Caput
La parte superior del cuerpo, donde residen los órganos de los sentidos, ahí donde se muestra la cara con el gesto y la plana frente. Superior por elevación y estrategia, la testadura.
De tantas cabezas que se han pisado en las mitologías universales sería difícil elegir alguna, de otras tantas de la milicia, de la edad de bronce, elegiría la de Holofernes y las monárquicas, cabezas de instituciones, de familia, linajes reales, contando las de revolucionarios, genios, y asesinos seriales.
Creo que se precia la cabeza, pensando que contenga lo más valioso de una persona, la extremidad roma y abultada que se antecede al nacimiento, tal vez pesa más la cabeza que una parte aislada del cuerpo, por eso hay que cuidarla, valorarla, mantenerla fría, antepuesta a los mandatos del corazón y de ser preciso, salvaguardarla.
Por eso, cuando apareció el hormigueo, como un destemplar de hielo dentro de un vaso con agua, cuando sentí la inminente punzada, lanza occipital a las tres de la madrugada, no supe cómo reaccionar, cuál número marcar de la lista enmarcada en mi teléfono celular. Del origen de semejante estocada no tuve tiempo de acordarme, era un fósforo encendiéndose con el augurio de la fiebre y la virulencia anticipada. Nadie, nunca, quisiera enfermarse después de cien días de cuarentena, pase inmediato a un infierno de atención pública sanitaria.
Que sea una simple jaqueca, cefalea tensional, ataque epicraneal, contractura cervical, miedo a seguir en esta profunda incertidumbre entre debacle y día normal.
Hay que salvar la cabeza como María Antonieta, desenfundar un analgésico, sintonizar música binaural, meditar holístico, rezar para no ser el elegido de los síntomas mayores de Covid-19. No, ahora no, gracias, vuelva a buscarme en otro momento.

