Cuando leen textos de un gran escritor
Quisiera decirte, aquí muy cerca,
poemas de antes
en que se dice duende, amor y Dios
como si se dijeran buenos días.
Alejandro Ariceaga
Héme aquí, preguntándome
qué más quisiera que su voz
su inverosímil melodía,
esos zapatos cocodrilos,
todo el temblor de carne
acumulado entre sus párrafos.
Las tardes, las noches templadas
que no conozco de esta pútrida
ciudad, Toluca Sacrosanta
(A mí y a nadie nos heredó nada).
Y el amor, amor, frase trillada
misma en sus vuelos consumada,
sus amigos apátridas, cigarrillos,
muchos, para fumarme la pena
del anonimato conocido de la cama,
porque no he podido ni uno, ni uno
solo de mis versos vestir de fama.
Pude, sí, mirar la colección completa;
las portadas, rostros impasibles
de los libros que nunca escribiré
porque ya no me da la talla,
la broma de ser escriba y chava.
Tampoco pude ser lo que quería,
cuando toda la Polis lo admiraba,
me dediqué a guardar memorias
a visitar a la gente olvidada,
consultar bibliotecas de viejo,
admirar a poetas con medallas.
De grande, al igual que sus vacíos
me visitan la pobreza y la nostalgia.
Jamás cuentista, escribí un día
en honor a la obra de Alejandro Ariceaga.
*Dedicado al fundador del Centro Toluqueño de Escritores.
Pero ya no siempre me salen
ni con aquella naturalidad
voces completas.
*
Ahora soy uno del mundo
haciendo conjeturas melindrosas. (sic)
ahora vago,
receptora que fuiste de mis ojos,
y que un rayo me parta
si miento cuando impávido,
infeliz cada diez horas,
es de veras que estoy necesitado.
*
Tú me preguntarás quién soy
si me encuentras
donde quiera que me encuentre.
*
¿De dónde voy a sacar ahora
una sonrisa plena,
los ojos suficientes,
la música y las frases necesarias
para decirte buenos días de otra manera?

