Cerebrocentrismo: el último oasis científico

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La semana pasada nos habíamos referido, brevemente, a las muchas reactualizaciones que han venido teniendo las ciencias sociales y las humanidades en la actualidad y a las implicancias que este fenómeno ha tenido en el seno de estas mismas. Habíamos hablado también de la resistencia que nuestro siglo parece tener a reactualizar las cosas que tiene por instituidas, y habíamos hablado también de los efectos negativos de este fenómeno cuando no somos capaces de entender, que si los conceptos entronados durante siglos están siendo progresivamente abandonados, no es por una cuestión de decadencia intelectual o cultural, sino por la ceguera de aspectos tan grande que habíamos desarrollado los occidentales durante tantos siglos por no desconfiar de ellos. Para hacerlo, habíamos puesto como tema central al campo de la estética. Esta semana, haremos algo parecido, pero con un elemento más discutido: el cerebro y su incursión en nuestras formas de conocimiento.

Las narrativas sobre las nuevas potencialidades de conocimiento basadas en el conocimiento del cerebro llevan abundando fácilmente más de 30 años. Han tenido un éxito abrumador y hoy en día, se comportan como una tradición intelectual más, fuertemente asentada, con una buena cantidad de seguidores y con una serie de textos considerados clásicos. Claro que este éxito rotundo habla de un abandono progresivo de las formas clásicas en las que la psicología había venido funcionando durante muchos años. Pero, como habíamos dicho, esto no tiene nada de malo. Aquí hemos sido los primeros en defender la reactualización de lo clásico cuando este empieza a mostrar sus flaquezas con el paso de los siglos. Sin embargo, decir que la manera en la que la narrativa neurocientífica ha abandonado las tradiciones que le precedieron, ha sido totalmente adecuada, es más complicado.

Lo que ha sucedido con estas narrativas, entonces, ha sido un abandono ingrato de las canteras de las que emergieron, fruto de la euforia que produjo en los círculos científicos haber empezado a desentrañar el órgano más complicado de nuestro cuerpo. Ha sido, pues, como si se haya hecho material la suposición de que, como todo nuestro conocimiento, vivencias, emociones, sentimientos y subjetividades vienen del cerebro, cuando lo conozcamos suficientemente bien, habremos cerrado todos aquellos problemas que, hasta entonces, nos han atormentado de forma ilusa, y que más bien, habíamos abordado primitivamente. En su forma más inmediata, esta suposición parece casi obvia, natural. La presuponemos. Pero…, ¿realmente nuestro conocimiento sobre el mundo avanza de esta forma?

Mi respuesta a la anterior pregunta es que no; por la carga de ingenuidad que recae sobre quienes contestan , basándose en que si la ciencia ya lo demostró para qué seguimos en el pasado o en que pronto la tecnología solucionará todos estos problemas. Es correcto. Nadie podría negar los avances científicos de la actualidad y menos aún pretender oponerse a ellos. Lo que sucede, es que en el ámbito de las narrativas neurocientíficas sucede exactamente lo mismo que en el político: en un ambiente liberal libertario, detectar cualquier tipo de falla en la economía de libre mercado inmediatamente vuelve a uno un stalinista y un sanguinario. Es decir, que cuestionar la sobrevaloración cultural de las neurociencias convierte a uno inmediatamente a uno en un oscurantista y en un negacionista de la ciencia. Cosa que no es así.

Simplemente, lo que hay detrás de esta declaración de escepticismo es una preocupación porque la creencia chauvinista en la ciencia se haya reinventado de una forma de la cual ya no podemos liberarnos en el futuro, dado su gran poder de seducción. Que, yendo por ese camino, entremos a una época en la que después se nos recuerde como los ilusos que confiaron el destino de su intelectualidad, su cultura y su civilización al cerebro y a la idea de que más tecnología arregla los errores de la tecnología. Y que más bien, sepamos ver en la tecnología una forma de potenciar nuestra mirada, de saltar con pértiga las limitaciones del pasado para concentrarnos en lo realmente importante de la actualidad. Por lo que, quien se resiste a las narrativas neurocientíficas en el fondo no se está resistiendo al conocimiento del cerebro, sino al cerebrocentrismo. Que de ninguna manera son lo mismo.