Condenan lo que ignoran

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Permítaseme, so pena, el siguiente espacio para la reflexión de cierto tema de relativa relevancia, y sí, pretendo, mucha trascendencia:

Condenan lo que ignoran

(No recuerdo quién lo dijo, si pueden échenme la mano aquí)

Justamente la madrugada del pasado miércoles estaba cómodamente reposando la cena en el sillón de casa. Tomé el celular para responder algunos mensajes y revisar el correo electrónico, y ¡Oh, sorpresa! Me encuentro con tremendo correo de una violencia increíble. El correo titulado: “ponte las pilas, Analfaveta corriente”; el cobarde mensaje estaba compuesto por una serie de capturas de pantallas en la que un grupo de alumnos a los que les doy clase los sábados en una licenciatura ejecutiva se quejaban esencialmente de lo aburrida que les resultaba la clase de Administración de los Recursos Humanos a la que fui asignado.

De no conocer yo la crítica artística que la literatura y la música acarrea, aquello hubiera sido lapidario. Sin embargo, lo único que consiguió fue adelantar mi acometida de la noche: salir a caminar para bajar la cena y refrescar las ideas. Vaya, a pesar de todo, no podía sacarme de la cabeza lo que había leído, pues es verdad todos estamos propensos a dar una crítica y soportarla con miras a mejorarla. De eso no hay duda. Lo malo eran las formas, y en las formas estaba la clave, pero hacía falta algo para terminar de comprenderlo.

Esa misma noche, pasadas dos buenas vueltas a la plaza, terminé afuera del consultorio de un buen amigo mío en el centro de la ciudad. Eran ya las 12:30 de la noche, y con las luces encendidas, esa era sospecha de una bohemia. Así, como los mensajes habían conseguido su cometido; perturbar mi calma, fue que decidí entrar sin importarme mucho quién estuviera al interior.

Estando ahí, la escena era la esperada: algunos tragos y una guitarra amenizando. Me sirvieron un vaso y me aposenté en un sillón y volví a mirar el mensaje. Pensaba, analizaba, reflexionaba, particularmente porque la violencia del contenido me seguía inquietando; la forma en que alguien en lo privado puede expresarse de otra persona y la ruindad con que alguien más lo envía clandestinamente. Era claro que para entonces me impactaba mucho más lo deshumanizado de ese mensaje que lo que decía en sí.

En medio de todo eso, mi buen amigo me dice: cabrón, encontré otra rola del Rockdrigo, que está muy chingona. Islas, dije. No, respondió. Ah, caray, cual, le pregunté, pero antes de que éste pudiera decir nada, alguien más interrumpió la charla. Oye, ¿sabías que el Rockdrigo fundó el TRI? Que Rockdrigo estaba antes que Lora en el TRI en lo de Avándaro… dicho todo esto en una nebulosa de alcohol y un poco de ansiedad por interferir con un mejor dato que la charla que recién había iniciado. De todos modos, decidí quedarme callado, pues no tenía intenciones de iniciar una discusión, particularmente con el antecedente que traía en la cabeza.

De lo mucho que he procurado la historia de Rockdrigo y Los Rupestres, no se va hablar en este momento. De hecho, por eso es que mi camarada se acercó a su obra, porque creo que es valiosa para quien toque la guitarra y pretenda escribir. El asunto fue que los datos continuaron, seguidos de ciertos gestos de desaprobación ya muy ebrios porque no daba acuse de recibido a pesar de que muchos de ellos me eran por demás dudosos. El asunto fue que al final de todo eso, la afrenta fue directa: va, tú sabes de historia y toda la cosa, pero a mí me la pelas. ¿Historia? No, yo, yo no hablo de historia. Es más, jamás había hablado de Rockdrigo como para que la afrenta fuera tan directa. Y claro, pensé, sí, el único lugar en que lo he hecho y que se han hecho públicas esas conversaciones, era precisamente esta columna; columna que mi carnal frecuentemente comparte.

Sí, eso era. No es la primera vez que alguien saca a colación alguno de los textos con ese ánimo velado de insulto, no porque en ellos exista una afrenta directa a alguien, sino porque les molesta que alguien diga algo sobre cualquier cosa. Incluso en redes no se puede hablar de no nada más no sea la estúpida agenda de los memes porque el resto les parece estorboso, fuera de lugar y soberbio, y te lo hacen saber de ese modo, de esa vulgar forma en que tú debes ser respetuosos e intentar quedarte callado, ser prudente, y no iniciar una discusión con quien no sabe soportarla con argumentos y no con descalificaciones de tipo personal.

Evitaba en medio, porque quien quedaba en medio era mi camarada, somos amigos en común de él y es claro que sólo a una persona le importa no crear un conflicto. ¡Pf! Ya me imagino cuando lean esto. El asunto fue que antes de irse, tiró su último dardo: ya me voy, porque llega el patrón y vale verga todo.

Toda esa violencia inusitada me regresó a los mensajes, ahora sí, consciente de su contenido, de lo que en escancia contenía, pues se quejaban de tres cosas en particular: en primer lugar, de lo aburrida que les resultaba la clase, en segundo, de una serie de ensayos que se les solicitó aunados a un libro que en cada materia les exijo leer y por último, el protagonista de la alaraca, se autoproclamaba, lejos del sarcasmo, y al mismo tiempo se sentía ofendido porque la clase no la podía impartir él, todo esto, entiendo, porque su trabajo estaba relacionado, y de paso plantea la posibilidad de que la clase tuviera relativamente buen traslado, si en ella se abordaban ciertas pruebas útiles en recursos humanos.

