¿Qué ha quedado del psicoanálisis en el S. XXI?

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Me atrevo a decir que nada más que cosas buenas. El psicoanálisis, aun cuando ha encontrado en el siglo XXI, en herencia del XIX y del XX a su peor crítico hasta la fecha, ha tenido un desarrollo similar al de la obra de ciertos pensadores que podríamos catalogar como genios del género humano. Y es que, lo que se observa respecto del movimiento psicoanalítico en la actualidad es una vigencia extraña, al alcance de muy pocos, que combina notas de haber tenido un pasado difícil, pero casi heroico respecto a los coetáneos de su tiempo, con un presente que recoge los frutos de tan buena etapa juvenil, y a la vez, con un futuro aún prometedor; teniendo en cuenta lo que ya sabemos sobre nosotros mismos que podremos transmitir a las últimas generaciones con las que lleguemos a interactuar.

 

Los inicios no pudieron ser más difíciles, a mi parecer. La psicología de los años en los que Freud desarrolló el psicoanálisis estaba ciega de positivismo y enferma de soberbia institucional. Para un interno aspirante a médico psiquiatra, contradecir la opinión de un doctor era algo similar a desobedecer las órdenes de una bula papal en el siglo XV. La ceguera de los estudios médicos y la rigidez de las interpretaciones sobre la cultura eran tales, que Europa entera enfermó no sólo de histeria sino de hipocresía, siguiendo la interpretación de Escohotado sobre los avances de Freud. Así que, abrirse camino entre camisas de fuerza, lobotomías, descargas eléctricas y hervideros de mujeres con la fe inquebrantable en que no había que hacer otra cosa con la mente humana que escucharla y dejarla hablar para lograr la liberación de sus males por medio de la liberación de sus palabras, no parece ser una tarea menor o de poca osadía. Por mucho que, en aquellos años, esto haya violado muchas de las leyes del hoy empolvado método científico de sus críticos más voraces.

 

Por todo aquello, nuestro presente es un tiempo en el que vivimos libres de complejos culturales arcaicos como pensar que las mujeres tienen una predisposición natural al cuidado, que los hombres no lloran, que los colores tienen género, que la virtud de las personas puede medirse por qué tan grande es su familia, que toda sexualidad sin fines reproductivos provoca perversiones en el alma, o que la homosexualidad es una enfermedad mental y una condición indigna. Todo lo cual, no es poco si nos ponemos a pensar en que aquellas son cosas en las que ya prácticamente ni reparamos por lo lejanas que son actualmente, pero que antes, eran algo cotidiano y hasta considerado natural.

 

En ese sentido, ¿salir de todo aquel oscurantismo cultural, es acaso poca cosa?

En cuanto al siglo que nos espera, creo que si escuchamos todas las enseñanzas del psicoanálisis de décadas anteriores definitivamente se puede pensar en un S. XXI que no solo se libre de todas sus dificultades, sino que además potencie el increíble caudal de avances y de potencialidades que se abren en cada día que pasa dentro de él. Algo, definitivamente inconcebible hace siglos, en los que se podía soñar o concebir una potencialidadmayúscula nueva cada lustro o cada década.

 

A este asunto, además, subyace el hecho, en consonancia con nuestro último espacio dedicado al asunto de las generaciones, que gracias al psicoanálisis definitivamente los individuos sensibles que habitaron en el S. XXI podrán dejar una superficie de comprensión y reconocimiento psicológico a quienes habiten en el S. XXII. Porque,si algo ha caracterizado a la herencia del psicoanálisis es su principio implícito que dice: Yo lo tuve que pasar penurias para que tú no lo pases, y si yo las pasé, no tengo por qué hacértelas pasar a ti, porque hacer eso es de cobardes.

 

En suma, creo que la pregunta que encabeza nuestro espacio de esta semana, a día de hoy, puede contestarse con optimismo y esperanza, y que esto será extensivo para los años que nos vienen si seguimos teniendo una actitud desprejuiciada y cada vez menos intelectualoide ante esta tradición de pensamiento; que, en el fondo, no pretende hacer otra cosa que buscar las respuestas a las cuestiones que originan nuestras penurias más hondas y comunes en nuestro interior. En un interior, que nos han enseñado a no escuchar, pero que tiene para decirnos sobre nosotros mismos mucho más de lo que nos podemos acaso imaginar.