CRONISTA DE PAPEL
Historiador y cronista es Ariceaga. No se puede ser cronista si no se es también historiador, de eso no debemos tener duda. Cita Sánchez García: Por eso mencionamos en lugar preponderante de la bibliografía de Ariceaga sus dos libros; hace mucho tiempo, publicado por el Centro Toluqueño de Escritores. Crepúsculos del Señor Desnudo, editado por la Dirección de Patrimonio Cultural del Estado de México. Notable es el reconocimiento que le hizo el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) al premiar su obra, dentro del concurso: Mi pueblo, su historia y sus tradiciones. Libros obligados en una biblioteca personal para quien desea estudiar el cronismo, en el sólo hecho de querer saber sobre Toluca, sus vivencias y sus tradiciones, su historia y su presente viendo hacia el futuro. Toluca tiene tal riqueza en el mundo de la crónica que por lo mismo nos llega la conseja que diría el pueblo o los sabios de noble corazón: cronistas somos todos, sólo hay que tener conciencia de ello a partir de la propia familia, en el deseo de conocer el árbol genealógico que nos acoge al interior de la misma para tener orgullosamente identidad de quién somos y de dónde venimos.
Todos los géneros caben en el género del Cronista. El inicio de la crónica en la humanidad se hizo a través de la palabra hablada. La difícil y compleja tarea de las palabras por contar lo que sucedía a cada hombre y mujer de los primeros tiempos. Con el paso de éste, ciertamente, el hombre se vio en la necesidad de escribir tales experiencia y sucesos increíbles que vivía en su peregrinar o ir de caza para conseguir alimento. O para contar hace más de mil años en el idioma inglés o después el español lo que por escrito debería quedar. Don Poncho cuenta en su texto sobre el Narrador que es también de Ariceaga, escribe: Como todo aquel que tiene mucho que decir, mucho qué contar, el estilo de Ariceaga es directo, claro, ameno y sustancial, aunque no por ello se olvida del ritmo y la metáfora y de imprimir al verbo la emoción que merecen sus estampas, sus bien pintados cuadros de la vida, sus personajes eminentemente realistas, sus secuencias llenas de autenticidad y colorido. Pero es, más que literato, narrador, testigo que cuenta, que advierte, que acusa, con la intención de no dejar morir, de no olvidar, de no permitir que olviden. Siempre coloquial, recuerda más al patriarca que trasmite por la oración la sustancia fundamental del devenir de la tribu, el abuelo que cuenta…”
Mucho que decir de Sánchez García en este Prólogo que no me canso de alabar: … el abuelo que cuenta, que el artista que trata de lucirse para exhibir su matrimonio o amasiato con la musa. Por eso es tan fácil leer a este cronista del barrio, que sí puede presumir de la influencia de su prosa. Lo buscan en el papel volante, por razón natural, aquellos que están pintados en el relato, que lo vieron, que lo vivieron, que circularon por los escenarios descritos, pero también lo buscan quienes tratan de saber, los gustos de bucear en otros tiempos y en otros mares; los que prefieren un teatro vivo puesto en foros existenciales y bullentes, los curiosos de la antropología (que a veces es también antropofagia), de la sociología y de la historia.
Definido para siempre por el cronista Municipal de Toluca, nombrado de 1981 hasta su fallecimiento en 1997, don Poncho deja con cariño fraternal las palabras que son epitafio y biografía de un gran cronista toluqueño, cuenta: Puesto que habla de lo que vio y de lo que vivió, de lo que ha visto y vivido, de lo que ve y sigue viviendo, Ariceaga despierta un interés inmediato y permanente, qué fresco, qué saludable meterse en una prosa en que no habremos de encontrar los tropiezos de la cita abusiva, del emplomado juicio crítico, de las tropezantes notas a pie de página. De escritor a escritor, de maestro del periodismo que seguramente con esa madurez y sabiduría de viejo que le gana con tres años de edad al nacer, le da consejos y alabanzas que dieron en su momento alegría a don Javier, pues con ello sabía que estaba haciendo materia literaria cuyo valor –hoy se comprueba– es para siempre.
