Colisiones de espíritus
Las polémicas entre individuos de distintas generaciones, son, sin duda, los más candentes tópicos de conversación del día a día. Todas ellas, se constituyen en debates que establecen límites fronterizos entre personas, que pueden llegar a sentenciar a las personas a repudios o alabanzas sin fin. Ver discutir a espíritus de distintas generaciones sobre cualquier asunto tabú, ha sido siempre una oportunidad de viajar al ayer, para compararlo con el hoy, desde la mejor fuente posible. Sin embargo, las actuales generaciones, parecen comportarse de una manera extraña y poco normal en el transcurso de todas estas discusiones.
Para bien o para mal, el joven de a pie, de hoy en día, ha crecido con una valía singular, traducida casi siempre en una confrontación directa con lo que se le hace evidentemente insostenible para el tiempo en el que vive, y que le hace chistar y protestar sin vergüenza por diferir o no vivir de acuerdo a sus mayores. Así, los lastres y las lacras de tiempos pasados son asuntos ya indignos de reverencia alguna, mientras que la ingratitud con lo fecundo del pasado, va corrigiendo sus ejercicios de reforma.
La anterior, es una suerte distinta de la que corrieron quienes fueron educados durante la primera mitad del siglo pasado: personas que vivieron un mundo sumamente más intranquilo que el actual, y que tuvieron que vivir el asunto de confrontarse con sus mayores de una forma meridionalmente distinta a la actual. Hoy abuelos del progreso y la insulsa censura y fanfarronería propias de la generación en actual desarrollo, el actual octogenario nunca pudo gozar de poder disentir ante lo casposo y lo superado con el paso del tiempo. Aquello suponía contravenir el propósito de los anteriores cincuenta años: mantenerse totalmente fiel a los conceptos que habían edificado la idiosincrasia de Europa y el mundo durante largos años.
Tal sería el grado con el que los padres del siglo pasado hicieron seguir el propósito de la pureza de los conceptos a sus hijos, que el asunto pasó a ser rigidez ideológica hecha pasar educación integral: un asunto que elevaría el miedo a rechistar a la categoría de psicopatología de la vida cotidiana. Algo, que, en nuestros días ha llegado a cambiar tanto que su realidad es absolutamente inversa. La psicopatología de la vida cotidiana del joven actual es no poder levantarse y oponerse furibundamente a lo que le disguste del pasado, aún así, se lleve por delante los mayores destellos de tiempos pasados, aún así, él y su adversario generacional, ignoren que se pasa sobre el pasado, que es la manera de hacerlo fecundo, como se pasa sobre la vieja tierra con el arado e hiriéndola con el surco se la fructifica.

