Asuntos del libre liberal
Sin ánimo de caer en redundancias insulsas, hoy en día el liberalismo adolece de un fenómeno tan contradictorio como interesante: varios liberales en lo económico, paradójicamente, de libres tienen muy poco. El asunto de fondo es el siguiente: en tanto y en cuanto que el liberalismo económico pugna directamente contra la restricción de libertades, de inversiones y de mercado, este debería de perseguir o amar esa libertad para autorrealizarse del individuo por encima de cualquier cosa como fundamento de todos sus postulados económicos.
Lógicamente, exigir esto a la mayoría de liberales de a pie, a nuestros familiares más cercanos o a quienes simplemente pasan de estudiar y de cultivar los fundamentos de su juicio, es demasiado. Para este tipo de personas –a veces, no menos dignas en sus intenciones ni en sus aportaciones a la socuedad– liberalismo es que ningún comunista resentido me moleste al emprender mis negocios. Así de vulgar puede llegar a ser el pensamiento de nuestros congéneres más cercanos.
Sin embargo, el mayor problema que puede sufrir el liberalismo desde sus adentros es que quienes conocen los fundamentos de sus ideas a nivel un intelectual, –o que al menos tienen el interés genuino del aficionado, y que por lo mismo no ignoran quién es Adam Smith, Hayek, Popper o Berlin– comiencen a desplazar a la libertad de todos los individuos de la sociedad como su deseo más profundo. Cuando se deja de perseguir esa libertad general como una sana utopía por amor al hombre y por discrepar con el control, el mercado se impone por sobre todas esas cosas y las pretensiones del liberal se encaminan hacia su peor propósito: pensar que el mercado es una panacea que puede solucionarlo todo.
Cuando sucede lo anterior, como se decía líneas arriba, nos encontramos ante la paradoja del liberal que precisamente no es libre. Ninguna forma de dogmatismo es libertad. Muy difícilmente el liberal podrá combatir o desarraigar de la sociedad los efectos negativos de las ideas que desdeña adscribiéndose a dogmas de fe. En estos casos, se está acercando a lo que juró siempre aborrecer, por empezar a pensar que sus adversarios ideológicos se encuentran equivocados por el mero hecho de existir, y que no puede aprender nada bueno de ellos, y que por lo mismo sus ideas no son dignas ni si quiera de revisión o de consideración. No hay tipo de liberal más indeseable para la tradición que éste.
Como sucedió con la filosofía a principios y sobre todo a mediados del siglo XX, cuando ésta se olvidó de su origen y de su condición de amante infatigable del conocimiento por él mismo, y el asunto se tornó más ideológico y político que otra cosa, el liberal de hoy en día debiera de recordar que perfectamente su tradición y aspiraciones pueden correr la misma suerte si no empieza a informar a sus militantes con honestidad. Pues, de no ser así, muy bien puede convertirse de verdad en aquél dragón tremebundo que la razón roja le incrimina ser.

