porque, dicho fenómeno podría tomarse como la causa primera del culto a la ciencia. Es decir, se puede sospechar con cierta razón que es una consecuencia concreta de la sociedad de masas. Como fuera, el asunto arranca a partir de inicios del siglo XX, cuando las ciencias naturales y las ciencias del hombre comienzan a tener una relación cada vez más estrecha a la hora de resolver sus problemas. Dicha estrechez no significa que estas relaciones hayan sido positivas. Es evidente que esta relación a lo largo de la historia no siempre ha sido sana. Y es que, no son pocas las veces y tampoco fue corto el periodo en el que el saber filosófico se arrogó la solución de problemas que eran, por naturaleza, científicos, o al menos, interdisciplinarios. La controversia central en todo esto, era que los filósofos podían apuntar algunas cosas sobre determinados asuntos, pero no decirlo todo, y como era de esperar, las comunidades científicas, no tardarían en responder.  En el auge de dicha respuesta, Ortega nuevamente no tardó en denunciar el asunto desde las filas de su posición humanística, y tampoco vaciló en llamarlo el imperialismo de las ciencias.

Ahora sucedía, que de una forma u otra, todo quería solucionarse con ciencia. El hombre común ya no apetecía la profundidad del filósofo o del poeta sino la exactitud del científico. Como decíamos, las masas, obnubiladas por los avances y el tecnicismo novedoso y futurista de las ciencias, acaparaban todo el espectro social y esto se hacía notar a través del discurso que llega hasta nuestros días en la forma de Yo creo en la ciencia.

Con todo esto, algo se hace claro: las ciencias del hombre o las humanidades han tenido mejores y peores momentos han tenido mejores y peores momentos para resolver este u el otro problema. Sus respuestas siempre han sido más o menos satisfactorias. Y es normal que en periodos de poca lucidez humanística las respuestas científicas a las cosas parezcan no sólo más sugerentes sino las únicas verdaderas. Si a todo esto, sumamos la hiperespecialización actual de la ciencia y el momento apabullante de desarrollo que vive desde hace varias décadas, indudablemente surgen las preguntas de ¿qué confianza puede tener el hombre de a pie en este tipo de saberes?, ¿cómo no se va a admirar más a Hawking que a Cervantes? Y a la vez, ¿es deseable una sociedad enteramente científica? Lo analizamos la próxima semana.