Breves apuntes que ofrece la ciencia en el desarrollo de la fuerza y su aplicación en edades tempranas

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Podemos definir a la fuerza como la máxima tensión desarrollada instantáneamente en una ocasión para superar un peso o una resistencia impuesta o quizá podemos decir que es la capacidad de una fibra o un conjunto de fibras de producir tensión y mediante ésta vencer u oponerse a una resistencia. Existen un sinfín de definiciones al respecto, nos referimos a ella como una cualidad física básica, junto con la flexibilidad, resistencia y velocidad, que si bien en un principio parece ligada únicamente al aparato locomotor, guarda relación con el sistema de control del movimiento, es decir, el Sistema Nervioso Central y con los sistemas energéticos que tienen que ver con el Sistema Cardiovascular y Respiratorio. Esta es una cualidad que involucra de manera directa a músculos, en tanto que son los responsables del movimiento de nuestro cuerpo, además hay que decir que son las fibras musculares las que logran transformar en energía cinética, en movimiento, una energía química. Esto es posible gracias al metabolismo anaeróbico o aeróbico, que trabajan de manera conjunta, si bien tienen sus características propias siempre se van acompañando.

Ahora bien, en el momento en que elegimos hacer un movimiento, las fibras del músculo, tras una serie de reacciones químicas se acortan y provocan un acortamiento o contracción del músculo. Este, a su vez, al estar unido por sus tendones a los huesos, al acortarse desplaza nuestro esqueleto. Sin embargo, cuando hacemos un ejercicio que requiere de la fuerza de nuestros músculos, el proceso es bastante más complejo. Así es que si consideramos que la fuerza es la contracción muscular contra una resistencia, entonces habrá que tener presente que lo común será que son muchos los músculos que intervienen en un trabajo de fuerza, y que lo hacen de forma diferente. Esto implicará que en un gesto deportivo, por ejemplo un salto, son muchos los grupos musculares que intervienen, y éstos a su vez, lo hacen de diferentes maneras y en diferentes fases del salto. Podemos considerar, por ejemplo, que los grupos musculares más importantes utilizados en el impulso del salto son diferentes a los utilizados en el aire y en la caída al suelo.

La persona va a usar nuevos grupos musculares o los mismos de diferente forma. Hasta ahora hemos hablado de músculos que se contraen contra una resistencia; es decir, se trata de músculos agonistas o también llamados como los que originan la contracción.  Sin embargo no serán los únicos implicados en una actividad física o gesto cualquiera, esto es debido a que los agonistas en su contracción para que produzcan movimiento es necesario que los músculos opuestos, los antagonistas, se relajen. Es sencillo lo que se plantea, los músculos están dispuestos de forma tal que para que un hueso recobre su posición normal, tras una contracción muscular, se requiere que otro músculo, opuesto al primero, tire de él en dirección contraria. De acá la importancia de tener clara la existencia de grupos musculares opuestos, responsables de acciones opuestas, que deben ponerse de acuerdo para que el movimiento sea posible. Esta disposición de nuestros músculos hace que podamos hablar de un nuevo concepto. Así es que para poder aplicar una fuerza es necesaria una acción coordinada de cada par muscular, esto implica que los agonistas se contraen mientras los antagonistas se relajan. Si pudiéramos visualizar los músculos de una persona realizando el gesto de un salto podríamos contar la cantidad de músculos que se contraen en el momento del impulso, así es que podemos imaginar el importante papel que juega en los trabajos de fuerza el Sistema Nervioso Central coordinando a todos los pares musculares que intervienen.

Por otro lado, nos encontramos con los temas polémicos acerca de la implicación de las fases sensibles en el desarrollo motriz de los niños y su afectación directa en el desarrollo de la capacidad de la fuerza. Vale la pena hacer un pequeño señalamiento respecto a esta temática, de acuerdo a los primeros estudios, la American Academy of Pediatrics (1983), emitió un informe donde se explicaba que los niños en edad prepuberal no presentaban aumentos significativos de la masa muscular por efecto del entrenamiento de fuerza, motivado por el bajo nivel de andrógenos circulantes en estas edades, que el entrenamiento con cargas elevadas presentaba un alto riesgo de lesión, y que los máximos beneficios de entrenamiento con cargas se lograban a partir de la etapa pospuberal. Sin embargo, también hay que señalar que, a partir de la década de 1980 los estudios llevados a cabo comenzaron a arrojar evidencias bien distintas, fue por ello que la National Strengh and Conditioning Association (1985) elaboró un informe donde se aseguraba  que los chicos en edad prepuberal mostraban ganancias de fuerza muscular con el entrenamiento de fuerza, que estas ganancias, si se debe a un entrenamiento adecuado, eliminaban el riesgo de lesiones derivadas de la práctica deportiva, y que el entrenamiento de fuerza producía beneficios psicológicos, como mejora de la propia imagen y aumento de la propia autoestima. Más detalladamente, Falk y Tenenbaum (1996) mediante un procedimiento de meta-análisis sobre los estudios que describían un programa del entrenamiento de la fuerza para niños y niñas de menos de 12 ó 13 años respectivamente, mostraron que la mayoría de ellos concluían una mejoría de la fuerza de entre un 13% y un 30%, y que la efectividad del entrenamiento de la fuerza podía ser influida por factores como la edad, maduración, sexo, así como la frecuencia, duración e intensidad de los programas de entrenamiento. Además lograron determinar que una frecuencia de entrenamiento de dos veces por semana parece ser suficiente para inducir ganancias en la fuerza de los niños. Sin embargo, no estamos exentos de inconvenientes ya que la duración e intensidad mínima no quedaban clarificadas, debido a que en los estudios analizados se ofrecía muy poca información acerca del tipo, volumen e intensidad de la prescripción de entrenamiento.

Entonces, a partir de estás investigaciones, la American Academy of Pediatrics (2001) elaboró un nuevo informe donde se dice, entre otras cosas, que los estudios hechos en los años noventa han mostrado que el entrenamiento de fuerza, cuando se estructura apropiadamente con respecto a la frecuencia, modo, intensidad y duración del programa, puede aumentar la fuerza en los preadolescentes y adolescentes. En preadolescentes, el entrenamiento apropiado de potencia puede mejorar la fuerza sin la hipertrofia muscular consiguiente. Esta ganancia de fuerza se puede atribuir al aprendizaje neuromuscular en el que el entrenamiento aumenta el número de motoneuronas que se activan con cada contracción muscular. Este mecanismo sirve para explicar la ganancia de fuerza por el entrenamiento de potencia en poblaciones con bajos niveles de andrógenos, como son las mujeres y los varones preadolescentes.