COSAS DE TOLUCA

Views: 566

De los libros más requeridos para comprender lo que Toluca ha sido en el campo de la crónica, el escrito por Rodolfo García Gutiérrez, es prueba de que la ciudad no pasa desapercibida para los magníficos escritores que han venido o nacido en la capital mexiquense. Cosas de Toluca, publicado durante el gobierno de Alfredo Baranda García en el año de 1987. De igual manera en coedición participó el ayuntamiento toluqueño presidido por Agustín Gasca Pliego. En los dos casos, es de felicitar a los editores, pues el trabajo de Rodolfo García es prueba de su alta vocación de cronista. El índice de temas es elocuente: El paisaje en el Valle de Toluca / Toluca y su asiento prehispánico / vestigios arqueológicos en Toluca / Dos leyendas del Valle de Toluca / Las flores del Valle / El nevado de Toluca / Dos viajes al nevado / Un ascenso infantil / El kiosco de China / Los portales de Toluca / El hospital de San Juan de Dios / Las barracas misteriosas / Cementerio de héroes / Caminos de ayer / Arrieros / Los últimos momentos de Horacio Zúñiga… y tantos otros que en este escrito he de venir desarrollando en recuerdo de quien en 1952 fundaba el Grupo Letras, donde brillaba por su presencia Josué Mirlo, el poeta de Capulhuac y de México.

Mi maestro en el escribir y en la crónica es, para variar, el que presenta la obra de Rodolfo García G., dice el profesor Mosquito: Rodolfo García ha sido siempre un irredento paseador, en lo que esto significa caminar con “nuestros propios pies”, pues sólo las grandes distancias las cubría tolerando de mal grado los fétidos humos de la gasolina. Quizás por eso mismo, nunca ha manejado vehículo (ni siquiera lo tiene) y aún se le ve salir de su casa en la Colonia Morelos y transitar a paso de gente normal las cuadras que le separan de todos los rincones de Toluca. De joven acostumbraba ir con el maestro Heriberto Enríquez (y otros soñadores) al sedante Valle de Bravo para recorrer, paseando, el ameno alpistal de Pagaza hasta la peña donde todavía se puede leer el señorial soneto de Clearco Meonio; y luego regresar, también a paso medido, a saborear la nieve de zarzamora en el zocalillo vallesano.

Dos grandes personajes de nuestra historia toluqueña, Heriberto Enríquez y Rodolfo García, el segundo creo que sería menor en edad. El maestro con su adustez de caballero cuya cortés educación, le hacía ejemplo a seguir. El joven Rodolfo, el hombre que se tomó siempre en serio y, vino de Huixquilucan con la fe de cambiar algunas cosas de la patria chica a través de las letras y la cultura. Pertenece como vemos en la lista del grupo que fundara a una generación brillante, de oro diría, de las letras mexiquenses y para orgullo toluqueño, salidos en sus obras publicadas y escritas en estas tierras por aquel tiempo en que vivió Rodolfo frías, pero calurosas en su gente que cuando dan, dan con el corazón.

Seguir al mayor amigo de todos los cronistas verdaderos de esos tiempos, es seguir al centro de todo lo que rodeaba al Grupo Letras y a intelectuales y artistas que lo fueron en la Universidad, en el normalismo y, en la vida cultural toluqueña. Escribe don Poncho Sánchez García: Poco aficionado a los espectáculos masivos, prefería que, por las tardes, subiéramos a la “Sierrita” y trotando de Huitzila a Macpacxóchitl solía detenerse ratos largos a contemplar el panorama, hermoso de todas formas, si bien patriarcalmente seco en invierno o juguetonamente verde en verano. Y comentaba: “No te parece que esto es mejor que una película en tecnicolor, que te obliga a ver en un recinto cargado de emanaciones de urinario u sobaduras de parejas de enamorados”.

