Carta Atenagórica

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Fue el año de 1690, año que trajo el origen de la tragedia en la difícil vida que tuvo Sor Juana Inés de la Cruz en el siglo que vivió. De sus escritos, éste viene a tocar la parte más compleja y difícil que el ser humano debe saber y que no se puede tocar: el poder político, el de la riqueza y el de la sabiduría. La sabiduría que es de todas las riquezas del hombre, en tierra, lo más preciado. Sor Juana lo dirá en uno de sus textos al reconocer que el talento es el mayor bien en el mundo, por encima de toda otra riqueza. Por eso, al señalar errores a un padre de la iglesia se debe recordar el caso de su Carta Atenagórica, donde se dice: Carta de la Madre Juana Inés de la Cruz, religiosa del convento de San Jerónimo de la ciudad de Méjico, en que hace juicio de un sermón del Mandato que predicó el Reverendísimo P. Antonio de Vieyra, de la Compañía de Jesús, en el Colegio de Lisboa.

 

La sabiduría y seriedad de los estudios de Sor Juana para aquellos años nadie debería de dudar. Al dar respuesta al discurso del reverendísimo P. Vieyra, nuestra Décima Musa nunca pensó que estaba entrando a esa competencia diabólica que significa comprobar dónde se encuentra la sabiduría y dónde está el sofista. Siempre en este maravilloso mundo del talento y la inteligencia es recordar la lección de la filosofía a través de Sócrates y su desencuentro permanente con los sofistas, que cobran por enseñar falacias por doquier y a toda hora. Lo que sucede en ese año de 1690, es de nueva cuenta, lo que se repite en la vida de la humanidad: la guerra sin cuartel entre la ciencia y la ideología, que tiene en los malos políticos o detentadores de los poderes económicos y del Poder del Estado a sus principales mentirosos que si es necesario, y siempre lo es, utilizan las armas bajo su legitimidad con tal de sostenerse en ese mando que tiene miles de años de ser lo mismo: Reyes, sacerdotes y militares, la triada que ha sostenido bajo diversas caretas su privilegio por encima de las grandes mayorías.

 

La Carta Atenagórica se atrevió precisamente a atacar uno de los campos más amados de la humanidad: la inteligencia, el talento y la sabiduría como expresiones altísimas del ser por encima de los bienes materiales. La mujer que se atreve a decir en su Carta a Sor Filotea de la Cruz que sólo ha buscado poner riquezas en su mente y no su mente en las riquezas, nos dice con esas bellas palabras la regla de oro de la pedagogía en todos los tiempos. En su Carta Atenagórica lo dice con cierto enojo, cito: Habla de las finezas de Cristo en el fin de su vida: In finem dilexit (Ioan. 13 cap); y propone el sentir de tres Santos Padres, que son Agustino, Tomás y Crisóstomo, con tan generosa osadía, que dice: El estilo que he de guardar en este discurso será éste: referiré primero las opiniones de los Santos, y después diré también la mía; mas con esta diferencia: que ninguna fineza de amor de Cristo dirán los Santos, a que yo no dé otra mayor que ella; y a la fineza de amor de Cristo que yo dijere, ninguno me ha dé dar otra que la iguale. Éstas son sus formales palabras, ésta es su proposición, y ésta la que motiva la respuesta.

 

El solo pensar que sucedió al leer tal osadía del Reverendísimo P. Vieyra por parte de la juiciosa y sabia estudiosa que era Sor Juana Inés de la Cruz para entonces con la edad de 42 años de edad. Es decir, si como adolescente y apenas entrada a su juventud era una admiradísima mujer de sabiduría sorprendente, al leer el discurso del P. Vieyra, su enojo resultó tal, por lo que la respuesta que da en Carta Atenagórica, es no sólo de responsabilidad, también y mucho, de enojo ante tanta soberbia. Recordemos que el Padre Vieyra no era un sacerdote de cualquier cofradía o seminario, sino que provenía para aquél entonces de los más dedicados al estudio y a la sabiduría, de la Compañía de Jesús; por lo que la Décima Musa atacó —sin pensarlo quizá—, que se metía en ese mundo de lo terrible humano: tocar con más que el pétalo de una rosa a quien se considera por encima de los Padres de la Iglesia como se considera Antonio Vieyra, por su trayectoria y dedicación a las sagradas escrituras. Pecó de soberbia en el mundo del conocimiento el Padre Antonio Vieyra, la respuesta le vino del otro lado del Atlántico, nada menos que de una mujer cuya sabiduría no podía esconderla a tenor de traicionarse ella misma en vida.