Escribe don Poncho: Historia fluida y sin remilgos, natural, fresca, franca, espontánea y viva microhistoria y barrio-historia, por hablar de aquí, de mí de ti, como la piedra en el agua, produce círculos de rumor que se expande hacia lo universal y que, por lo mismo, ya tiene carácter permanente, es y existe per sécula seculorum. Concluye don Poncho: Pero, ante todo, frente a la prosa de Javier Ariceaga hay que olvidarse de cualquier consideración, de cualquier especulación, crítica, filosófica o sociológica, y simplemente sentarse a leer.
Después de leer lo escrito por Sánchez García, las palabras de Javier Ariceaga, son elocuentes en primeras páginas de su libro: El último farol, publicado por el Ayuntamiento de la presidenta, Laura Pavón Jaramillo, en el año de 1990, siendo responsable de su cuidadosa edición Félix Suárez. En este libro las primeras palabras expresadas para justificar su escritura, Javier dice: Los cronistas hacen historia relatando sucesos acaecidos en algún lugar de su predilección. Los investigadores también hacen historia recabando datos importantes que exponen al criterio de estudiosos y censores quienes dictaminan cuáles son los que merecen ocupar las páginas de un libro. En eso de los merecimientos tendríamos que revisar los procesos, que muchas veces, son resultado de padrinazgos y no tanto de un criterio de estudiosos y mucho menos de censores: estos son la policía no tan secreta que se atreven a juzgar obras relevantes con los ojos cuadrados de quien no comprende el valor de la historia y de la crónica. Ariceaga sabía de las tareas que había que enfrentar a la hora de escribir historia o crónica: Los historiadores hurgan antecedentes, en códices, libros añosos, revistas y folletos para establecer sus puntos de vista. Y nosotros, los que no escarbamos fechas en ningún libro, revistas y folletos, y que sólo tratamos de compartir nuestras vivencias extraídas del recuerdo, también debemos pertenecer a esos historiadores, porque ofrecemos narraciones y relatos que se convierten en historia, en esa historia real que sí tiene testigos que aún viven y beben y que es la historia en la que participamos de algún modo y que no está acompañada de fantasía, sino que, muchas veces, haciéndonos los chistosos, la exponemos al receptor para que sonría por su amenidad y falta de sintaxis, desprovista del rigorismo de una gramática académica poco entendible para un pueblo sediento de “puntadas”.
Ésta era más o menos la visión de aquello que escribía en su tiempo don Javier, sin saber a conciencia que estaba haciendo historia real, esa misma que no necesita de la imaginería que si corresponde a los cuentistas de nuestro tiempo y de todos los tiempos. El cronista, nos –dice Ariceaga– debe de ser aquél que ve la realidad y la pone ante los lectores para que gocen de los sucesos del barrio, de la vecindad, de esos lugares donde no van los académicos, pues se pueden ensuciar los zapatos en el polvo y lodo que tiene por escenario siempre la vida de los suburbios.
Cronista por nacimiento y por afición y pasión diría. Escribe: Todos han escrito sobre los personajes más valiosos de su comunidad. Han narrado bellamente los sitios que hicieron famosa a la ciudad y han escrito bellamente los lugares que son parte de su historia. Y este aprendiz de relator que sólo ha escrito sobre cantinas, periferias y barrios, gente brava y panteones, canciones y ritmos de chachachás, incluyendo al ratero romántico que fue perseguido por la “chota” en los meros tiempos de Horacio Zúñiga, lanza su “cuarto de espadas” con la intención de evocar el pasado tranquilo que jamás volverá. Lo relatado por Ariceaga expresa la Toluca diversa en sus estratos sociales.

