Autodidacta

Views: 1926

Hay que revisar otras vidas, por ejemplo, la del sabio por excelencia Ignacio Ramírez El Nigromante, quien llevara en la frente el respeto de sus conciudadanos, de aquellos que le admiran por su enorme sabiduría, que le hace andar como un viejito a pesar de ser un hombre joven en aquellos tiempos: se había quemado las pestañas y le habían salido tantas canas, de tanto dedicarse a leer y leer y más leer, decían sus vecinos y sus amigos. Mientras sus enemigos que los tenía también por montones, odiaban que fuera tan certero y duro en sus comentarios de sabio joven, pero viejo de tanto haberse quemado las pestañas: como Carlos Marx, las bibliotecas fueron su pasión, y en ellas se ganó el respeto de adversarios y de sus seguidores que veían en él la Sabiduría andando.

 

El Nigromante nos dejó un método que podemos revisar en el comportamiento cotidiano del poeta, cuentista y ensayista José Emilio Pacheco, de quien sus amigos se enojaban porque no iba más a francachelas por estar leyendo y leyendo todos los días y a todas horas. Decían que se había vuelto un sangrón, pues ya no se acordaba de los tiempos pasados. No sabían que José Emilio llevaba prisa por realizar la obra deslumbrante que habría de dejar antes de morir todavía a temprana edad. Para entonces había ganado todos los premios prestigiosos, sólo le faltó el Nobel de Literatura.

 

Don Benito Juárez tuvo que luchar para alcanzar su meta ya en plena adolescencia y primera juventud. Tiene ya dos o tres años en Oaxaca y todavía lucha para estar en un lugar donde en verdad aprenda y reciba su pasión por las letras, la sociedad y todo aquello que le ha de llevar a estudiar la Norma, la que hace que las sociedades sean un espacio de cultura y no de violencia. Está ahí el Instituto oaxaqueño como territorio de la sabiduría, pero él, que comenzó a estudiar su primaria a los 12 años, se encuentra entre los años de 1818 a 1823 con un reto enorme, quedarse a ser un trabajador que medio ha ido a la escuela, o invierte la pirámide y la pone sobre su base: sí, ser un hombre que haga de la educación y su cultura un ser respetable y sabio.

 

Cuenta Juárez de aquellos meses y años, cuando considera a don Toño su Padrino…: Así llamaré en adelante a don Antonio Salanueva, porque me llevó a confirmar a los pocos días de haberme recibido en su casa, para que me permitiera ir a estudiar al Seminario ofreciéndole que haría todo esfuerzo para hacer compatible el cumplimiento de mis obligaciones en su servicio con mi dedicación al estudio a que me iba a consagrar. Inteligencia y talento necesitan en el transcurso de la vida de alguien que apoye las ilusiones personales.

 

Bien dicen los italianos, que Padrino es alguien que se tiene que crear, porque la vida es muy difícil y el hombre necesita de dos padres para enfrentar su duro y a veces cruel destino. La inteligencia y el talento necesitan —igual que todos—, de un padrino, a veces de alguno o varios más. Pero, es bueno hacer notar, que en la vida estos aparecen de manera difícil de situarlos, pues no aparecen en masa. En el Renacimiento estos padrinos eran los mecenas de los artistas, científicos e intelectuales. Así que para Juárez don Antonio Salanueva fue el Padrino, que le permitió transcurrir el desierto en que se convierte una ciudad, cuando se cierran las puertas y nadie escucha a quien pide ayuda, muchas veces con gran angustia.

