Clare Torry, una voz femenina de éxtasis que sin reconocimiento hizo historia

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Habíamos pensado en Madeleine Bell o Doris Troy y no dimos ningún crédito cuando vimos entrar a esta mujer con pinta de ama de casa. Pero cuando abrió su boca, bueno, no fue lo rápida que pretendíamos, pero nos descubrió ese torrente orgásmico que todos conocemos y adoramos, dijo David Guilmour ¿Cuáles serán las virtudes de una ama de casa para él? ¡Cuántas voces nos estaremos perdiendo, reducidas a tararear una rola al ritmo de la escoba! Cuenta la historia que todo comenzó con una llamada casual a principios de la década de los setentas. Le hablaban de Abbey Road y querían saber qué tan disponible estaba para grabar. Le dijeron que escucharon sus covers con otros artistas, pero en particular había llamado la atención una melodía en la que participó como segunda voz. Fue ahí donde comenzó su carrera: la buscaban para eventos esporádicos y cubría turnos nocturnos en bares londinenses. Lo cierto es que no tenía tiempo para cubrir más de dos horas de trabajo adicional: sus horarios no se lo permitían; sin embargo, una oportunidad en Abbey Road siempre debe generar un tiempo para estar ahí.

 

Señaló que podría hacer un espacio el domingo, a eso de las siete de la noche y hacer las tomas que fueran necesarias. Antes de colgar con la persona al del otro lado de la línea, preguntó lo que querían específicamente. Le dijeron que no sabían. Era un proyecto conceptual: se trataba de tocar temas sobre la muerte y la vida. Querían hacer música revolucionaria, le dijeron, la música del futuro. Querían experimentar. Además de una pieza instrumental lista y querían que la escuchara antes de que llegara al estudio sólo para que tuviera una idea del contexto, para que supiera un poco de lo que se trataba. Escuchó la pieza algunas veces y no sabía qué hacer. Era de cambios drásticos: armonía de tonos y contraste de texturas, era algo fuera de lo cotidiano, sorprendente y abrumador. Después de repasarla muchas veces, se presentaría en el estudio para trabajar con el material. A ver qué pasa. Llegó el día y, al llamar a la puerta, la recibió David Gilmour, quien la presentó con Roger Waters. Los demás llegarían más tarde.

 

Para muchos es bien conocido el álbum espectacular de Pink Floyd titulado como The Dark Side of the Moon sobre todo el track número cinco, The Great Gig in the Sky por ser huésped de uno de los solos vocales más impresionantes en la historia del rock. Así es que después del hermoso y sutil final de Time, la canción instrumental que le sigue parece continuar esa atmósfera, pero muy pronto se transforma: llega a los oídos la magia del tecladista Richard Wright, se le unen los demás instrumentos, luego viene un fragmento de un discurso del escritor Malcolm Muggeridge, una de las muchas voces que se escuchan a lo largo del álbum y, a poco de dejar de nueva cuenta sólo a Wright, se escucha la batería y entonces entra una voz femenina erizando la piel de los amables con sus intensos arreglos. La misteriosa y sorprendente voz, no dice una sola palabra en su colaboración, pero su solo, se vuelve poderoso, decrece, parece que se hace dulce y sigue adelante con una vitalidad que, incluso a más de cuarenta años de darse a conocer al mundo, sigue cautivando a todo aquel que se deje atrapar por la magia de su voz y la música de este mítico grupo británico de rock progresivo.

 

Así es que después de su presentación con Roger, se pusieron a trabajar de inmediato. Le dieron luz roja y se encendió el micrófono. Comenzó con un oh, baby, baby, pero le dijeron que no querían palabras. Le ofrecieron partituras y no las quiso. Ella se congeló en blanco, aún no podría descifrar lo que querían. La consolaban, pero es que ni siquiera ellos sabían qué estaban buscando. Y se dijo, qué está sucediendo, tengo que fingir que soy un instrumento. Esta historia fue contada innumerables ocasiones por aquella mujer de aparente perfil promedio de no muy altas expectativas quien tiempo más tarde diría: Yo era una compositora del staff de EMI, recién salida de la escuela, que había empezado a hacer algunas sesiones vocales. Recibí una llamada telefónica para ir y hacer una sesión para Pink Floyd. No significaba nada para mí en ese momento, pero acepté y fue arreglado: 7 a 10 PM del domingo 21 de enero, Studio 3. Cuando llegué ellos me explicaron el concepto del álbum y pasaron la secuencia de acordes de Rick Wright. Dijeron: ‘queremos un poco de canto sobre ella’, pero no sabían lo que querían, así que sugerí meternos en el estudio y probar algunas cosas. Empecé usando palabras, pero ellos dijeron. ‘oh, no, no queremos palabras’. Así que en la única cosa en la que pude pensar fue hacerme a mí misma sonar como un instrumento, una guitarra o lo que fuera, y no pensar en una vocalista. Lo hice y ellos lo amaron.