El tema de los ensayos, de leer un libro y luego vaciar su contenido en una crítica argumentada, queda disculpado sólo de leer la ortografía con que fueron redactados esos mensajes; es increíble que alumnos de licenciatura escriban de ese modo. El tercero de los asuntos, el de las pruebas que harían la clase valiosa, sólo tendría sentido si el temario lo exigiera, cosa que no pasa, hecho que deja claro lo pretenciosa de la sugerencia. Sobre todo, cuando con ese mismo grupo ya llevé esa clase y pasarían dos cosas: que recordaría que los instrumentos psicométricos ya fueron revisados cuando menos en esencia y que si se refiere a las pruebas proyectivas, se alejan del cometido de la clase, que eso tal vez, tendría cabida en la materia de entrevista y sus derivados, que sé, se imparte en esa licenciatura. Los temarios de una y otra escuela varían, y de nuevo, se supone que este conocimiento ya lo poseen.

Pero un tema en el que quiero hacer especial hincapié, es el asunto del aburrimiento. Me pondré a mí como ejemplo, recuerdo cuando quise leer a Aristóteles por primera vez, y sin un ápice de experiencia lectora. Me aburrí. Me aburrí y me dormí en el camión de camino a la universidad. Lo mismo pasó con Cortázar, sólo que en este caso sólo me frustré por no entender aquel lenguaje poético. Lo que tuve que hacer, fue regresar a Rayuela un año más tarde, y ahora sí, deleite absoluto.

El asunto es que no asumí que Cortázar era un idiota tan sólo porque no entendía lo que el hombre planteaba, la majestuosa forma de plantear una novela que cambió la literatura para siempre. Lo cierto es que llegué a ese momento, pues nacía en mí un deleite original por la literatura, por la forma de llenarte de otras historias, de otras vidas. Luego entré a la escuela de escritores y mi vida cambió para siempre; no exagero cuando digo que estar ahí fue como si tuviera el chance de estudiar otra licenciatura, una nueva en dónde ahora sí era consciente de lo que aprendía, resignificando de hecho todo el conocimiento adquirido, y todo, pues ahora me resulta increíble que jamás en la licenciatura alguien nos haya orillado a leer un libro como complemento de la clase, que nos haya obligado a estructurar el pensamiento o mínimamente a corregir nuestra ortografía.

Soy el más frustrado porque las clases de hoy sean a través de una pantalla: las hace monótonas y pesadas, y aunque es cierto que tenemos que esforzarnos todavía más para lograr solventar esto, también resulta increíble tener alumnos de licenciatura con la cognición de alumnos de 5to de primaria a quienes les cuesta demasiado sostener la atención sobre un tema, relacionarlo con la vida cotidiana o mínimamente tengan acceso a ciertos términos académicos que se supone ya deberían dominar.

Todo eso, según entiendo, víctimas de este insultante sistema educativo, pero alumnos al fin al cabo a los que les enfurece tremendamente, los orilles a pensar y les pidas un puto ensayo por leer un pinche libro. Pero lo alarmante de todo es cargar con la pena de que, de acuerdo a su criterio, tengan que soportar, esa clase porque dice, nos tienen que dar esa limosna, esas clases para ganarnos esos cuantos pesos, y que sólo eso justifica estemos ahí. ¿Y saben qué?, tienen razón, ¿saben cuánto gana un profesor de licenciatura comparado con otros profesionales o con los mismos docentes de educación base? Amén de que no hay ninguna garantía de seguridad social o ya de menos un trabajo fijo o un seguro de desempleo y muchas veces el profesor de licenciatura quien debe estar más actualizado que muchos.

No, definitivamente no entiendo en qué momento caímos en el punto en que el que ignora gobierna y que ese gobierno se traduce en una violencia velada que merma los deseos y tacha lo distinto. Que deja de manifiesto, en el asunto de Rockdrigo, que sólo en un lado es importante no arruinar las cosas pues de hecho los dos le importamos al anfitrión. Ahí no hay mucho que hacer, pero me quedo callado que se ha cometido un error grande pues ahora es quien, en el único pecado de compartir sus intereses, es recriminado, y por supuesto en adelante, callar no será, como no ha sido, sin importar nada ya, la opción. Pero en el terreno académico, debe señalarse que al final de cuentas estamos ahí para aprender, para subordinarnos honorablemente y ser receptivos porque el principio original, ahora sí, fuera de ofensas, se está ahí porque se ignora algo y buscamos profesionalizarnos y alejarnos en buena medida de toda esa estupidez rampante que tan contra la lona nos tienen en muchos sentidos, pero sí a eso, a esos mensajes se reduce el discurso y la discusión, la fe está por demás rota.

Quedan un sin fin de puntos más, pero decido parar porque esto se ha vuelto inauditamente largo, pero, como dice el buen Jorge Valdano (sirva la analogía), que la Selección Nacional no es un lugar que te dé prestigio, que más bien se arriesga: lo mismo pasa cuando entras a un salón de clases y pretendes ensañarle algo a alguien.