Conectado con la soledad
Hablan de soledad como si fuera una tragedia, cuando la verdadera tragedia es vivir acompañado y siempre sentirse solo. Dice La Biblia, en el libro del Génesis: no es bueno que el hombre esté solo. Y, contrariamente, el sistema, es lo que se ha empeñado en hacer: en aislarnos a todos, en encerrarnos en nuestras burbujas artificiales, que, para subsistir necesitan ser llenadas de likes, de me gusta, para tener la aprobación de las demás personas, pero sin involucramientos, sin responsabilidades, sin conexión. Irónicamente en este mundo, donde todos estamos conectados, es cuando más desconectamos nos encontramos todos.
Las aplicaciones de citas, que prometen satisfacción instantánea, sin, prácticamente ninguna responsabilidad: no te conozco, no sé ni tu nombre, solamente te conozco por tu alias en la red social, no sé si tienes padres, hermanos, no conozco a tu círculo de amigos, no sé si tenemos los mismos valores, las mismas distracciones, los mismos intereses o hobbies… sólo nos satisfacemos mutuamente. Ni siquiera sé si llegaste en auto o en transporte público, y tampoco me importa cómo te vas a ir, y mucho menos si necesitas que te lleve a algún lado. Estas sola, igual que yo. Cada quien ve para su mismo lado. Así que adiós y quizá si nos dan ganas nos volveremos a contactar. Y otra vez, solo.
Ya no voy al cine, ¿para qué? Si en las plataformas digitales puedo disfrutar de las películas y series de mi elección, adelantarlas o regresarlas a mi gusto y conveniencia. Sin nadie que me moleste con sus horrendos susurros o cuchicheos en la sala del cine, sin los niños molestos que patean los respaldos y los padres groseros e indiferentes que no hacen nada por corregir a sus párvulos. Tengo tantas opciones en casa y en el cine tan pocas, que paso casi una hora revisando los menús en la pantalla de las diferentes alternativas y al final, decido que no hay nada interesante que ver. Así que mejor tomo mi teléfono inteligente y lo reviso, pasando el pulgar derecho de abajo hacia arriba para ver en cuestión de segundos todo lo que se despliega en las redes sociales.
Me entretienen algunos videos chistosos, algunos reels de bailes de moda, algunas cuentas que aportan datos interesantes pero olvidables. Ya me dio hambre.
¿Salir a restaurantes? ¿o salir a comprar comida? no gracias, ¿para qué? Si aquí mismo desde mi celular, puedo, no sólo pedir unos tacos o una hamburguesa, una pizza o un sushi. También puedo desde aquí hacer el súper, que me traigan todo, que me lo dejen en la entrada, ahí en el suelo, ya yo después abro la puerta y lo recojo. Sin necesidad de entablar relación alguna con quien sea que me lo haya traído hasta acá.
Alguien me está llamando. Ay no. Voy a dejar que suene, no acostumbro, más bien, tengo por regla, no contestar llamadas, mejor, una vez que deje de sonar y cuelgue, le escribo por mensaje y ya por ese medio nos comunicamos; nada más que no se le ocurra mandar un mensaje de voz, si veo que dura más de diez segundos simplemente no los abro. Y es más, no le aviso, para que así nunca sepan si me enteré o no. Desactivé las notificaciones de lectura de los mensajes, así que nadie nunca se entera si ya leí o escuché sus audios y mensajes. Utilizamos el teléfono para todo, menos para hacer y contestar llamadas.
No quiero ser molestado por nadie. Cuando tengo la imperiosa necesidad de salir, siempre, siempre, siempre, lo hago con mis audífonos inalámbricos puestos, con aislamiento de ruidos externos, lo último en tecnología auditiva.
Si llego, no saludo; si me voy, no me despido; si me invitan, no llego. Me angustia estar con mucha gente. Mis papás y mis abuelos le decían a eso me engento, pero yo digo me da ansiedad.
Dicen que el sistema nos convenció para que creyéramos que la soledad es un estado voluntario y consiente del bienestar, autoconocimiento y descanso. Lo consideramos un regalo, una herramienta de crecimiento personal que permite reconectar con uno mismo, fomentando la introspección, el amor propio y la capacidad de gestionar las propias emociones sin depender de la validación externa… pero ¿qué tanta dosis de soledad en verdad necesitamos?