 

Esto le abrió un camino desconocido para explorar, y entonces pidió que pusieran la pieza una vez más. La conexión fue inmediata, se con juntaron espontaneidad, ritmo, el ambiente abrumador de una pieza que ya conocía, que se guiaba por sí misma y que le daba un patrón para cantar. Sentimientos de muerte y de vida: las variaciones de ambas, saltar de un extremo al otro. Al concluir la sesión le ofrecieron una lata de cerveza. Estaba aturdida, apenada. La aceptó y le pidieron que los acompañara un fin de semana más. Al domingo siguiente grabaron de nuevo y le pidieron una mejora. Sabía que no podía dar más, así es que a mitad de una tercera toma se detuvo y exclamó que ya había sido suficiente, ya tendrían mucho material para hacer su trabajo. Sin más que decir se fue pensando que no volvería a saber de ellos ni del disco, que nadie jamás escucharía lo que había grabado y que el tiempo que pasó con una banda como Pink Floyd se quedaría únicamente como una experiencia para su vida laboral. Seguro sólo había sido un experimento, nada más. Se olvidó del tema.

 

Quien la haya escuchado, lo sabe. Quien no, no sabe lo que se pierde. El solo de Clare Torry es potente, cambiante, crece, decrece, se vuelve sutil y recarga violencia en cuestión de tiempos cortos, breves, mortíferos. Es erótico, es triste, es esperanzador. Tal vez la clave sea la muerte: en la barbarie de poner en una escala vocal algo inexplicable, el resultado también lo es, pero no así incomprensible. La muerte, según la excitante voz, es evidentemente una paleta de colores. Sin embargo, no fue hasta marzo del año siguiente de aquella mítica sesión de grabación que por azares inexistentes, se encontró con un póster en la ventana de una tienda de discos que anunciaba el último lanzamiento de la banda con la que había estado: The Dark Side of the Moon de Pink Floyd. Se preguntó si sería lo que había grabado meses atrás. Entró a la tienda y al abrir el LP se encontró con artistas que desconocía así como canciones que no le habían presentado. Así que mirando con detalle halló The great gig in the sky y supo que su trabajo se había usado, pero sin reconocérsele la autoría. Y entendió que lo que ahí sonaría si le diera por apretar play, era su trabajo. Con un nombre que no podría ser mejor, teniendo en cuenta que lo que había pasado era algo que incluso años después aún no terminaba de entender. Se quedaría grabado en su memoria como un accidente extraño, un incidente en el tiempo normal, algo que escapa a la rutina, pero la hace pasar a la historia de la música, como por casualidad, pero no sin el mérito de su enorme talento y la sensibilidad para poner en voz, mas no en palabras, qué es la muerte y si es que en serio resulta algo horrible o es la perspectiva del final de todo: erótica, sensual, sexual hasta el éxtasis.

Treinta libras no son nada, más de cincuenta millones de copias vendidas en todo el mundo. Quince años consecutivos en la lista de álbumes de la Billboard. Continuamente, tras décadas, clasificados entre los diez mejores álbumes de todos los tiempos en todas las encuestas. Pero Clare Torry recibió treinta libras esterlinas por lo que Pink Floyd consideró un trabajo esporádico, una colaboración. Según Roger Waters, Clare vino al estudio un día y le dijimos que no había letras, que el tema trataba sobre la muerte y que cantara sobre eso. Creo que sólo hubo una toma. Y todos dijimos: ‘Lo ha conseguido. Aquí tienes tus sesenta libras.’ Pero según Clare, las tomas fueron dos y media y la paga de treinta libras. De cualquier manera es una locura, es una barbarie, si tenemos en cuenta la poca cantidad de gente que debe haber entre los oyentes de música que no reconozca esa excitante voz que no requiere de palabras para el éxtasis y es portadora de tanta vida, tanta muerte, tanta locura y tanta pasión.