 

Dice don Benito en su libro: Como aquel buen hombre era, según dije antes, amigo de la educación de la juventud no sólo recibió con agrado mi pensamiento, sino que me estimuló a llevarlo a efecto diciéndome que teniendo yo la ventaja de poseer el idioma Zapoteco, mi lengua natal, podía, conforme a las leyes eclesiásticas de América, ordenarme a título de él sin necesidad de tener algún patrimonio que se exigía a otros para subsistir mientras obtenían algún beneficio. Recordemos el estado en que se encontraba la educación en aquellos terribles tiempos. Estudiar la carrera eclesiástica claro que costaba a los que llegaban a buscar ser sacerdotes. Era entrar al poder del cielo y al de la tierra. Por lo mismo, se necesitaba del padrino para que pudiera ser tomado en cuenta aquél que deseaba seguir dicha carrera en el siglo XIX.

 

Cuenta sus siguientes palabras: Allanado de este modo mi camino entré a estudiar gramática latina al Seminario, en calidad de Capense (alumno externo) el día 18 de octubre de 1821, por supuesto, sin saber gramática castellana, ni las demás materias de la educación primaria. Desgraciadamente no sólo en mí se notaba este defecto, sino en los demás estudiantes generalmente por el atraso en que se hallaba la instrucción pública en aquellos tiempos. Pensemos en la educación de esa época, cuando ya Benito cuenta con 15 años de edad. Un adolescente angustiado por saber cada día más y más. Angustia que le viene de su interior, sin saber por qué está ahí, muy dentro de él. No sabe que su destino, si debiera de pensar en el oráculo de Delfos, en Grecia, le diría que su destino era alcanzar el mayor honor que un hombre en América puede lograr: Benemérito de las Américas.

 

Quién diría que eso podía pasar con un chico de sólo 15 años que anda todo el día y la noche con la angustia de estudiar mucho, mucho y a todas horas. Quienes le veían seguramente pondrían su simpatía o antipatía ante tal entusiasmo. Además, un entusiasmo que él, cuidaba que no se desbordara, pues su temperamento y su carácter ya con mucho estaba labrado en su alma, para no decir todo lo que pensaba, y para no hacer todo aquello que podía descubrir sus fines y ambiciones por el estudio. Es un adolescente que no sabe a dónde va. Pero que ya tiene un claro objetivo, ser un sabio de lo que los privilegiados que van a la universidad tienen como don: la Sabiduría que es respetada y que sabe por sí misma tomar las decisiones correctas en la vida para que sea buena para uno y para todos.

 

El Político más grande que nuestro país —en el México independiente— ha de tener, lucha contra todo lo inimaginable, para lograr su fin de ser libre por la cultura y a través de la educación. Aún no sabe que ha de ser la política su pasión hasta la muerte. Pero sí sabe, que hombre que ignora todo, poco puede hacer por sí mismo y por los demás. Y esa enseñanza de vida, que ve por todos lados, le lleva a ser terco en su deseo de aprender más y más. Su libro es prueba de ello: Comencé, pues, mis estudios bajo la dirección de profesores, que siendo todos eclesiásticos la educación literaria que me daban debía ser puramente eclesiástica. En agosto de 1823 concluí mi estudio de gramática latina, habiendo sufrido los dos exámenes de estatuto con las calificaciones de Excelente.

 

Después de 4 años en Oaxaca por fin comienza a ver luz en el éxito de sus estudios. Terquedad en alcanzar su meta, a pesar del desastre que fue ir a la primera escuela, a los meses que siguieron hasta entrar al Seminario. Siempre pensamos en el Político, nunca revisamos el ejemplo de vida pedagógica de don Benito: todo el ajetreo que su existencia de sufrimiento y orfandad le somete por las circunstancias que vive. Su logro que apenas le da felicidad se desdibuja y le trae nuevos problemas; comprueba que la vida no es de ninguna manera una línea horizontal, sino al contrario, un sube y baja, como si fuera la montaña rusa que no da descanso a Benito Juárez en su tierra. En ese año no se abrió curso de artes y tuve que esperar hasta el año siguiente para comenzar a estudiar filosofías por la obra del Padre Jaquien. Un joven principiante buscando estudiar a como dé lugar, lo que en otros personajes de la Reforma fue más fácil.