Crónicas de la pandemia 7

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Nuevamente la noche se atrasa todos los días. Es decir, la tarde se alarga y el sol de las siete de la noche sorprende a pesar de que sabemos con certeza de que así va a suceder.

En estos entendidos, la ciudad me llena de historias, acrecentadas en estas fechas por la pandemia que ya lleva un año de cuarentena, aunque la cuarentena siempre se ha manejado por cuarenta días.

Entre esas vagancias citadinas, de pronto se encuentra uno con cierto tipo de situaciones que creíamos un tanto alejadas por el tiempo pasado. Restaurantes que, sorprendentemente, están a su máxima capacidad pandémica: 30 comensales en un sitio para 100.

Entre esos asombros, un día me encontré con la carpa de libros que casi todos los años, por estos días, se pone en el andador Constitución. Hoy sin embargo no fue como en otros años. La gente mira con preocupación el amontonamiento. Los pasillos dispuestos para la circulación son terriblemente vacíos. No faltan los sanitizantes. El tapete y el gel, además de mirar a los cazadores de libros con su adminículo ya natural, que el día que por casualidad lo dejamos colgado en la entrada, regresamos asustados por él y con la angustia de saber que, por más que roguemos, no dejaran entrar ni siquiera en la cafetería más desconocida y vacía que haya en el entorno.

Pero regresemos a los libros. Si bien apenas hace un par de años veía con cierto enojo el hecho de que había al menos diez o doce pares de manos revisando las montañas de libros, viendo títulos, preguntando precios y comparando la calidad de las ediciones.

No era extraño que descubrías un título interesante y la persona que iba a tu lado, pendiente como suele suceder, de las actitudes que uno toma al descubrir un título que años atrás andabas buscando. Por lo general, aquella persona tomaba el ejemplar en cuestión instantes después de dejarlo de nuevo en el montón.

Ahora no sucedió de la misma manera. La persona más cercana estaba del otro lado de la mesa, o en la otra esquina del pasillo, aguardando el instante en que se aleja el buscador para acercarse a ese lugar, aunque hay ciertos ritos que se han vuelto más normales: un sanitizante en spray sale de pronto de la bolsa, junto a una botellita de gel que después de usarse vuelve a su escondite.

Ya no quedan dudas que hay una nueva normalidad. El cubrebocas será un artículo necesario y de primera necesidad. El gel y el sanitizante. Guantes, careta, lentes. Todo aquello que signifique protección, a veces exagerada, a veces más relajante para algunos.

Y ni modo, quienes somos acaparadores de libros seguiremos viendo la normalidad con cierto decoro y en ocasiones, con cierto agradecimiento porque se puede revisar a gusto los montones de libros, y con ciertas molestias porque no debe haber grupos mayores de personas, no importa si todos llevan un cubrebocas y se pone gel en las manos. Ya sé, nada nos satisface, finalmente.