Sí, Rodolfo era un hombre de serias palabras y de adustez para con los demás, me decía cuando lo encontraba en la avenida Hidalgo caminando. Que ahora me explico, por las palabras de don Poncho, el hecho de no tener auto para no tener que manejar, cuando la belleza de la vida está en el caminar y caminar sin parar viendo espectáculos por doquier, paisajes inacabables que la naturaleza daba a mitad de siglo XX en Toluca y aún dos o tres décadas más de gozo para quienes vivimos juventud y madurez en esos años.

Dice don Poncho: Y la verdad es que tenía razón, porque incluso teníamos la suerte de perdernos de algún melodrama insulso o depravante. Pero Rodolfo García no sólo era andarín, sino también el agudo observador cuya vista potenciada por el ejercicio contemplativo, sabe encontrar el detalle relevante, la arista sustancial, el sentido oculto de las cosas de que se llena un paisaje. Como estudioso, como investigador, Rodolfo tiene conocimientos precisos que liga con el abierto panorama. Como poeta tiene recursos que sustancian y robustecen en sus interiores pinturas. Y todo combinado se entrega en forma de literatura que él no se atreve a llamar en tono rimbombante y simplemente dice: “Cosas de Toluca”.

Un personaje de la incógnita y que me daba a diferencia de Javier Ariceaga, que no se descubría tan fácilmente con personas que apenas conocía: mientras don Javier se entregaba porque tenía tanta fe en los demás. Por eso le recordamos con tanto cariño fraternal, En el caso de don Rodolfo, que siempre me inspiró respeto por su alto nivel intelectual al pensar las cosas y por el baúl de cultura que cargaba.

La lectura de don Poncho, igual que en el caso de Javier Ariceaga fue de gran ayuda para no perderme en personalidades ricas en su vida y en sus conocimientos de las cosas, hechos y pensamientos que cuando son complejos, en toda personalidad artística e intelectual se sucede eso a cada momento. Don Poncho en estas palabras ayuda mucho a entender el Rodolfo García, promotor cultural y cronista de por vida. Dice Sánchez García: Un paseo emotivo, llamativo por “Las cosas de Toluca”. Como en los tiempos mozos, García Gutiérrez, arranca de la pedrera y con los ojos “cinemascópicamente” puestos en el plano de la urbe; contempla los detalles y los va describiendo según su magnitud y su esencia: una panorama de conjunto; el Nevado; Los portales de González Arratia; pero como también los hombres forman parte sustancial del paisaje y son algo más que las cosas, súper-cosas, están ahí López Mateos, Calderón, Flores: y en el tránsito, de pronto los ojos suben a las alturas y entonces es la meditación en los recuerdos, la historia, la visión retrospectiva o la simple nimia pincelada de las flores del valle o los caminillos del antier.

Cada vez me sorprende más don Poncho, totalmente diverso es el texto que fuera Prólogo en el libro de Javier Ariceaga: El último farol, con respecto a esta Presentación que hace a este libro de Rodolfo García Gutiérrez, Con esto escribo que en los dos, pone su análisis no sólo literario, sino psicológico y sabe que son dos formas de vida diferentes Javier y Rodolfo, y pone en ello su clara educación y respeto por cómo es uno y cómo es el otro. Y a los dos les da sus mejores pensamientos. Pensamientos y consejos que me dio a mí, en el Prólogo a mi libro titulado El cuento de cuentos, y lo cito porque es un orgullo tener las letras de don Poncho al ver los trabajos que hace para dos cronistas de mi tierra con tanto afecto y cariño fraternal por ellos. Escribe:

Rodolfo recibe con el patrimonio paterno la aspiración a la inmensidad, a la movilidad y al tránsito: su padre fue rielero. Pero Rodolfo no busca la velocidad sino el ritmo contemplativo; es un hombre sencillo y quieto que se deja beber por el paisaje y sólo lo penetra, él, con la amorosa imaginación del artista. Su vida, desde la más tierna infancia, discurre calma y tranquila en la ciudad de Toluca que apenas traspone, alguna que otra vez, para viajar a sus entrañables rincones del Estado de México. Sus viajes son cortos, pero, diríamos parodiando la frase relativa al discurso, sustancioso. Porque todos le dejan algo.