Bondage de invisibles ataduras

Views: 1064

A Norma Lazo[1] por darme aliento erótico.

 

Sus dedos enguantados dibujan círculos que limpian el recinto de su piel. La mujer se estremece al concebir el trato de sus manos jóvenes sobre su espalda baja. El primer toque fue calcar la silueta de la diosa; él mismo le sugirió la imagen griega. Ella quería darse el gusto de un tatuaje: un grabado que representara su divinidad. Convencida de que lo merecía, le pidió a su fresco discípulo que él fuera quien dejara en su piel el rasgo de sus artistas manos.

Él apreció el honor de ser el elegido, pues la madura maestra era la utopía de varios de sus compañeros y conocidos del trabajo. Cuando ella lo contactó para solicitarle tal labor, la mente voyeurista del alumno detalló varios pasajes en su imaginación erótica.

El muchacho soñaba con desprenderle la lencería coqueta cuando iniciara el tatuaje en el naciente de las nalgas, ahí, en medio de la espalda donde una cuenca pronunciada se había esculpido por las bondades del ejercicio. Antes de la cita esperada, visualizó, una y otra vez, cómo sería su trasero escondido debajo de las ropas de maestra, cómo sería el aroma de ella mezclada de perfume y deseo.

Recordó cuántas veces se la imaginó comulgando con su sexo mientras ella exponía el contenido de su clase. Sus ojos mustios se centraban en cada una de sus líneas corpóreas de feminidad. Mientras ella hablaba, él trazaba en su cuaderno mental, todas las posiciones habidas y por haber en el sexo de su catálogo-sexshop, del kamasutra y de las páginas pornos visitadas por su inquieta mente.

Ahora que la tiene de espaldas, montada en horcajadas sobre una silla, le pide que desnude su espalda hasta verle las redondas posaderas. Ella no cumplió con la expectativa que su imaginación le solicitaba, ni con las medias sostenidas por un liguero. Sin embargo su aroma a almizcle, su seguridad de mujer madura mirándolo con ojos determinantes para decirle cómo quiere su musa, lo llevan a disimular una respiración agitada que amenaza con delatarlo.

Hoy la tiene entre sus manos temblorosas; calca a la diosa en su baja espalda e inicia el ritual del trazo con la tinta. Ella se arquea ante la punta de la máquina que azuza sus sentidos, rasga su piel, punto por punto, pero cada dolor breve, exacerba su líbido; es un padecimiento exquisito.

Él la acompaña “en su dolor”. Cada que la máquina delinea a la Afrodita, ella contrae los músculos y se cimbra entre la dicotomía del placer y el dolor. Muerde los labios, aprieta el jadeo contra sus dedos enroscados para acallar sus deseos reprimidos: todo es nuevo para la mujer.

La amenaza del orgasmo, viene cada vez que aprieta sus caderas. Ella muerde las falanges de sus dedos; él se apoya en su cadera, disculpándose y deseando más. De vez en cuando detiene el trabajo para pedirle permiso de entrar al baño, tragar aire tocándose el pene erecto y continuar con su cometido dibujante. Cuando él desaparece de su cuerpo, la hembra respira hondo, recargando su frente en el respaldo de la silla que le sirve de cordura.

La diosa los mira divertida, sabe que entre el placer y el dolor, hay un juego erótico que exacerba los sentidos, que entre la fantasía y lo irrealizable queda un mundo de sensaciones que se sufren y se disfrutan como si se practicara un bondage de invisibles ataduras.

 

[1] Escritora veracruzana, autora del libro erótico Medidas extremas.