Capital cultural

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En países como el nuestro, la herencia más tangible que podemos dejar a nuestros hijos es educación; pero no sólo entendida como una buena formación académica (que es importante), sino como la sumatoria de diversos factores que, cuando actúan de manera conjunta, dan muestra de la calidad de una persona.

De nada sirve un cúmulo de conocimientos basto, si éste no se pone al servicio de los demás; no se trata de saberlo todo, sino de hacer saber a nuestro entorno información que le puede resultar útil y significativa en la construcción de estructuras de conocimiento.

Tan importante es el grado académico, como poseer lo que las generaciones que nos antecedieron llamaban don de gente; tan valioso es el reconocimiento público de los centros de trabajo, como el saludo de la familia cuando regresamos de él; siempre enriquece al ego la obtención de un premio, pero no se compara a la capacidad de llevar una vida armónica.

Para construir un verdadero capital cultural, debemos partir de un genuino autoconocimiento, de una identidad precisa en la que sabemos lo que somos capaces de hacer, confiamos en nuestras capacidades y, sobre todo, hacemos un buen uso de lo que sabemos; tener conocimiento para fastidiar, sacar provecho de las debilidades del otro o agandallarse del que considero más débil, no son muestras de talento, sino evidencia de miserabilidad.

La falta de conocimientos es, sin duda, ignorancia, pero también lo es cuando por voluntad renunciamos a nuestra esencia y preferimos asumir conductas que van en contra del desarrollo, el crecimiento o sentido común de las personas.

La construcción de un capital cultural requiere, en principio, de congruencia a toda prueba; no hay espacio para la simulación, la agresión o el contrasentido; cuando alguien presume de gran sabiduría, pero en los hechos no es capaz de honrar su palabra, es un farsante; si la persona se autoproclama sabia, pero no ha encontrado (y se nota) un camino armonioso, es un mentiroso; si se hace alarde de un supuesto éxito, pero eso implico pasar por encima de alguien más, se es una persona mala.

Hay quienes presumen ser de élite por el hecho de haber llegado a una posición jerárquica relevante; sin darse cuenta de que en el trayecto tuvo que fingir, pretender, mentir, presumir, traicionar o doblegar su conciencia, ¿realmente merece algún reconocimiento más allá del puesto?

Es cierto que siempre existe una proporción de bondad o maldad en cada aspecto de la vida, pero lo que nos ha mostrado la historia es que hay quienes tienen un nivel de maldad más grande que los demás, y la inconciencia de las personas les hace adular esos perfiles.

Debemos trabajar para construir ese capital cultural, no es sencillo, pues significa asumir plenamente nuestros derechos y obligaciones, nuestros conocimientos y áreas de oportunidad, nuestra razón y nuestro lado animal, nuestra proyección y nuestra realidad, nuestras aspiraciones y nuestras limitaciones.

El punto es dejar de ser egoístas y pensar en el bien del otro; de no hacerlo, sólo estaremos asumiendo un rol que en nada favorece nuestro crecimiento, citando a Nietzsche, la sencillez y la naturalidad son el supremo y último fin de la cultura

horroreseducativos@hotmail.com