Crianza fatídica

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El caso de Jeremy y Kevin, en Tlahuac, no es un caso aislado; desafortunadamente este tipo de incongruencias es cada vez más común.

¿Por qué?, porque en estos tiempos adversos, muchos padres exigen a las escuelas lo que no están dispuestos a dar en casa: presencia, límites, escucha, coherencia. Reclaman disciplina cuando ellos mismos viven en el desorden emocional; piden acompañamiento cuando no acompañan; exigen resultados cuando no siembran nada. Es la era del padre ausente, pero demandante, del adulto que delega la crianza y luego se sorprende de que su hijo fracase estrepitosamente.

Hay niños que llegan a la escuela con mochilas llenas de tareas, pero vacías de afecto; jóvenes que saben resolver ecuaciones, pero no saben a quién acudir cuando tienen miedo. Y no porque la escuela falle, sino porque en casa, nadie está, nadie mira, nadie escucha y nadie sostiene.

Peor aún: muchos padres han convertido sus compromisos personales en un escudo moral; como si el gimnasio, la fiesta, el viaje, los amigos, el cine o el emprendimiento fueran razones legítimas para desaparecer de la vida de sus hijos. 

Hay quienes, sin pudor, dejan a sus pequeños los fines de semana como si fueran paquetes que otros deben administrar: que coman allá, que los cuiden allá, que los eduquen allá. Y esos otros, abuelos, tíos o vecinos, terminan siendo más padres que los propios padres porque tienen la conciencia de suplantar, a veces inconscientemente, a quienes deciden renunciar a sus obligaciones.

La gravedad es profunda: hay niños que confían más en un maestro que en su padre; adolescentes que le cuentan sus miedos a una tía porque saben que su madre nunca los pela; jóvenes que se sienten más seguros en la casa de un amigo que en la suya. No es casualidad: la confianza no se hereda, se construye, y muchos adultos no atinan a darle forma.

Adolescentes que prefieren quedarse en la calle antes que volver a una casa donde nadie los mira. La orfandad emocional está llena de padres vivos en esta realidad de crianza fatídica.

Y están los peores: los padres que están convencidos de que todo lo han hecho bien. Los que confunden amor con permisividad y protección con complicidad. Los que permiten que un joven pase tiempo sin estudiar, sin trabajar, sin esforzarse y sin enfrentar consecuencias.

¿Queremos más?, encima de todo se encargan de ocultar al mundo cada error, justificando la irresponsabilidad e inventando historias de supuestos hijos triunfadores que ni el propio Tarantino habría podido imaginar. 

Creen que están ayudando, cuando en realidad están fabricando adultos frágiles, incapaces, dependientes, rotos.

La crianza está podrida porque muchos padres han renunciado a ser adultos; quieren hijos que no lloren, pero tampoco que piensen; hijos que no molesten, pero tampoco que cuestionen; hijos que no exijan, pero tampoco que sientan; hijos que sean profesionistas, pero sin contar con un apoyo verdadero; hijos que se porten bien… para no interrumpir su agenda.

La verdad es corrosiva, pero necesaria: muchos padres no están criando hijos: están incubando futuros adultos inútiles, dependientes, inseguros, mitómanos, mentirosos y resentidos. Y lo peor es que lo hacen con una sonrisa, convencidos de que están haciendo lo correcto.

Sigamos esperando más tragedias en casas y escuelas; vamos por buen camino (sic).

horroreseducativos@hotmail.com