Ciudad

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Caminamos la ciudad envuelta en aromas de pan, observando las construcciones antiguas. Nadie tomó personal el placer de andarlas, todos sabíamos que era de todos y de nadie. Éramos felices recorriéndola de vez en cuando y siempre queríamos volver cuanto antes. Lo amamos todo de ella, era nuestra ciudad, nuestro encuentro primero con el mundo. Sin embargo, una cuestión de edad nos llevó a querer desprendernos de ella y de todo lo que ella constituía.

Nadie esperaba que esas calles frescas, iluminadas por la tenue luz del sol se tornaran asfixiantes, desprovistas de su amabilidad común; que su tránsito fluido y ligero se llenaría como crucero de hormigas-elefantes ciegos, que no saben absolutamente nada de respeto; que de sus aceras bondadosas, comerciantes nunca satisfechos, borrarían el transitar de nuestros pies, instándonos a regatear el paso contra los automovilistas jamás dispuestos a ceder.

Es una ciudad triste, que busca distraernos con cantantes decadentes y andadores adornados con sombrillas. Que tiene fuentes, portales, museos, plazas: historia, pero la historia no da privilegios personales y la historia personal no da privilegio alguno porque a nadie le importa.

Odiamos la ciudad, el mundo, la historia: la vida. Odiamos ser uno más, solo uno más en la urbe que crece cada día, que nos olvida, que no nos conquista pero de la cual tampoco podemos irnos