Crónicas de la Pandemia 5

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No era sólo estar ahí, haciendo guardia. Era un poco el recordar momentos, estados de ánimo que surgieron en los muchos años, viajes juntos o separados, instantes en donde la distancia a veces era un bálsamo para el dolor y la separación se convertía en algo que sanaba sin lastimar.

Todos nos veíamos como en un programa de televisión. Unos contando anécdotas en voz baja. Otros tratando de no dormirse por la desvelada. Algunos más buscando café como desesperados para encontrar que el café no tenía pinta de tal, y que el Oxxo más cercano estaba a cinco cuadras.

Eso sí, unas empanadas rellenas y donas glaseadas acompañaban al remedo de café y un cigarrillo en el estacionamiento casi solitario fue una solución para una noche en la cual el frío parecía no sentirse.

La ciudad no era tan distinta ni tan igual a aquella otra. Era simplemente la ciudad de noche, luces que iban y venían por las calles. Tacones que resonaban en las paredes mientras las ventanas se iluminaban y siluetas iban y venían en el interior.

Aquello tenía un algo de sombrío y no porque fuera de noche, y el hecho de que estuviéramos en la funeraria tampoco tenía mucho que ver. Simplemente las impresiones del paisaje urbano me llevaban de un lado a otro de la memoria y ese hecho hacía que los recuerdos llegaran, a veces vívidos, a veces borrosos.

Sí, era un funeral en el cual no quería estar. Las emociones me llenaban la cabeza no sólo de recuerdos familiares, sino de todos aquellos que tuve que despedir a la distancia, sin la oportunidad de decirles un adiós pequeño, simple, una despedida como la que se hacen todos los días, después de haber estado un par de horas en una cafetería.

Ya sabía que al día siguiente no iba a ir al cementerio. No me gusta estar en esos lugares, no me gusta caminar por los pasillos para llegar a una cripta que no va a tener más que restos. Y en estos días, sólo un vacío que se llena de cosas que fueron y pasaron y que no están ahí.

Aunque sólo fue por un momento, y los espacios se hicieron más grandes por la contingencia, no fue agradable acercarse al ataúd y contemplar la serenidad de su rostro, el decirle bajito que la voy a extrañar, acariciar suavemente la cubierta de cristal desde donde veía su rostro tranquilo, como si durmiera, y saber que ya no iba a escuchar su voz nuevamente.