 

Ir a las fuentes, leer directamente el Sermón del Padre Antonio Vieira en la Capilla Real, año de 1650. / El vos alter alterius lavare pedes. (Ioan., 13) Como en las obras de la creación acabó Dios en el último día por las mayores de su poder, asó en las de la Redención, de que este día fue el último, reservó también para el fin las mayores de su amor. Esto fue juntar en el mismo amor, el fin con lo fino: In finem dilexit. No dice el Evangelista que como amase a los suyos, en el fin los amó más, sino como amase, amó: Cum dilexissel, dilexit. ¡Y por qué? Porque es cierto que el amor de Cristo para con los hombres, desde el primer instante de su Encarnación hasta el último de su vida, fue siempre igual, y semejante a sí mismo. Nunca Cristo amó más ni menos. La razón de esta verdad teológica es muy clara: porque si consideráramos el amor de Cristo en cuanto Hombre, es amor perfecto, y lo que es perfecto no se puede mejorar, si le consideramos en cuanto a Dios, es amor infinito, y lo que es infinito no puede crecer. Pues si el amor de Cristo fue siempre igual, sin exceso, siempre semejante a sí mismo, sin aumento; si Cristo, en fin, tanto amó a los hombres en el fin, ¿qué diferencia hay, o puede haber, entre el cum dilexissel y el infinem dilexit? No es ésta la duda que me da cuidado: responden los Santos en muchas palabras lo que tengo insinuado en pocas. Dicen que usó de estos términos el Evangelista, no porque Cristo en el fin amase más de lo que había amado en el principio, sino porque hizo más su amor en el fin que en el principio, sino porque hizo más su amor en el fin que en el principio y en toda su vida había hecho. No hay duda de la sabiduría en lenguaje y en sus reflexiones que denotan a un estudioso de loa sagradas escrituras de quien fuera reverenciado como uno de los sabios en el occidente del mundo, cuando América era ya la América colonizada por españoles, portugueses, ingleses y franceses. Los países que representaban el poderío de Europa sobre los demás continentes. Lo que o debe sorprendernos, cuando creemos que aquellos siglos fueron de oscurantismo e ignorancia en todas las esferas de la vida pública y privada, es que ciertamente las ediciones que surgieron a partir del invento popular que hace Joan Gutenberg con la imprenta, la divulgación del conocimiento surge en serio por Europa y América.

 

Y esa sabiduría lleva a reconocer en los dos continentes a estudiosos como el Padre Vieira, del que prosigo la lectura de su Sermón, que hoy es más famoso, gracias a la respuesta que Sor Juana hace como texto confidencial a su confesor, al ver el facsimilar de la Portada se lee: Carta Athenagorica de la madre Juana Inés de la Cruz / Religiosa profesa de velo, y Coro en el muy Religioso Convento de San Jerónimo de la ciudad de México cabeza de la Nueva España / que imprime, dedicada a la misma Sor, Filotea de la Cruz su estudiosa aficionada en el Convento de la Santísima Trinidad de la Puebla de los Ángeles / En la Imprenta de Diego Fernández de León, año de 1690. Documento privado que Juana Inés no pensó que fuera a publicarse tal y como lo hizo quien en ese año expondría a sus enemigos que por lustros se habían ido haciendo, ante el aura, talento y sabiduría de la mujer más sabia que había aprendido duramente desde muy joven que la envidia era debilidad de los otros ante sus dotes que eran muchas. Imaginemos el México de ese tiempo, capital de la Nueva España, siendo la ciudad más grande de todo el imperio español.