Calma Pospandémica

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Audomaro, esta lluviosa tarde de octubre se enfrenta a la hoja en blanco.

Escribir, la maravilla de dejar sentado algo, de mover las neuronas cerebrales, de ser tú creando, bueno, regular o malo, pero creando, haciendo nacer, como los músicos, los pintores, etc.

Y sin querer recala en Joan Miró: ¿Crea o juega?

Si alguien escribe que eso no es arte, que aquel polémico es un lienzo –famoso y caro de Miró– blanco, blanquísimo con sólo un punto negro es una soberana tomada de pelo, está en su justo derecho.

Y recuerda la anécdota de la exposición de esculturas surrealistas: Por la premura de la inauguración se le olvidó a los albañiles una escalera, la que con goterones de mezcla y pintura y alambres sosteniendo flojos barrotes se llevó los máximos elogios.

O en música. Al creador de melodías se le secó la inspiración y en el aparente silencio escuchó a los filamentos de hierro, una especie de campana sonora de la entrada de su casa que con el viento tocaban en un círculo sonoro. Llegó con su celular y se le ocurrió grabar esa música.

Luego la pautó en do-re-mi- en su piano y le fue acomodando frases alrededor de un tema. Si se anota que fue un éxito –¿del veleidoso viento o del imaginativo músico? – estamos en lo cierto.

O el pintor mancha–oleos al que se le ocurrió llenar de pinturas de colores la cola  de su caballo y a ésta la restregó en el lienzo ¿Se creerá que fue aplaudida junto con los demás pintores que –según– hicieron devanar los sesos del afamado pintor?… Pues así fue.

A Audomaro le sucedió. Con su amigo Pedro fue al Piojito, mercado donde venden hasta la tierra que pisas y se compró un pianito de pilas, más de juguete que profesional. Sin saber un ápice de música, para oír la nota al teclado le puso número, del 1 al 7 y luego con unos versitos cojos, acomodó números al azar primero y luego perfeccionando el método, haciéndolo más musical y audible fue haciendo canciones Dividiendo en frases: Cuan-do-de-ma-dru-ga-da llegué, mi-di-vi-na ilu-sión. Así, Cuando tenía el número 3 se oía bien y bajaba al 2… no, mejor el 4… y así. Cuando lo mal cantó, ohh, era una canción, su canción.

Así escribió 10 canciones –entre otras El Quehacer de No Hacer– y con el auxilio de Luis Arturo, musicazo, las grabó y por ahí andan.

Nada es imposible en este mundo, piensa, no dejes de intentarlo y menos hoy que ya tiene 20 canciones más. Con la experiencia grata de la primera ocasión, le dio mejor cauce a su bis musical y tituló De mi íntimo venero, 20 canciones de Audomaro.

Su mente es una rueda de la fortuna, que lo lleva 45 años atrás.

La costumbre de Audio era ir a la cercana capital y llenarse de alcohol, danzones y mujer. De recorrer Las Catacumbas, El Siglo XX,                                                                                                            cabaretazos. De echarse unos drinks y llegar al hotel Casablanca a hacer el amor sin condón, revolviendo tu leche con anteriores blanquecinos líquidos que trae la opulenta dama. Ahora que Audomaro siente los rigores de la senectud, el recuerdo de pronto aparece y ¡que chinga!, como hay vivencias pretéritas que hacen llorar. Ni decir que cuáles o cómo: Gente que ya no está, lugares que demolieron; cosas intimísimas que se irán con Audo al que sí el COVID no se llevó.

Se le viene entonces un colorido collage de vivencias. Incapaz de plasmarlas, así de golpe, procede a dejar la pluma atómica y se recuesta.

¿Qué fue lo vivido? Una briznita de polvo que nomás navegó en el éter. Y en este momento, solitario, viendo de nuevo por la ventana las yerbitas que con trabajos mueve el aire friísimo, repara en que por fortuna está aquí vivo, con ciertos achaques tal vez, pero no en el hospital eructando sangre, ni va en una ambulancia con dolores intensos y en un alto al ver un árbol se le cruza la idea de lo grato que sería estar sentado bajo su copa, de que la placidez lo haga su presa de que la calma por fin entre en su alma.

 

Que sencillo parangón, reunidor del ignorado goce de vivir, Audo ahorita de tan fácil que es ver felicidad en lo aparentemente simple, y más triste entenderlo cuando vas al encuentro del dolor y la muerte. Y en este triste momento cómo querrías estar con calma estar sentado ahí bajo la copa del árbol.

En la laptop se escucha: Tengo Celos…. tengo celos de la mano que saludasNapoleón canta en el cel a petición de  la amable pareja en turno de Audo:

– ¿Sabes? Siempre me han gustado las canciones de Napoleón. Y a oír.

Sale al patio y sin querer viene el tema de la ciencia. Eso de salvar vidas en serio que convence y Audomaro recuerda al genio científico Albert Sabin, quien llevándose ¿toda una vida? hizo la vacuna oral contra la Poliomielitis. Y cuando la regaló, además de no cobrar por su invento puso dos condiciones: Que sea universal y gratuita. El detalle de que Sabin fuera ateo hizo preguntar al ponente de esa Mesa Redonda sobre Ciencia y Religión:

¿Al llegar al más allá, Dios mandaría a Sabin a purgar algo?

Las vacunas como sinónimo de beneficio del hombre en contraposición a la ciencia productora de la bomba de hidrógeno.

 

Audo enciende un cigarrillo y en la primera fumada piensa que a lo mejor en este caótico mundo nada es verdad.