Crónicas de la pandemia

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La niña miraba la calle con cierta tristeza. Aunque iba de la mano de su madre (o al menos eso supongo), en sus ojos se alcanzaba a distinguir un halo de melancolía que no podía ser más evidente. La mujer adulta caminaba sin prisa. En la otra mano colgaba un bolso de plástico de supermercado mientras suspiraba de manera constante.

La niña, nuevamente, miró hacia la calle y sin pudor alguno, los pucheros se fueron notando conforme avanzaban por la acera. La mujer miró de soslayo a la menor. Y sin muchos aspavientos, hizo un movimiento un tanto brusco que jaló a la niña sin fuerza pero sí con convicción.

¿Qué acontecía en aquella pareja? ¿Por qué el jalón? Sin inmutarse, la mujer cruzó la calle de manera brusca ante la solitaria vía sin autos ni personas. Eran aproximadamente las ocho de la mañana y se notaba que no iban precisamente a un lugar definido. No llevaban prisa. Nada estaba abierto a esas horas, además de las pequeñas tiendas que se alcanzaban a distinguir en las esquinas y el Oxxo que, inevitablemente, era visitado por trasnochadores que, conociendo las costumbres añejas, se apersonaban en las puertas cerradas y pedían el infaltable café de grano que ahí vendían.

La niña lloriqueo con mayor fuerza al momento de cruzar la calle. La mujer, hincándose a su lado, susurro palabras inaudibles a la distancia y la niña dejó de llorar por un momento. Con un suspiro notable, miró hacia el otro lado y sus ojos se volvieron a llenar de lágrimas.

Como testigo privilegiado, traté de encontrar el motivo del llanto y por más que insistía en seguir la mirada de la niña, no alcanzaba a distinguir el objeto de las lágrimas. Algo se me escapaba.

A mi lado, otra mujer, un poco más madura y sin tantos aspavientos, dijo con una voz en donde se reflejaba la ternura golpeada, algo que me llamó la atención: Aquí estaba la escuela primaria.

Ahora entendía el leit motiv de la mañana. No era un simple objeto el causante de las lágrimas, sino un sitio en especial, la escuela donde, vuelvo a suponer, la niña llegaba cada mañana para entrar a clases. Esa puerta gris, sin letreros, sin ninguna identificación visible, era el sitio en donde podía refugiarse un poco de la lejanía materna. Ahora, imagino, iba hacia la oficina de la madre. No era extraño, lo sabía, que el llanto apareciera en esos instantes.

Aquel era un sitio a donde no iba a poder volver, al menos no por este año, y eso la ponía con nostalgia que no se quitaba ni siquiera con la promesa de un dulce o un juguete. Sí, era obvio. Pero a esas horas de la mañana, los adultos que caminábamos por la calle no pensamos en ese significado y sólo veíamos a la niña llorar y a una madre tratando de consolarla.