Atrapados

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El plan era no volvernos a encontrar, armar cada quien una nueva vida, como se pudiera, como quisiéramos, el uno sin el otro, no porque no nos amáramos, más bien, porque lo necesitaríamos en ese momento, era nuestra lógica. Seguir el ejercicio de supervivencia. Cuando pudiéramos escapar, teníamos que alejarnos lo antes posible de ese lugar, pedir ayuda, hacer nuestro camino, seguir el plan que hicimos durante noches en las que el hambre no nos dejaba dormir.

Fue un 7 de octubre, pasé por mi hermano a la secundaria, en la salida, la mamá del amigo de mi hermano se ofreció a llevarnos, como casi siempre, pero yo le dije que no, a mi mamá no le gustaba que nos llevaran a la casa, que vieran en dónde vivíamos, y aunque la señora nos decía que sólo nos acercaría, no quise, yo estaba de malas no recuerdo por qué.  Nuestro vecino más cercano estaba a unos diez minutos de distancia caminando. Cuando por fin llegamos a casa, vimos la camioneta del ex novio de mi mamá afuera. Entramos con cautela, no sabíamos por qué estaba ahí. Al entrar nos gritó, tiraba todo, buscaba algo en la cocina, había cosas rotas por todos lados, corrí al cuarto de mi mamá y me detuvo, me jaló tan fuerte que me caí al suelo y desde el pasillo pude ver el brazo de mi mama colgar de la cama, grité ¡mamá!, el hombre me abofeteo, me ordenó que me callara, y me llevo a su camioneta jalándome del brazo.

No sabía qué hacer, mi hermano seguía ahí adentro con ese hombre, y pensé que, si corría con el vecino, no sé qué podría hacerle a mi hermano, y si entraba a la casa me golpearía otra vez.  Dentro de la camioneta me preguntaba muchas cosas, si mi mamá estaría drogada, muy ebria o quizá muerta. No sabía qué estaba pasando, entonces recordé su rehabilitación, llevaba tres meses sobria, los tres meses que había dejado a ese hombre. Comenzaba a oscurecer y cuando decidí salir de la camioneta, el hombre y mi hermano salieron de la casa cargando unas maletas, mi hermano lloraba, vi sus lágrimas caer, sin emitir sonido alguno. El hombre nos dijo que nos fuéramos en los asientos traseros. Solo hubo silencio, tomé la mano de mi hermano fuertemente, ambos lloramos un largo rato, traté de mantenerme despierta pero no pude.  Comencé a sentir mucho calor, no supe cuánto tiempo me quedé dormida, seguíamos en carretera, mi hermano ya estaba despierto y me dio un poco de agua, ambos llevábamos nuestros uniformes y el tipo nos dijo que nos cambiáramos con la ropa que lograron sacar de la casa. Volvió a oscurecer y llegamos a un lugar frio, triste.

Bajamos las maletas, con miedo, entramos a una especie de vecindad, pero no había muchas personas viviendo ahí, se escuchaba llorar a un bebé a lo lejos y música. Nos encerró en un cuarto con una colchoneta y ahí estuvimos por muchos días, meses. A veces llegaba por mi hermano y se lo llevaba, me quedaba sola durante un día. Después me llevaba a mí. Al principio no nos atrevíamos a hablar de lo que nos obligaba a hacer. Pero eventualmente tuvimos que hacerlo. Nos daba de comer una vez al día, sólo nos dejaba bañarnos cuando nos llevaba. Muchas noches mi hermano y yo lloramos y rezamos por mi mamá. Me culpé durante mucho no haber aceptado que nos llevaran a la casa. Culpé a mi mamá por sus adicciones, culpé al hombre que pudo habernos dejado ahí solos, pero tuvo que desgraciarnos la vida. No entendía por qué el maldito nos hacía eso. Culpé a Dios. Me quería morir, queríamos morir, pero no podíamos. Una vez me tuvo que llevar a un hospital, uno de los hombres con los que me dejaba, me rompió la muñeca derecha, me habré quedado uno o dos minutos sola con el doctor antes de terminar de ponerme el yeso, me hizo una pregunta, era mi oportunidad para escapar, lo miré fijamente y se me salió una lágrima, y entonces, entró el hombre, le agradeció al doctor y nos fuimos.

Ese día, en su camioneta, tuve que pagarle el yeso que me pusieron en la clínica. Creo que ya no sentíamos dolor, ni pena, ni tristeza, llegamos a un punto en el que sentir no ayudaba. Nos resignamos.

No teníamos idea de cuánto tiempo llevábamos ahí, pero si lo pudimos notar por el clima, ya había pasado el verano, el otoño, y en invierno por fin, algo sucedió. Habíamos repasado nuestro plan durante unos días. Nos quedábamos solos de vez en cuando, pero no siempre los mismos días, así que era difícil saber cuándo, pero, el tono de su teléfono sonaba de distintas maneras, y cuando sonaba aquella melodía pegajosa era cuando salía. Nuestra puerta tenía llave y era de metal, las ventanas tenían protecciones de herrería y la puerta delantera también. Hace un par de días, cuando mi hermano estaba fuera, se quedó solo en la camioneta porque el hombre estaba de pleito con unas personas. Mi hermano notó que en la camioneta también había un juego de llaves de la casa, así que se arriesgó a tomarlas, cuando llegó las probamos, sabíamos que si el hombre se daba cuenta nos haría algo horrible, pero tuvimos que hacerlo, y no sé bien como pasó, pero lo logramos, probamos las llaves de la entrada y de nuestro cuarto y si eran. Esperamos a que se escuchara el arrancar de su camioneta, dejamos pasar una media hora y metimos la llave de nuestra puerta lentamente, cuando se escuchó el clic, en el pecho se sintió un alivio, pero no fue hasta que abrimos la puerta que el hombre golpeo a mi hermano tan fuerte que quedó inconsciente en el piso y a mí me empujo al cuarto, lloré de rabia, en posición fetal, el hombre, pateaba a mi hermano, lo podía escuchar, gritaba cosas horribles de mi mamá, de cuanto le debía por las drogas que le dio, del dinero que le hizo perder, de que él le llevó la dosis que la mató, que merecía estar muerta y qué jamás saldríamos de ahí, vivos.

Me quedé dormida, no se escuchaba nada cuando desperté, y de pronto, alguien abrió la puerta, era mi hermano, ojos hinchados de los golpes, sangre en su boca, en su ropa, y también en sus manos. Me tomó de la mano, me dijo que ya se había terminado todo, que por fin se había acabado, apoyándose en mí, salimos de ese lugar, juntos, jamás buscamos caminos distintos como pesábamos, decidimos continuar juntos, ayudándonos, armando nuestras nuevas vidas.